ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA

Él, como siempre sucedía, sólo imaginaba y no terminaba de entender, mucho menos se explicaba cómo en tiempos pasados sus abuelos sin tener oportunidad de enamorar a su dama, tan consuetudinariamente, y sólo con una mirada que se intercambiarán en un baile, o en coleaderas, sería suficiente para sellar una relación de amor, tan profunda entre ambos seres que muchos, la gran mayoría desde ese mismo momento quedaban comprometidos para toda la vida.  

En otrora, también él pensaba como el Caballero andante en su manso corcel acompañado de su fiel escudero, se comportaría cuando se encontraran, y cabalgara con ellos, su eterno e imaginado amor de Dulcinea, porque su inobjetable presencia, arreglaría tantos entuertos que comúnmente el viejo hidalgo producía, en su severa disfunción mental.  

Por supuesto, tales recuerdos eran su temor a vivir en compañía de alguien, aunque fuera de su gran adorada. Igual, sucedía cuando recordaba algunos de los capítulos de Hamlet, y no menos, influyente el de las escenas de Ghost, película que juntos vieron en el cine, y en consecuencia, ambos lloraron. Era tan simple y muy evidente que los dos estaban profundamente enamorados. Éstos, eran los pensamientos más recurrentes y que se convertían en su musa de amor, porque rápido llegaban a su cabeza y dominaban su racional decisión.  

Sin embargo, para ese gran viaje transcurrió un poco más de un año, suficiente para conocerse y para que su adorada lo aceptara. Sí, ella estaba allí, iba sentada muy junto a él, quizás no tan segura en temas del amor pero sí muy esperanzada y además segura de sí misma.  

Éste fue tan sólo uno, de los muchos que tuvieron, pero sería el más trascendental de sus viajes o paseos, porque desde ya, mucho antes de partir siempre sería diferente, incluso más comprometedor de lo que ya, en demasía ellos estaban.  

En este viaje, estaba tácito, consumaron el tan postergado acto de amor, o mejor dicho cerrarán conceptualmente y por demás físico el acuerdo de pareja enamorada. No estaban ciegos, ni engañados, ambos eran adultos y con experiencia suficiente de la vida, porque estaban conscientes del momento que vivirían, por ello, casualmente el día del amor y la amistad coincidió con tan sublime decisión romántica. Ellos, celebrarían entregándose uno con el otro, el tan aclamado Día de los Enamorados.  

Solos, y con mucha paciencia uno, quizá no tanto, el otro, esperaron para consumar y llegar hasta lo más alto de la montaña, lo más profundo de su ser, hasta el cie lo mismo y alcanzar los sublimes momentos de frenesí, tantas veces interrumpidos por el plano psicológico de su relación, más no físico porque siempre humedecen sus más íntimos y hasta el momento secretos rincones de su humanidad.  

Antes de llegar al refugio, un discreto hotel en pleno llano del país que sirvió de escenario de su incomparable relación de amor, vieron deslumbrantes desfiles de carrozas, inclusive, el momento tan festivo de carnaval les cayó muy bien porque disminuyó la alta presión que llevaban. Asimismo, todo era un contagio de alegría que por un momento los distrajo, también sirvió de gran relajo emocional.  

Seguros de sus actos, se vieron, rieron y marcharon al sitio correspondiente, la habitación 213, fue la asignación para su encuentro que no sólo fue un compartir sexual, sino de compromiso de pareja, hoy mucho tiempo después sonríen a la vida por el importantísimo acuerdo que en sentimental convivencia ambos ese día sellaron, con el compromiso de cumplir que sería para toda la vida cuán obra misma de Romeo y Julieta.  

Por ello, cada año estando solos o en presencia de amigos y familia lo celebran como sublime fecha tan significativa, tan sólo comparable como Navidad o Año Nuevo. Ellos cada vez, sólo sonríen y entre risas y grandes emociones siguen llevando el compromiso ese día acordado que estarían juntos para toda la vida. 

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