La relevancia de Venezuela en la demanda futura de hidrocarburos puede explicarse por el hecho de que cuenta con grandes reservas que no han sido explotadas a plenitud
ESPECIAL
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Los hidrocarburos siguen siendo la principal fuente de energía para el transporte y la industria a escala global, aun cuando hayan surgido alternativas que se proyectan como sustitutas en un contexto de transición en el área. Según informes recientes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la demanda mundial de crudo alcanzará 118,3 millones de barriles diarios (mb/d) en el año 2035, cifra que actualmente registra 104,5 mb/d, según la Agencia Internacional de Energía (AIE).
Los datos reflejan que habrá una demanda adicional de 13 millones de barriles en los próximos años y, por la dinámica de explotación, no podrá ser cubierta con los campos activos de hoy en día. Para ello se requeriría un número importante y adicional de pozos nuevos para compensar la caída en campos maduros y así satisfacer el incremento en la demanda. La OPEP estima que en 2050 el requerimiento de crudo será casi de 123 mb/d, según su escenario base. Como puede verse, ninguna predicción seria contempla que se consuma menos petróleo. Si bien el uso de combustibles fósiles se ha desacelerado, dado que se incrementó el uso de autos eléctricos, híbridos y vehículos de bajo consumo, no hay señales de que ocurra un cambio radical en ese sentido.
EL GIRO GEOPOLÍTICO DE 2026
Este panorama de demanda creciente explica por qué, en febrero de 2026, el mundo ha puesto sus ojos nuevamente en Caracas. La reciente visita del Secretario de Energía de los Estados Unidos, Chris Wright, a las instalaciones de la Faja Petrolífera del Orinoco, marca un punto de inflexión histórico. Al reunirse en el Palacio de Miraflores con la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, Wright no solo validó la operatividad de Chevron en suelo venezolano, sino que selló un pacto de “supervivencia energética” mutua.
Wright, un firme defensor del papel de los fósiles en la prosperidad humana, declaró que su país está “apasionadamente comprometido con transformar por completo la relación bilateral”. Por su parte, la presidenta Rodríguez fue enfática al afirmar que “la diplomacia garantizará un diálogo soberano con Estados Unidos”, subrayando que la agenda energética debe avanzar “sin dificultades y sin contratiempos”. Washington ha comprendido que la estabilidad del mercado global y su propia “dominancia energética” dependen de integrar los más de 300.000 millones de barriles de reservas probadas de Venezuela en un esquema de seguridad hemisférica.
VENEZUELA ES CLAVE ANTE EL DECLIVE GLOBAL
La relevancia de Venezuela en la demanda futura de hidrocarburos puede explicarse por el hecho de que cuenta con grandes reservas que no han sido explotadas a plenitud. Sin embargo, para mayor claridad es necesario detallar cómo funciona el sistema de inversión. Las inversiones upstream representan la fase inicial de la industria, enfocándose en la exploración, evaluación y producción. Aportan barriles para la demanda energética, pero hoy en día apenas sirven para compensar la caída de la producción en campos petroleros más viejos.
Tanto la OPEP como la AIE coinciden en que existen riesgos de que la demanda supere la oferta. La AIE, en un informe de septiembre de 2025, refiere que aproximadamente el 90% de la inversión en upstream desde 2019 se ha dedicado exclusivamente a compensar las caídas de producción en campos existentes, más que a alimentar el crecimiento de la demanda. Casi el 80% de los pozos activos del mundo ya alcanzó su pico y está en fase de declive natural.
El mundo se nutre, fundamentalmente, de hidrocarburos provenientes de yacimientos post-peak. Tras alcanzar el máximo, la tasa de declive global promedio es del 5,6% anual para el crudo convencional. Si no se realizan inversiones masivas y constantes, la oferta simplemente se desvanece. Es aquí donde la geología venezolana ofrece un alivio: sus campos no son solo vastos, sino que su curva de declive es mucho más manejable que la de los yacimientos que hoy sostienen la oferta mundial.
Gran parte de la nueva oferta de petróleo en la última década se ha afianzado en crudos no convencionales como esquistos, shale oil y fracking. En el año 2000 el petróleo convencional representaba el 97% de la producción; en 2024, esa cifra cayó al 77%, dejando el resto a los no convencionales. Pero producir de esta manera es costoso y técnicamente agresivo.

