Como si hacía falta que lo pusieran por escrito, la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) 2026 es la prueba de que el realismo más crudo y belicista ha tomado el control en Washington
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RNCC / FOTOS CORTESÍA
La reciente divulgación de la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) 2026 por parte del Departamento de Defensa de los Estados Unidos representa mucho más que un ajuste de presupuesto y se convierte en la confesión pública de un imperio que ha decidido dejar de fingir. Bajo la consigna de “Restaurar la paz a través de la fuerza”, el Pentágono entierra oficialmente la era del “globalismo liberal” para abrazar una doctrina de realismo transaccional y agresividad militar que busca contener, por la vía del fuego y el acero, el ascenso inevitable de un mundo multipolar.
Este documento, publicado a fines de la semana pasada, representa uno de los giros doctrinales más relevantes de la política de seguridad estadounidense desde el final de la Guerra Fría. Más que una actualización técnica, formaliza una redefinición profunda del uso de la fuerza, la gestión de alianzas y el papel de Estados Unidos en el sistema internacional.
La NDS 2026 parte de la premisa clara de que el orden internacional posterior a 1991 ya no garantiza la seguridad ni los intereses estratégicos de Washington. En consecuencia, mediante su diagnóstico de ruptura, no de transición, Estados Unidos abandona cualquier pretensión de liderazgo moral o normativo universal y adopta una lógica explícita de disuasión, coerción y priorización de intereses nacionales, bajo la idea de “paz a través de la fuerza”. Es decir, como si hacía falta que lo pusieran por escrito, la NDS 2026 es la prueba de que el realismo más crudo ha tomado el control en Washington. Como dice la canción, es el imperio quitándose el maquillaje diplomático para mostrar los colmillos.
Aunque la prioridad absoluta de la NDS 2026 es la defensa del territorio estadounidense, entendida de forma ampliada (ya que no se limita a las fronteras físicas, sino que incluye el espacio aéreo, el ciberespacio, el dominio nuclear y el control de enclaves estratégicos clave en el hemisferio occidental) para Venezuela y el Sur Global, este documento constituye un mapa de amenazas sin precedentes, donde el uso del “mazo de hierro” se antepone a cualquier forma de derecho internacional.
EL ENTIERRO DEL “ORDEN BASADO EN REGLAS”
Durante décadas, Washington utilizó la narrativa del “orden internacional basado en reglas” como una cobertura moral para sus intervenciones. La NDS 2026, firmada por el Secretario Pete Hegseth, destruye este relato al calificarlo como una “abstracción de castillos en el aire”. El documento acusa a las élites previas de haber desperdiciado la sangre y el tesoro estadounidense en un exceso de idealismo estratégico, plagado de “proyectos de construcción de naciones grandiosos y autocomplacientes” que solo debilitaron la base militar interna.
Este giro marca el fin de la “diplomacia de los derechos humanos” como herramienta de persuasión. El imperio reconoce que sus aventuras en Irak, Afganistán y Libia fueron fracasos estratégicos que erosionaron su propia fuerza. La nueva doctrina propone un ejército despojado de “políticas identitarias” o “woke”, enfocado exclusivamente en la letalidad pura. Es el retorno al “guerrero” como ejecutor de intereses comerciales y geopolíticos crudos, sin el barniz de la “democratización” forzada.

En ese sentido, destaca como prioridad absoluta, la preparación de las fuerzas armadas, la industria y la sociedad misma para el combate de alta intensidad en cualquier terreno y bajo cualquier circunstancia que lo amerite la hegemonía, eliminando cualquier política interna que no contribuya directamente a la eficacia bélica.
CHINA: EL ADVERSARIO SISTÉMICO
En un refuerzo de su retórica hegemónica, la NDS 2026 identifica a la República Popular China no solo como un competidor, sino como un “agresor económico sistémico” que ha utilizado el comercio para “vaciar la base industrial estadounidense”. La estrategia establece que el Pacífico Occidental es ahora el teatro de operaciones prioritario, desplazando recursos de otras regiones para confrontar la influencia de Beijing.
Aunque identifica a China como el principal competidor estratégico de Estados Unidos y el único actor con capacidad real para disputar el equilibrio de poder a escala global, el documento descarta explícitamente la búsqueda de un cambio de régimen en Pekín o una confrontación directa innecesaria.
En cierta forma, es un reconocimiento de que Washington ha comprendido que, a estas alturas, ya no puede ganarle a China la carrera tecnológica y económica en condiciones de libre mercado. Por ello, la NDS 2026 propone la militarización de la competencia comercial. Al definir a China como una amenaza de defensa nacional por su éxito industrial, Estados Unidos justifica el uso de su ventaja militar para forzar un “desacoplamiento” energético y tecnológico. Es la aplicación de la fuerza bruta para compensar la obsolescencia del modelo productivo estadounidense.
UN MODELO “MAFIOSO” DE DEFENSA
Un punto de quiebre fundamental es el nuevo enfoque sobre las alianzas que se muestra en el documento. Aquí, Pete Hegseth es explícito, afirmando que se acabaron los “cheques en blanco” y los “viajes gratis” para los aliados. Se les exige no solo aumentar su gasto militar, sino alinear sus economías, políticas exteriores e industrias de defensa con los estándares y necesidades de Washington.
