MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA

Existe una incomodidad que pocos se atreven a nombrar en voz alta: la creciente ineptitud de los padres para ejercer su oficio más elemental. No se trata de una carencia puntual ni de casos aislados, sino de un fenómeno extendido que atraviesa clases sociales y geografías. Los padres actuales —con contadas excepciones— han olvidado algo fundamental: que criar es acompañar y sostener; no es liberar, sino limitar; no es ser amigo, sino ser estructura.

La primera gran falla dentro de la creciente desintegración de la familia es la desaparición de la autoridad de los padres y del sostén afectivo consistente. Muchos padres confunden el amor con la ausencia de fricción. No soportan ver a sus hijos frustrarse, y en ese acto de «protección» les roban la oportunidad de desarrollar tolerancia a la adversidad y a la frustración. El sostén no es un colchón que elimina los golpes; es una red que permite caer y levantarse. Pero los padres de hoy, agotados y mal asesorados por pedagogías que demonizan cualquier firmeza, ofrecen apenas una presencia intermitente y ansiosa. A esto se suma el bendito celular que atrapa a los hijos y a los padres convirtiéndolos en zombis en casa.

Peor aún es el desarme de los límites. La cultura del “no es no” aplicada anteriormente ha generado un pavor irracional a decir “no” a los niños. El resultado son criaturas que no reconocen fronteras, que negocian cada orden como si fuera un tratado internacional, que aprenden que la pataleta y la insistencia son herramientas legítimas para modificar las reglas. La falta de límites no es libertad; es abandono disfrazado de respeto. Un niño sin límites no se siente poderoso: se siente perdido. Estamos formando narcisistas jóvenes.

Aquí el diagnóstico se agrava. Cuando a esta ineptitud estructural se suma la pobreza material y educativa (escuelas que son sólo contenedores temporales que empobrecen mentalmente), el cuadro deviene catastrófico. No porque los padres sin recursos sean intrínsecamente más ineptos —todo lo contrario, muchos despliegan una creatividad sobrehumana para sostener a sus hijos—, sino porque la carencia económica genera lo que podemos llamar “pobrezas mentales”: déficit de atención sostenida, imposibilidad de proyectar el futuro, irritabilidad crónica por estrés, fatiga cognitiva por sobrecarga laboral y de cuidados.

Un padre que trabaja doce horas diarias y duerme mal no puede regular sus propias emociones, mucho menos contener las de un hijo. Un hogar sin certezas sobre la comida del mañana es un hogar donde los límites se vuelven lujos. La pobreza no excusa la ineptitud, pero la produce de manera implacable, genera padres ausentes por necesidad, padres explosivos por desgaste, padres inconsistentes porque no les quedan reservas mentales para ser otra cosa.

El resultado es una generación de hijos que crecen con dos problemas simultáneos: la fragilidad emocional de quienes nunca fueron desafiados y la desprotección de quienes nunca fueron verdaderamente sostenidos. Los padres actuales, atrapados entre la sobrevivencia, el mito de la crianza perfecta, y las exigencias laborales, el colapso de los sostenes familiares y comunitarios y, para muchos, la opresión de la pobreza, han quedado ineptos no por maldad ni por negligencia voluntaria, sino por abandono sistémico. Los constantes y crecientes suicidios de jóvenes son un alarmante síntoma.

La pregunta incómoda ya no es por qué los padres son ineptos, sino por qué una sociedad y sus instituciones educativas ha decidido mirar hacia otro lado mientras se desmorona la primera estructura de apoyo que todo ser humano debería tener: un padre o una madre que sepan decir «te sostengo» con un brazo firme y «no puedes pasar» con una voz serena.

El daño que infligen estos “no padres” es silencioso y devastador. El hijo de un no padre no aprende a odiarlo —eso requeriría un vínculo—, sino a prescindir de él. Crece con la certeza implícita de que no merece atención sostenida, de que su existencia no es suficiente para detener a un adulto en su carrera hacia ninguna parte. Y ese vacío no lo llena nada ni nadie: ni la escuela más progresista, ni el abuelo más amoroso, ni la terapia más cara. Porque lo que falta no es un cuidador suplente, sino la experiencia primordial de ser deseado como hijo, no como proyecto ni como carga. Los no padres producen hijos que después se convierten en adultos que no saben pedir ni esperar nada de nadie, porque aprendieron demasiado temprano que la indiferencia es el estado natural del mundo. Y ese aprendizaje, una vez instalado, ya no tiene vuelta atrás.

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