ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Rondaban apenas los diecisiete años, corta edad para tener responsabilidades, sin embargo, para emprender el viaje, y no medir los riesgos que asumirían, ni por un momento lo pensaron. Fue así como Julián le dijo a Gualberto, que había la posibilidad de ir a Barinas con Rafa el autobusero, quien completaba el famoso grupo de aventureros, éste, aunque era el más viejo, ni siquiera llegaba a los veinticinco años. En fin, un trío de jóvenes que se arriesgaban nuevamente a la aventura. Sólo faltaba la autorización de don Cheo Silva, un viejito gruñón quien era el dueño del vehículo donde se trasladarían. Una camioneta Valiant modelo 60 que no era de reciente data, pero que su dueño, la mantenía en muy buen estado.
Rafael Echenagucia era el nombre completo del nuevo chofer que llegó a la compañía de transporte de pasajeros, y le gustaba que lo llamarán “Rafa” quien apenas, se veía manejando el gran autobús, porque su estatura era de promedio bajo, su corte de cabello era trasquilado y algo largo, que generalmente cubría con una gorra deportiva. Asimismo, era delgado, lo que daba la impresión de ser frágil, y de un carácter bastante jovial que siempre mostraba con suaves silbidos, parafraseando canciones románticas que estaban de moda.
En fin, Rafa llegó para quedarse en el pueblo, que ahora era bien llamado Capital de la velocidad, por el auge de las carreras de autos y motos que movilizaban a “tutirimundachi” a los predios del autódromo internacional de San Carlos, no sólo, durante las espectaculares carreras, sino también, los días previos durante las prácticas. La ruta del transporte, donde trabajaba Rafa, era desde la Yaguara, comunidad cerca del autódromo, hasta Mapuey. Largo trayecto de servicio público que atravesaba de punta a punta el pueblo y en su recorrido, pasaba por el hospital, plaza Bolívar, policía y cementerio, recogiendo a quienes salían a sus trabajos, escuelas, liceos, simplemente de compras o, para diligencias personales.
Como generalmente sucede, “Rafa” joven y soltero, también recién llegado al pueblo, y al transporte de autobús proveniente de otros lares, causaba gran curiosidad a todos. Asimismo, como era muy cordial en su trato con los pasajeros, especialmente con las féminas, rápido le ganó una fama de “don Juan” Además, Rafa era muy carismático con los jóvenes del barrio, situación por la que pronto hizo muchos amigos en el sector Los Colorados. En fin Rafa era un “pavito” pero trabajador. Por su apariencia frágil, buen hablar y respetuoso trato, Rafa, ganó la confianza de Don Cheo Silva a quien durante una interesada conversación, con habilidad le tocó el tema de la camioneta preguntando.
– ¿Mire Don Cheo, por qué usted no rueda la camioneta? Siempre la veo aquí, guardada en el garaje. Dijo Rafa.
– ¡Es que no tiene buenos cauchos! Respondió, rápido el viejito gruñón.
– ¡Esos son catorce, verdad!
En mi casa en Guanare, relató Rafa, mi papá tiene un carro, arrumado, con los cuatro cauchos aún con mucha vida, ya casi que perdiéndose. Este fue el argumento que atrapó a Don Cheo, quien de inmediato solicitó.
– ¡Mira chico, por qué no me los regalan, aunque sean dos!
Situación que aprovechó Rafa para decir.
– ¡No hay problema! Pero habrá que ir a Guanare a buscarlos y, yo ahora no tengo viaje para allá, ni carro para traerlos,
– ¡Eso es lo de menos, cuadre un viaje que yo le presto mi camioneta! Dijo Don Cheo. Hasta Guanare no son muchos los kilómetros de distancia.
Una grata sensación removió desde el estómago, todo el interior de Rafa, quien con picardía mostró una tímida mueca de sonrisa por haber logrado su cometido, aunque irresponsablemente le mintió a Don Cheo, pero supo disimular, para no dejar al descubierto sus hábiles intenciones de volver y llegar con carro, a su pueblo natal llanero, Santa Rosa de Barinas, población que se ubica como a cien kilómetros más allá de Guanare.
