En Panamá se revelan visos de una traición peruana que afectará al proyecto
de la Anfictionía Marítima

WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA

Antes de instalarse el Congreso Anfictiónico e iniciar sus sesiones, el Ministro plenipotenciario por Colombia, Pedro Gual, escribe el 11 de abril de 1826 desde Panamá, a Simón Bolívar, para ponerlo en cuenta de la negativa de Delegados del Perú, arrojada en una conversación larga y confidencial que sostuvieron él y Pedro Briceño Méndez con Manuel Pérez Tudela y Manuel Lorenzo de Vidaurre, el 7 de abril de 1826, en donde fueron sorprendidos por algunos fragmentos de nuevas instrucciones del Consejo de Gobierno del Perú, las cuales tuvieron la bondad de leerlas: “1.- Que el Perú solamente desea contraer una alianza defensiva con los Estados americanos. 2.- Que el contingente del Perú será en tropa o dinero, en caso de ataque. 3.- Que si este contingente consiste en tropas, con respecto a Colombia particularmente, estas no podrán ir más allá del Río Mayo. 4.- Que este contingente será siempre en dinero cuando se trate de auxiliar a Méjico, la América Central y toda aquella parte de Colombia, fuera de la que se ha hablado arriba” (Daniel Florencio O’Leary. Memorias del General O’Leary. Tomo VIII. Caracas. 1880, p. 437).

De manera más concisa le hace saber que “5.-el Perú no se presta al establecimiento de una marina federal americana. 6.- Que no se presta tampoco a celebrar tratados de comercio con nosotros, mientras su Congreso no dicte las bases. Gual queda impresionado y a tal efecto, lo valora como “alguna equivocación en los por menores de estas instrucciones peruanas, contenidas en un solo pliego de papel” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 437).

Ante la preocupante información, Gual expresa al Libertador que cómo será posible que estos señores se entiendan con los Plenipotenciarios de Colombia cuando ella desea: “1.- Aliarse fuertemente con los Estados, para ofender a sus enemigos, y defenderse de las asechanzas. 2- Establecer al efecto un contingente de tropas respetables o su equivalente. 3.- Estipular con sus aliados un contingente en dinero o crédito, que es lo mismo, para establecer, una marina federal americana, que dè movilidad a las tropas de la federación, adquiera superioridad marítima sobre los españoles, ponga a las colonias que les quedan, en una absoluta incomunicación, y los confine enteramente a sus guardias peninsulares. 4.- Hacer un tratado general de comercio, conforme a los principios de la civilización moderna. 5.- Hacer una Convención consular que ponga a sus cónsules en estado de proteger las especulaciones de nuestros compatriotas. 6.- Declarar a los traficantes de negros de África bajo su pabellón, y el de sus aliados en crimen de piratería convencional americana, y de sujetos a la jurisdicción del captor” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 438).

Realmente eran los visos de una traición que lamentablemente terminarán afectando al proyecto de la Anfictionía Marítima. Continúa Gual y agrega que “cómo será posible que nos entendamos? Aseguro a usted que semejante discordancia ha destruido la base de nuestras operaciones, que consistía en la esperanza de estar perfectamente acordes los Plenipotenciarios de Colombia y Perú.

Uno de los puntos en que Colombia tiene el más vivo interés, es el establecimiento de la marina federal, a la que Perú se deniega rotundamente. Los diferentes ensayos que se han hecho ya, han probado demasiado que ninguno de los Estados americanos puede por sí solo crear una marina sin arruinarse. Esta marina es, sin embargo, tan necesaria a la América para terminar esta guerra, como la vida” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 439). Uno de los factores esgrimidos por el Plenipotenciario colombiano, es la miopía geoespacial que impide el logro de una Anfictionía. Sentencia al respecto: “Para su creación es indispensable que los Estados americanos olviden sus localidades geográficas. Deben todos considerarse como un solo todo, para salvarse, y hacerse reducciones considerables en sus ejércitos permanentes, teniendo escuadras que defiendan sus largas y dilatadas costas” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 439).