Mientras el crudo convencional en Asia Occidental puede costar entre 10 y 15 dólares por barril, el no convencional en Norteamérica suele oscilar entre 30 y 70 dólares. Esta diferencia no es caprichosa: se debe a la impermeabilidad de las rocas en yacimientos como el Permian Basin, que requieren fracturación hidráulica y un consumo energético masivo solo para extraer el fluido.
Además, los campos no convencionales presentan un “declive acelerado”: la producción puede caer más del 35% en el primer año y un 15% adicional en el segundo si no se perforan pozos nuevos constantemente.
Esta “tinta de inversión” es lo que mantiene a flote la producción de Estados Unidos, pero la hace vulnerable a las fluctuaciones de precios. Venezuela, con sus yacimientos convencionales de areniscas porosas y su crudo pesado de fácil extracción superficial, ofrece una estabilidad que el fracking no puede garantizar en un escenario de precios bajos como el que se proyecta para finales de 2026.
REALIDAD INELUDIBLE
Además, desde 2010 hasta 2024, los nuevos descubrimientos de grandes yacimientos han sido escasos. La industria está “vaciando la despensa” sin reponerla con la rapidez necesaria. Ante este panorama, las empresas necesariamente deben mirar hacia Venezuela porque el petróleo y el gas en grandes cantidades ya han sido descubiertos, catalogados y certificados.
Como señaló Chris Wright tras sobrevolar la Faja del Orinoco, el embargo petrolero “esencialmente terminó”. El objetivo ahora es atraer la inversión privada estadounidense para modernizar una infraestructura que, aunque deteriorada por años de sanciones, posee un potencial de crecimiento de 1,5 a 2 millones de barriles adicionales en el mediano plazo sin necesidad de recurrir a costosas técnicas exploratorias de alto riesgo.
La OPEP estima que se requiere una inversión de 18,2 billones de dólares a escala global hasta 2050 para atender los requerimientos energéticos. Venezuela, por su cantidad de reservas, está destinada a ser uno de los principales receptores de este capital. Sin embargo, este flujo se dará bajo una nueva arquitectura institucional.
Jorge Rodríguez, en su entrevista al medio conservador estadounidense Newsmax, ha delineado una visión de ganar-ganar bajo el respeto mutuo, proponiendo que Venezuela sea un socio estratégico que garantice el suministro a las refinerías del Golfo de México, liberando a Estados Unidos de la dependencia de proveedores políticamente inestables o geográficamente distantes.
Por su parte, la presidenta Delcy Rodríguez ha confirmado que los primeros flujos de inversión, ya estimados en un incremento del 37% de los ingresos para este año, serán inyectados directamente en el sistema cambiario y bancario nacional para estabilizar los salarios y el poder adquisitivo.
“De nada sirve la riqueza en el subsuelo si no se traduce en bienestar para el trabajador”, ha recalcado Rodríguez al defender la necesidad de un nuevo modelo de explotación petrolera en el país.
EL ROL DE LAS COMUNAS
Este relanzamiento de la industria petrolera no se está dando en un vacío social. El modelo de 2026 contempla que el 53% del presupuesto nacional se ejecute a través del Poder Popular. En estados como Cojedes, la fuerza de las Comunas actúa como un cinturón de estabilidad y desarrollo local, que complementa el empuje de las zonas de influencia petrolera y agrícola.

El líder comunal ya no es solo un movilizador político, sino un gestor del territorio que garantiza que la inversión conviva con la paz y el avance social.
Este modelo de democracia directa también es un aval de seguridad que los inversores extranjeros, representados por Wright, están valorando positivamente: Un país donde el orden y las decisiones estratégicas no se imponen solo desde arriba, sino que se gestionan desde la base social y productiva de la nación.
UN ACUERDO DE LARGO ALIENTO
La visita de Wright y la interlocución directa indican que Washington ha optado por ese pragmatismo de “ganar-ganar”. Se habla de un plan de tres fases: estabilidad, recuperación y una hoja de ruta hacia un modelo de cohabitación política que per mita a Venezuela integrarse plenamente al mercado global. Para el Gobierno Bolivariano, este es el momento de demostrar que el chavismo puede mutar hacia una forma de gestión eficiente y conservadora de la riqueza del subsuelo sin abandonar el modelo de desarrollo social y soberanía nacional.
Al ser consultada sobre si viajaría a Washington, Delcy Rodríguez respondió con cautela: “En algún momento, ahora tengo mucho trabajo en Venezuela”.
Ese trabajo es, precisamente, el de orquestar el regreso de los gigantes petroleros mientras se mantiene el control interno a través de la distribución de una renta que, por primera vez en años, promete volver a crecer de forma sostenida sin la presión de las medidas coercitivas contra la nación.

Así, Venezuela se encamina a recuperar su papel como eje central de la economía energética del hemisferio. Desde este punto de vista, la visita de Chris Wright y la asociación estratégica con Estados Unidos no representan un cambio de principios, sino una lectura audaz de las necesidades del siglo XXI. El país ha pasado de la resistencia a la construcción de una potencia productora de gas y petróleo, entendiendo que, en la geopolítica del crudo, y siguiendo el ideario bolivariano, la soberanía más efectiva es aquella que se traduce en la mayor suma de felicidad posible para su pueblo.