Lo demás fue fácil, Rafa sólo espero que llegará la semana de cobro en los autobuses y, sucedido ello, informó a sus jóvenes compañeros que la salida sería el viernes en la mañana. Los otros dos muchachos, buscaron algo de plata con sus padres, quienes a regañadientes aportaron sólo la mitad de lo que pedían. A media mañana partieron rumbo a Guanare. Don Cheo Silva, personalmente les despidió, augurando un buen viaje y pronto regreso. Sin embargo, se desconocía el verdadero plan de Rafa, el joven “pavito” quien al frente del volante arrancó muy suavemente la camioneta, la cual respondió, como se esperaba de ella, sin pitoneos, ni falla mecánica alguna.

Rafa al volante, Julián de copiloto y Gualberto, sólo sentado en el puesto trasero, iniciaron su aventura los tres jóvenes. Lo primero que hicieron fue sintonizar la radio, que no más, finalizar la música y venir los comerciales, inmediatamente cambiaban de dial. Del mismo modo, si era “salsa” a todo pulmón las cantaban. Como también, con sus palmas aplaudían y tocaban, cuán tambor, fuesen las puertas y toda la tapicería del vehículo.
Luego de pasar la población de Agua Blanca y antes de llegar a Acarigua, en un caserío llamado “Morrocoy”, precisamente a orilla de la angosta carretera, Rafa identificó la casa, donde residía una tía materna. Allí se estacionó y el grupo se dispuso a realizar la primera parada en su ruta. Estando frente a su querida familia, Rafa, primero ofreció su bendición y posteriormente, contó las historias recientes de la situación de salud de su mamá y hermanos, complacido porque precisamente iba a visitarla.
– ¿Tía, usted dejó de vender cerveza? Pregunto Rafa.
– ¡No mijo, en la nevera quedan algunas! Dijo la Sra. ¡Con eso es que me ayudo! Reafirmó.
– ¡Entonces, traiga tres que venimos seco de San Carlos! Solicitó Rafa.
Esa solicitud la hizo varias veces, hasta que en un momento de cordura, dijo.
– ¡Nos vamos Tía! Porque el camino es largo y culebrero. Sonrió y canceló la cuenta.
Rumbo a la camioneta, Rafa preguntó. ¿Quién de los dos quiere manejar? Sin esperar, el mismo se dio la respuesta, maneja tú Gualberto y le lanzó las llaves. Por supuesto, el nuevo chofer asumió el reto, producto quizás de las cervezas o el intrépido espíritu juvenil.
Sin experiencia en manejar, ni documentos para conducir vehículo y lo único que sabía, era que antes, sólo prendía o movía el carro de un cuñado, para luego, guardar y sacarlo de un pequeño garaje, Gualberto, asumió el reto y condujo la camioneta, por la estrecha carretera que unía a Acarigua y Guanare. Al principio, lo hizo muy lento y con cautela, por la falta de pericia. Hecho que sus compañeros celebraban, invitando a que imprimiera mayor velocidad; igual, lo teledirigían diciendo.
¡Pásalo ahora que no viene carro! o, ¡Aguanta, aguanta! que vienen cerca unas gandolas. Todo, era risas y risas, las que se producían en los jóvenes tripulantes, por el acontecimiento que lejos de atemorizarlos, ellos lo disfrutaban.
En Ospino, población colonial de Portuguesa, en la estación de servicio que señala su llegada, todos equiparon completo. La camioneta combustible y los jóvenes, chicharrón y cachapas, característica venta de la zona. De líquido, bebieron de nuevo cervezas.
Sigue manejando Gualberto, estás mejorando rápido tu práctica, alentó Rafa al improvisado chofer.
De Guanare en adelante manejo yo, -se comprometió- el joven jefe del grupo. Así fue, en la Alcabala de la Guardia Nacional que funciona en la avenida que da la bienvenida a Guanare, hubo el intercambio de choferes. Menos mal, porque los de verde estaban, sumamente activos, solicitando documentos de conducir y de los vehículos.
Los Guardias, al no más ver, los rostros de la joven tripulación, les solicitaron toda la documentación, tanto personal como del vehículo, prueba que superaron sin dificultad. Porque Don Cheo Silva, tenía hasta los trimestres por patentes municipales al día; y todos los requerimientos solicitados, estaban completamente ordenados en una cartuchera plástica que identificaba la marca Chrysler dentro en la guantera de su clásica camioneta.
Contentos luego de superar la escena, Rafa comentó, esto hay que celebrarlo. Se montaron al carro y esta vez, la aceleró con mayor fuerza y bordearon a la ciudad de Guanare, hasta llegar a otra estación de servicio. Esta vez, sólo llenaron combustible los jóvenes. Aunque, la cerveza que solicitaron no había, y sirvieron una marca en promoción que llamaban Cardenal, que, de religiosa, nada tenía y si, un amargo sabor, poco grato al paladar de los catadores.