El cuerpo teórico y filosófico para estrechar los lazos de una fuerza naval hemisférica, es expuesto de manera formidable por Pedro Gual, quien hace una lectura histórica y muy precisa sobre el auge y declive de la armada española, y en consecuencia sugiere que “no deben olvidar que con que los pesos fuertes americanos formó Felipe II la armada llamada Invencible; aunque desgraciada que con los mismos la administración económica de Carlos III creó una marina respetabilísima; que las alianzas imprudente de su hijo la perdieron en Trafalgar y San Vicente, y que si es tas escuadras existieran, la suerte de la América toda sería tristísima” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 439).

Con tan formidable argumento, Gual recurre a la necesidad de establecer la unificación de las escuadras en el continente, ya que a pesar de que “España, a consecuencia de estos desastres, no tiene comparativamente marina, pero tiene más que los Estados americanos, y tiene además los rezagos de una nación vieja. Hoy mismo tiene en estos mares un navío, cinco grandes fragatas, algunas corbetas, y bergantines bien tripulados que están amenazando, y tiene en movimiento todas nuestras costas del Atlántico” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 439).

El costo de mantener activa y operativa una flota para la defensa mutua de nuestros mares y costas, requiere de una coalición naval fundamentada en los principios de una anfictionía marítima, porque de lo contrario, “hoy mismo estaremos, o estamos consumiendo recursos superiores a nuestras fuerzas, para ponernos a cubierto de semejantes peligros. Puede, en fin manifestarse hasta la evidencia que si la naturaleza de esta guerra no cambia en marítima, el peor mal que pueden hacernos los españoles, es mantenernos en constante alarma, para que acabemos por consunción” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 439).

Siguiendo el mismo orden de su análisis, pregunta a Bolìvar: “Usted piensa mi estimado Presidente, que la escuadra de la Habana vendrá a traernos un decreto tan degradante como el de Haití. Yo no soy de la misma opinión” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 439).

Gual se refería a la obligación impuesta por Francia a la República de Haiti, de pagar una indemnización escandalosa que arruinó e impidió el crecimiento de su economía y que esto no lo podía permitir America. Aclara además que “los españoles están hoy tan firme en sus propósitos como antes y que las Américas no se despegan de su corazón; todavía deliran con la memoria de lo pasado. Nos harán todavía cuanto mal puedan, hasta que no imitemos a los holandeses, que obligaron a los españoles a firmar la paz de Münster, después de adquirir primero una superioridad marítima sobre sus enemigos, y molestarlos, después en todas direcciones” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 440).

Se trataba de una explicación magistral, ya que tras 80 largos años de guerra entre las Siete Provincias Unidas de los Países Bajos y la Monarquía Hispánica de los Habsburgo, se puso fin el 30 de enero de 1648, con el Tratado de Paz de Münster, en la actual Alemania, y con el cual, el comercio holandés empezó a florecer y los mercaderes neerlandeses con la disponibilidad de navíos, comenzaron a dominar el comercio en los mares y océanos, pero fue la presión marítima de Holanda, lo que hizo que la Corona española firmara la Paz de Münster y reconociera su independencia.

Precisamente, Holanda como una de las potencias navales Europeas, que apoyó comercial y financieramente la revolución emancipadora de América, es invitada en calidad de observador al Congreso de Panamá. Lo cierto es que para alcanzar la necesaria anfictionía marítima, “Colombia no desea tampoco dirigir la fuerzas de la confederación, sino quieren sus aliados. Estos pueden nombrar a un general que dè impulso a sus tropas en las operaciones de un interés común. Comisiones mixtas, o compuestas de comisionados de cada uno de los aliados en el Atlántico y en el Pacifico, se harán cargo, si desea, de la creación y dirección de la marina federal” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 440).

