MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA
Toda oscilación entre lo cómico y lo trágico nace de una incongruencia: el choque entre lo que esperamos y lo que ocurre. Esperamos que un piso sea firme, pero resbalamos. Esperamos que una persona seria actúe con solemnidad, pero tropieza. Esperamos justicia, pero ocurre el absurdo. Esa ruptura entre la expectativa y la realidad es el germen tanto de la risa como del horror.
Pero surge una pregunta fundamental: ¿por qué la misma incongruencia a veces nos da risa y otras veces nos horroriza? La respuesta está en la distancia y en cuánto nos afecta. Si veo a un hombre resbalar en una cáscara de plátano, me río porque no me afecta. Si ese hombre soy yo y me rompo la cadera, ya no es gracioso: es trágico.
Si la caída se repite cien veces sin sentido, la incongruencia se vuelve tan enorme que solo queda una risa amarga. La frontera entre comedia y tragedia no es el tipo de incongruencia, sino el grado de implicación emocional.
En la comedia clásica, la incongruencia es controlable: un malentendido, una hipocresía descubierta. Pero cuando el personaje pierde el control y la incongruencia se vuelve ley cósmica, la risa se quiebra.
Pensemos en el cine de los hermanos Cohen, en “Fargo”, un hombre es triturado por una máquina de leña de forma inesperada y absurda. Algunos espectadores ríen por nerviosismo. Ese «reír para no llorar» es la señal de que lo cómico se ha vuelto trágico. Lo mismo ocurre con un cómico que relata su depresión con chistes: en medio de la risa, se abre una grieta y escuchamos el verdadero llanto.
Cuando la tragedia es tan enorme que cualquier respuesta seria (llanto, lamento) parece insuficiente, entonces la incongruencia provoca lo cómico. No es una comedia alegre, sino negra, absurda.
En “Dr. Strangelove” de Kubrick, el fin del mundo depende de un loco que cabalga una bomba. La situación es trágica, pero la ridiculez de los personajes solo puede resolverse con carcajadas. De lo contrario, sería insoportable. O como en “El pianista” de Polanski, donde un hombre sobrevive en el tiempo al horror nazi y, en un momento grotesco, al ser descubierto, tiene que tocar el piano para un oficial nazi sin saber si lo matará después—, no sabes si llorar o reir. Lo trágico se vuelve cómico o viceversa, en el instante en que la burbuja de la incongruencia estalla.
En la vida real, los soldados bromean sobre perder una pierna, los enfermos terminales se ríen de su diagnóstico. No es masoquismo: es una forma de imponer un orden subjetivo ante lo insoportable. Como escribió Viktor Frankl: «El humor era otra de las armas del alma en la lucha por la supervivencia».
Freud explicó esto con el «humor del patíbulo»: un reo camino a la horca exclama: «¡Qué buena manera de empezar la semana!». ¿Cómo es posible que se tenga una actitud así? Según Freud, el humor retira la energía del miedo y la transforma en placer a través de la risa. No es negar la realidad, sino procesar activamente lo insoportable. El humor es la más elevada de las defensas: permite al yo no ser doblegado por el sufrimiento real.
Un hombre caminaba por el bosque cuando apareció un tigre. Corrió hasta un precipicio, se aferró a una liana y se dejó caer. Abajo, otro tigre lo esperaba. La liana comenzó a desgarrarse. Dos ratones, uno blanco y uno negro, la roían desde arriba. El hombre miró arriba: el tigre asomaba. Miró abajo: el otro tigre acechaba. Miró la liana: los ratones seguían mordiéndola. Entonces, vio una pequeña fresa en la pared. La cogió, se la comió y dijo: —
¡Qué dulce está!
Este cuento lo resume todo. La situación es trágica, muerte segura por arriba, por abajo y por la liana que se rompe. Pero el hombre, en medio del horror, se come una fresa y la disfruta. La incongruencia entre la gravedad del contexto y la pequeñez del gesto es total. Freud diría que es el humor del patíbulo llevado a la perfección. Eco diría que la risa (o la sonrisa) desmonta el poder absoluto de la muerte. Y el cuento nos enseña que, frente a lo inevitable, aún podemos saborear un instante. En esta época es importante darnos cuenta que lo cómico y lo trágico no son esencias fijas, sino posiciones relativas, frente a una realidad que está poblada de incongruencias. Hasta en las situaciones tragicómicas, cuando podemos mantener distancia, reímos. Cuando la incongruencia nos golpea de lleno, lloramos. Y cuando es tan grande (calamitosa, desastrosa, adversa, incontrolable e inevitable) que no podemos ni reír ni llorar, emerge esa risa extraña que es la máscara de la desesperación.
El arte, la crítica y la vida cotidiana deben navegar este péndulo. Porque, lo verdaderamente humano —y terrible— es que nunca sabemos si aplaudir o taparnos los ojos cuando la incongruencia se sienta frente a nosotros.

