Cerquita del río Caroní hay una granja de codornices y otras especies cárnicas. La joven al mando comenzó desde cero: Logró fabricar una incubadora artesanal, ahora quiere crear una escuela
ALEJANDRO SILVA GUEVARA
LA INVENTADERA / RNCC / FOTOS ABRAXAS IRIBARREN
A sus 33 años afirma que la cría de estas aves comenzó porque tuvo un sueño que concretó sacándole provecho a la casualidad. Trabajaba en un puesto en el que vendía café y periódicos, cuando leyó un aviso en el que alguien estaba vendiendo una “granja” (así también mientan a las incubadoras por esos lados de este país), así que decidió llamar al vendedor por simple curiosidad, porque sabía que no podía comprarla. El vendedor, que vivía en la vía El Pao, la sorprendió cuando envió por ella a su esposa para que pudiera ver el aparato industrial, así que aceptó. Ya frente al armatoste, detalló con mucha atención todos sus componentes, ávida de entender el funcionamiento del mismo y cómo podría hacer para poder tener una máquina de esas.
De su infancia recuerda que su mamá criaba gallinas ponedoras y de engorde, por lo que estaba familiarizada con esta actividad. En principio pensó seguir con la tradición materna, pero la cría de codornices comenzó a parecerle más atractiva y práctica, así que inició una búsqueda exhaustiva de información por internet para ver cómo se podía hacer una incubadora. Ya con suficiente información, arrancó con una prueba piloto con cartones, pero rápidamente se dio cuenta de que no funcionaba bien. En sus indagaciones por la redes sociales encontró un grupo dedicado a la difusión e intercambio de información específica sobre este tipo de cría; se unió y cuando el grupo se consolidó abrieron otro, vía WhatsApp, en el cual la aceptaron.
Allí terminó de enterarse de todo lo que necesitaba para hacer una maquinita de esas, por lo que volvió a intentarlo, esta vez con una nevera dañada que alguien iba a botar. Aplicó parte de la información que recopiló, por ejemplo que los termostatos son necesarios para poder mantener una temperatura que oscile entre 25 y 38 grados; el termostato apaga los bombillos que se encargan de mantener el calor en la incubadora cuando la temperatura alcanza el máximo de 38 grados, tomando en cuenta que el calor en Bolívar es muy agobiante durante el día.
Embarazada y en plena pandemia, Anyebrina no detuvo el impulso y se dedicó a terminar lo que empezó. Entre la información recabada, supo que necesitaba un hidrómetro, aparato que calcula el nivel de humedad, y que junto al termostato son los componentes principales en la construcción de una incubadora. Ambos los solicitó por internet y al llegar los instaló según lo que había aprendido: “Para mí fue una emoción demasiado grande cuando vi que la codornices tuvieron los primeros huevitos”, cuenta reviviendo el momento. Pero a pesar de este primer éxito, el cajón de la nevera resultaba ser muy grande, un poco infuncional para la tarea y extremadamente artesanal, comparado con lo que ella había visto y tenía en mente.
Decidió dar un otro paso al frente en la evolución de su proyecto. Un vecino se dedicaba a la construcción de cajones para cornetas, así que ella se le acercó y después de contarle lo que quería le pidió las especificaciones sobre cómo hacer un cajón del tamaño, más o menos, de una nevera ejecutiva y los planos para ella hacer su “granja” de madera. Ella sola, sin ayuda de nadie, armó su primera incubadora de cinco gavetas con sus bandejas, su termostato, su hidrómetro y sus bombillos, y con todo lo que se requiere para la cría de codornices. Se ha dedicado a la venta de huevos y de ponedoras, y ocasionalmente también a la cría de pollos y patos en menor escala, ya que estos requieren de las mismas condiciones para su reproducción.
EL TRABAJO DIARIO ES LA VÍA
Como parte de su proyecto ya cuenta con una nevera exhibidora que acondicionará para hacer otra granja de mayor tamaño y capacidad, tratando de que se parezca a la de iniciar esta actividad. Anyebrina cree firmemente en la reutilización de materiales, por lo que todo lo que construye, salvo los componentes electrónicos, lo hace con material reciclado. Cada cierto tiempo para la producción y deja descansar los componentes, y se dedica a asear correctamente la incubadora, debido a que está expuesta constantemente a la humedad.
La incubadora funciona con bombillo de 100 vatios, pero parte del funcionamiento de la granja se genera con corriente continua, que rebaja la potencia del bombillo a 20 y 35 vatios, que generan la temperatura ideal. Otro de los componentes necesarios es un ventilador que ella tomó de una nevera. Este se encarga de mantener la homogeneidad de la temperatura en toda la incubadora.
Hasta ahora, con su primera incubadora de madera, los huevos deben ser volteados a mano “como si se estuvieran barajando las piezas de un dominó”, dice. Parte de lo que quiere lograr con la que está armando es que el proceso de volteado de los huevos se haga de forma automática. La incubadora pequeña tiene una capacidad de 250 huevos de codorniz por cada bandeja, o sea, un total de 1.250 huevos de codorniz. Sin embargo ella promedia unos ochocientos huevos distribuidos en las cinco bandejas, compartidos con otros cien huevos de gallina.

Otras de las preocupaciones de Anyebrina es el tema de la luz, que si bien ha mejorado muchísimo, aún se va de vez en cuando. Cuando esto ocurre ella utiliza agua caliente para que el proceso no se detenga y evitar pérdidas en la producción, tomando en cuenta que la cría de codornices se maneja en un rango de 80% de nacimientos efectivos, mientras que los pollos se dan, por lo general, en un 100%.
UN OFICIO QUE SE EXPANDE EN VARIAS DIRECCIONES
Anyebrina ya ha construido otras incubadoras por encargo bajo las especificaciones de los solicitantes. Sin importar el tamaño de las mismas, la temperatura debe ser siempre la misma para lograr el éxito de las eclosiones de las crías. También ha atendido pedidos de codornices de hasta quinientos polluelos de hembras, a las que por cierto se les sabe el sexo después que nacen, lejos del mito que afirma que los ovíparos nacen machos o hembras según la temperatura en la que son empollados, lo que en el caso de gallinas, patos y codornices no es cierto.
En San Félix conoció a un granjero que le vendió dieciséis codornices con las que inició su producción, y luego fue hasta Barcelona para adquirir más aves. A pesar de que pueden pasar todo el día comiendo, lo correcto es que se alimenten dos veces al día. Otras de las ventajas de este tipo de actividad económica es que ocupan poco espacio, ya que pueden fácilmente desarrollarse en espacios bajo el concepto de los “gallineros artificiales”, en los cuales se pueden tener varios cientos de aves en pocos metros.
Anyebrina es una luchadora y ha levantado con su esfuerzo y constancia esta iniciativa que requiere de tiempo y cuidados muy específicos para prosperar. Ha solicitado créditos y apoyo económico que nunca se han concretado, lo que lejos de desanimarla la ha hecho seguir adelante sin perder la visión que no se queda en la mera producción: la formación y fomento de una granja ecológica, que pueda servir no solo para el aprovechamiento de la cría de varios animales para consumo, sino como una escuela en la que puedan acercarse niños, niñas y adolescentes a tener contacto directo con esta actividad. “Si no existiera el campo, estos trabajos que uno hace, no existiría comida en la ciudad, por eso es importante que los niños vengan. Yo quiero tener la mayor cantidad de animales, o sea, cochinos, cabras, patos, vacas y así, para concretar esa granja”.

