EDUARDO MARIÑO
RNCC / FOTO CORTESÍA
La frase, atribuida originalmente a Aristóteles y compilada luego por Erasmo de Rotterdam en Adagios, refleja la certeza de que para un animal de alto vuelo como este depredador ápex, es absurdo fijar su mirada en sabandijas o alimañas que nada significan para su “gloriosa” existencia.
En Venezuela se hizo famosa luego que el 13 de enero de 2012, el Comandante Chávez la usara para responderle a una atorrante diputada de Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo que le gritó “expropiar es robar” durante su mensaje anual a la nación. “Usted está fuera de ranking para debatir conmigo, diputada. Águila no caza mosca”, dijo Chávez como al acaso y siguió en su discurso unas tres o cuatro horas más.
Esa misma diputada, heredera de los asesinos de Tacoa, se autonombró líder única y pura de la oposición radical venezolana en 2022 y asumió una campaña electoral por mampuesto en 2024. Compró un desprestigiado premio en Noruega para hacerse más visible al mundo y capturar así el control de los ingentes recursos de la nación bloqueados y saqueados en el exterior, mientras se mantenía en una extraña e incoherente “clandestinidad” sin estar siendo perseguida por nadie.
Con su vago y poco coherente lema “hasta el final”, incitó a los Estados Unidos a obviar cualquier canal de diálogo, apelando a la supuesta presencia y control de Hezbolah, narcoterroristas y otras fuerzas del mal en Venezuela (de las cuales, por cierto, aún esperamos las pruebas), provocando de alguna manera la agresión más brutal y sanguinaria contra la nación en toda su existencia republicana.
Absorta en una especie de burbuja de Dunning-Kruger infinita y autoreplicante, creyó sus propias mentiras sobre la “fragilidad” del Gobierno Bolivariano y el “respaldo inequívoco” del 80% de las Fuerzas Armadas y la población. Sin embargo, tras la agresión del 3 de enero y el secuestro ilegal del Presidente Maduro, el Estado venezolano se mostró más firme y resuelto que nunca, a tal punto que esa fortaleza dio paso a un proceso de entendimiento inédito con Washington que ha logrado bajar las tensiones y normalizar un poco el ambiente de la región tras más de una década de asedio imperial.
Ese mismo día, las más altas autoridades norteamericanas, el presidente Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, descartaron que ella estaría involucrada en el nuevo escenario, y aunque la prensa pagada insistió en preguntar, la respuesta, una y otra vez, fue la misma de 14 años antes: “Carece de apoyo interno y capacidad de asumir la situación”, es decir, como dijo Chávez, está fuera de ranking, como dicen en el barrio, “no tiene con qué”.
Ante semejante desplante, hizo lo impensable y le llevó la comprada medalla al inquilino de la Casa Blanca, quien simplemente la sacó de la ostentosa montura en que se la entregó y la dejó como pisapapeles. Desde ahí no hubo más que desprecio, Trump solo volvió a nombrarla cuando los periodistas pagados le preguntaban por ella.
Luego, organizó un Panel de la Paz, con invitados diversos… y no invitó a la nobelísima de la paz, pero sin mencionarla, dijo que Noruega lo había “jodido”.
Y cuando sus borregos esperaban que la invitaría a su mensaje anual ante el Congreso, como había hecho con el despreciable Guaidó en 2020, Trump ni siquiera la mencionó en sus casi dos horas de discurso, y en cambio dijo que Venezuela era “un nuevo amigo y aliado”, que había cambios positivos en marcha y en perspectiva y cerró el tema presentando como invitado al opositor venezolano Enrique Márquez, crítico acérrimo de la postura radical e injerencista, a quien el gobierno norteamericano habría buscado en un vuelo particular a Caracas ese mismo día.
Es por lo menos sarcástico, que el emblema nacional de Estados Unidos sea el águila calva (haliaeetus leucocephalus), animal a quien sabandijas de esas características -repito- nada significan para su “gloriosa” existencia.