En términos concretos, aunque Estados Unidos reafirma su compromiso con estructuras como la OTAN y con aliados clave en Asia, exige una redistribución radical de responsabilidades: Europa debe asumir la defensa convencional frente a Rusia; los aliados asiáticos deben liderar la contención regional de China y Corea del Norte y en Oriente Medio, los socios regionales deben responsabilizarse de la disuasión frente a Irán y lo que denominan “sus actores proxy”.
Es decir, lo que antes se llamaba “sociedad estratégica” ahora se revela de manera cruda y directa como una relación de vasallaje transaccional.
Aquellos socios que no contribuyan significativamente a la maquinaria de guerra estadounidense serán abandonados a su suerte o enfrentarán la “espada más afilada” del imperio. Es una doctrina de protección similar a la de las estructuras criminales, donde la seguridad tiene un costo, y quienes no paguen con recursos o soberanía, quedan fuera del paraguas protector.
LA GUERRA COMO IMPULSO INDUSTRIAL
En un reconocimiento tácito de que el país literalmente vive de la industria y la economía de la guerra, la NDS 2026 identifica la base industrial de ese sector como uno de los principales puntos débiles acumulados durante décadas. Sin capacidad de producción sostenida, rápida y a gran escala, la cacareada superioridad militar norteamericana resulta insostenible en conflictos prolongados.
El documento apuesta por una movilización industrial nacional, comparable a las grandes fases de rearme del siglo XX, es decir, una militarización absoluta de la economía como en la Alemania Nazi. Esto incluye la relocalización de industrias críticas, la aceleración de la producción de municiones y plataformas, la integración de inteligencia artificial y la reducción de barreras regulatorias.
En su fraseología supremacista, Hegseth declara: “nuestro objetivo es reconstruir el arsenal de la libertad. La industria estadounidense y su espíritu innovador están suplicando ser desatados para resolver nuestros problemas de guerra más complejos y peligrosos”.
UNA AMENAZA DIRECTA A LA REGIÓN
Inusualmente para un documento de defensa, la NDS 2026 eleva la frontera sur y el tráfico de fentanilo al rango de prioridades máximas de seguridad nacional. Se argumenta que la migración descontrolada y el crimen transnacional son ataques a la soberanía que requieren la intervención directa de las capacidades del Pentágono.

En términos reales, esto representa la disolución total de la frontera entre la seguridad nacional (exterior) y la seguridad ciudadana (interior). Al militarizar la frontera, Estados Unidos prepara el terreno para intervenciones “preventivas” en territorio latinoamericano bajo la excusa de la lucha contra el narcotráfico, al tiempo que allana la posibilidad de una mayor intervención castrense en la propia seguridad interior. Mientras fortalece la represión interna con elementos paramilitares como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), Washington despliega de manera abierta y directa, una amenaza re al a la soberanía de los países de la región, convirtiendo la crisis social de su modelo en la base de un teatro de operaciones militares.
Además, la estrategia recupera y actualiza la Doctrina Monroe, incorporando lo que el documento denomina el Trump Corollary. Este enfoque legitima el uso de instrumentos militares, económicos y coercitivos para impedir la presencia o influencia de potencias rivales en zonas consideradas vitales para la seguridad estadounidense, como Groenlandia, el Canal de Panamá o las principales rutas marítimas del continente americano.
Este planteamiento supone una militarización explícita de la seguridad hemisférica, con implicaciones directas para América Latina y el Ártico.
EL PELIGRO DE UN IMPERIO HERIDO
La nueva doctrina de Washington tiene consecuencias sistémicas claras para el orden internacional, ya que formaliza el uso preventivo y coercitivo de la fuerza en defensa de intereses vitales, reduce el peso práctico del derecho internacional frente a la lógica del poder y acelera la fragmentación del sistema global en bloques estratégicos. No pretende restaurar el viejo orden liberal ni ofrecer garantías universales. Es una doctrina de poder diseñada para un entorno que considera abiertamente postnormativo, competitivo y estructuralmente inestable.
El documento finaliza con una advertencia binaria, presentando la “rama de olivo” para quienes se sometan al nuevo realismo estadounidense, y la “espada más afilada” para quienes se atrevan a desafiarlo. Asimismo, en la grandilocuencia característica de la administración Trump, se enfatiza la modernización nuclear y el dominio en dominios críticos como el espacio y la inteligencia artificial para asegurar que ninguna nación o coalición pueda rivalizar con ellos en un conflicto de alta intensidad.
Para aliados y rivales, la NDS 2026 es la señal de que el período de “paz liberal” ha terminado. El imperio ha decidido que, si no puede dominar el mundo a través del comercio y las finanzas, lo hará a través de la amenaza de una destrucción sin precedentes. Es un manifiesto de supervivencia para un sistema en decadencia que, en su caída, busca arrastrar la estabilidad global consigo.