Ante la premura y la urgencia del asunto, Gual recomienda a Bolívar: “Suplico a Usted haga de manera que ese Gobierno saque a sus Plenipotenciarios de la posición falsa en que los ha puesto la incoherencia de sus nuevas instrucciones. No estamos aquí en una cama de rosas, para prolongar las negociaciones más allá del tiempo necesario” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 440).

La postura peruana es totalmente contradictoria al ideario anfictiónico del Libertador. En carta que había dirigido a Pedro Gual, en abril de 1826 desde el Palacio de la Magdalena en Lima, reafirmaba su espíritu de unidad y alianza perpetua, al exponer que “tan penetrado está de esta asamblea que desearía que, fuese permanente para que sirviendo de árbitro en las diferencias que cada dìa han de suscitarse entre estados nuevos y vecinos, fuere el lazo que los uniese perpetuamente” (Simón Bolívar. Archivo del Libertador. Archivo General de la Nación. Documento Nº 1.065 de abril de 1826).

Pero la situación era tan delicada que Gual vuelve a escribir 12 de abril de 1826 a Bolívar para reiterarle que “espera confiadamente que los obstáculos que han opuesto a ello las nuevas instrucciones peruanas, serán removidos por la mediación de Usted. Colombia desea vivamente identificar su suerte con la de sus aliados” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 443).

El desprendimiento por consolidar la coalición marítima de las nuevas naciones, es de tal manera que el Plenipotenciario colombiano, sostiene que la República “está dispuesta a obligarse a no contraer alianzas extranjeras sin su participación…está dispuesta a convenir en establecer reuniones periódicas de esta Asamblea, en que los ministros Plenipotenciarios estrechen más sus relaciones de todos, y custodien, como las Vestales, el fuego sagrado para que no se extienda y devore este hermoso hemisferio; está, en fin, dispuesta a todo, en bien de sus hermanos, con tal que se presten a una alianza ofensiva y defensiva, y a estipular contingentes adecuados que la hagan efectiva. Estas son las condiciones sine equa non de los tratados del Istmo” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 443).

La amenaza latente de España en los mares y costas de América era una realidad evidenciada por los mismos protagonistas del Congreso en el Istmo. En la Postdata de una carta que Pedro Gual envía el 27 de abril de 1826 desde Panamá al Libertador, le anuncia que “la expedición española aún permanece en Cuba. Se dice que la escuadra ha salido a cruzar nuestras costas” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 443).

 Tres meses después, el 22 de julio, es el otro Plenipotenciario colombiano, General Pedro Briceño Méndez, quien a bordo de la goleta La Macedonia, frente a Buenaventura, actual Colombia, le asegura que “la escuadra española se retiró de Cartagena, después de haber estado al frente de la plaza tres o cuatro días, sin tomar un ni solo buque. Aunque entraron algunos por medio de ella. Dicen que remonta a barlovento, y sin duda irá a completar su paseo por nuestra costa, dejándose ver también en Puerto Cabello, etc., para intimidarnos, alarmarnos, hacernos consumir en gastos y quizás aprovechar la oportunidad que se le ofrezca de hacer alguna incursión o fomentar alguna conmoción” (Ibídem. O’Leary. Tomo VIII. 1880, p. 208).

Briceño Méndez piensa en términos geoestratégicos del espacio marítimo compartido por las nacientes Repúblicas y en este sentido opina que lo “más probable sea entretenernos para dar el golpe a Méjico, aunque más creíble es que no intenten sino mantenernos en eché para preservar su islas. En todo caso, todo estaba vinculado a dar respuesta desde operaciones navales conjuntas de una marina confederada, cuyo propósito es el fin de la convocatoria y ratificación de los tratados bilaterales, previamente establecidos. Asunto que no entraba en la política miope y mezquina de la Legación peruana en la Asamblea del Istmo.

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