Llegaron a Boconoito población de Portuguesa, límite con el estado Barinas, casi oscureciendo. Allí, era la residencia de la familia Echenagucia, Rafa, saludó a sus parientes, preguntó por el resto que no se encontraban, sobre todo, unas primas, por quien con insistencia, él indagaba.
– ¡Todas están en Santa Rosa! Precisamente ayer, viajaron para allá. Aclaró la mamá de Rafa.
No tardó mucho tiempo, cuando él, decidió que seguirían ahora mismo, rumbo a Santa Rosa, lugar con el que se identificaba, y donde transcurrió gran parte de su infancia.
Llegaron al sitio, algo tarde, cerca de las diez de la noche. Asimismo, estaba de moda la canción “Saturday night fever” y la fiebre juvenil era bailar. De inmediato, Rafa y sus primas, aun siendo viernes, organizaron la visita a una especie de clubdance que funcionaba, en pleno corazón del llano, donde el joropo y las coleaderas, abrían un pequeño espacio a la música juvenil; ahora todos bien apretados, con las tres chicas en la confortable camioneta, primero recorrieron varias veces las pocas calles del pequeño pueblo de Santa Rosa. En plena demostración que el joven Rafa, había regresado a su terruño. El lugar donde llegaron, estaba de recién funcionamiento y de moda, discretamente ambientado con multicolores luces en movimiento, o de intermitencia, imitando el mejor estilo de las más modernas discotecas. Asimismo, todas las bebidas eran en full servicios con soda, refrescos más el hielo.
Al final, solicitaron Ron. El momento transcurrió muy rápido, así como también, el consumo del servicio. Sin embargo, permanecieron un rato más bailando. Por supuesto, ya el cansancio y la antesala de cervezas que tuvieron por el viaje de ida, los parejos estaban embriagados. Rafa, como jefe decidió llevar a descansar a sus amigos y continuar él y sus primas, con la rumba.
De regreso a la casa donde pasarían la noche, propiedad de otra tía de Rafa, producto del licor, él mismo, aún de chofer, quizás alucinando tal piloto en una carrera del autódromo, no se percató de una profunda zanja entre dos calles, por donde corren los desagües del invierno, y cayó en ella, con tal fuerza que el impacto hizo que la camioneta brincara varias veces, cuán potro corcoveando en el rodeo, por tumbar al jinete quien pretende dominarlo.
A partir de ese brusco momento, la bella y cómoda camioneta, perdió no sólo su brillo, o sus rectas y perfectas líneas, sino también, su muy simétrico lineamiento en las ruedas. convirtiéndose ahora como por arte de magia, en una lenta carroza de carnaval, rebelde y muy dura en su dirección, con un constante chirriar de piezas y roce de sus cauchos, que parecía más bien, no un vehículo, sino una simple carreta de campo.
Así todos muy lentos, cabizbajos y casi sin palabras que pronunciar llegaron a la casa. De ipso facto, todos los planes cambiaron para el grupo de jóvenes. Empujando metieron la camioneta a un garaje familiar y abatidos cerraron tan largo día, donde pudieron conocer momentos sublimes de éxito y celebración, ahora bien perplejos, padecen el fracaso y la preocupación.
Al otro día, Gualberto fue el tercero en levantarse, gracias a los lejanos martilleos que llegaron a sus oídos. Ya Julián y Rafa, estaban trabajando la mecánica, desmontando y enderezando las piezas del tren delantero que sufrieron el mayor de los golpes. Asimismo, Rafa como responsable del hecho, tuvo que liderar las acciones de comprar algunas piezas, remendar y soldar otras, tareas que no se agotaron el día sábado y debían esperarse por su reparación hasta el día domingo. Sería el día lunes, cerca del mediodía, cuando Rafa terminó de remendar la camioneta, la que aún mantenía desperfectos en la alineación y descuadre en la parrilla y faros delanteros, así como también, detalles y magulladuras en la latonería que delataban el gran golpe sufrido. Pero aun así, iniciaron el regreso.
Mientras en San Carlos, Don Cheo Silva, casi al borde del infarto, porque sufría problemas cardiovasculares, sólo pedía y a gritos decía: “…no me importa el carro, lo que quiero es que se maten, esos bandoleros” con rabia gemía de dolor y tristeza, sollozando repetía.
¡Mi Camioneta… Mi Camioneta!

