EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Narrar es un oficio en tanto se evalúa desde la disciplina. Pero también es un placer con un impulso inherentemente hedonista: Hay un momento en que se narra por narrar y otro en el que, aún conociendo el final, se disfruta la escritura de esas últimas páginas con la maravilla y el solaz de quien asiste a un alumbramiento.
Más allá, esas líneas finales son el preludio a una paz interior que alista el terreno a una nueva escritura.
Charly García lo ha llamado “un sensual abandono”. En lo personal, lo disfruto tanto al escribirlo como al leerlo. Borges lo describe sutilmente en La otra muerte, y lo equipara con haber “adivinado y registrado un proceso no accesible a los hombres”.
Yo más torpe, más frágil, lo comparo con esos sueños en que todo fluye según nuestra voluntad y de los cuales nos cuesta separarnos al amanecer. También, no lo niego, disfruto aquello que Chirico decía de los sueños, pero al crear, veo a una persona, un lugar o una escena, que conozco muy bien, “y sin embargo es otra persona; es y no es la misma; una ligera y misteriosa transfiguración se observa en sus rasgos…”.
De manera que, terminar una historia no es un momento en si mismo. Es un proceso acumulativo que se va desencadenando y como decía Chéjov, tiende a caracterizar esa doble de forma del cuento como género: Una historia visible, traducible en palabras y una más íntima, secreta quizás, que solo sucede y se entiende plenamente en el espíritu.

