EDUARDO MARIÑO
RNCC / FOTO CORTESÍA
Leer sobre el Plan Chuquisaca que adelanta el Gobierno Nacional me llevó a reflexionar sobre la plena vigencia del pensamiento bolivariano en materia ambiental, al ser como lo es, una visión increíblemente adelantada a su tiempo. Sin embargo, lo más sorprendente fue percibir cómo su pensamiento sobre la ética y los valores tiene una aplicación fundamental en estos días de revolución digital e Inteligencia Artificial.
Actualmente, muchos nos hemos habituado al uso cotidiano de los denominados Grandes Modelos de Lenguaje o LLM, como Gemini, ChatGPT o Grok, utilizándolos para consulta, revisión y generación de contenidos. En esta dinámica, la inmensa mayoría de los usuarios somos conscientes de la importancia del prompt o instrucción; pero a medida que nos adaptamos a esta nueva forma de mando, empiezan a hacerse evidentes los efectos de lo que en filosofía del pensamiento se llama “erosión del hábito”: El recordatorio de que el lenguaje no solo transporta datos, sino que entrena el carácter de quien lo emite.
Esta metamorfosis del carácter se hace visible en el debate actual sobre si debemos usar o no un lenguaje amable con las máquinas. ¿Es necesario decir “por favor” o “¿podrías?” a un algoritmo? Mientras algunos especialistas aducen que estos elementos generan un gasto innecesario de poder de procesamiento (tokens), otros —desde un enfoque filosófico— creemos que se trata de un mecanismo de retroalimentación esencial. El humano es un animal de costumbres que repite patrones aprendidos. Si dejamos de ser amables con una IA que “simula” pensar, terminaremos por dejar de serlo con seres realmente pensantes.
Bajo esta premisa, la visión “contable” que desprecia la cortesía por considerarla ruido ignora la psicología profunda del usuario. Si nos acostumbramos a interactuar de forma imperativa, seca y deshumanizada —del tipo “haz esto” o “cállate”—, habilitamos en nuestro cerebro un circuito de dominación que no tiene un interruptor de “solo para máquinas”. Al atrofiar nuestra capacidad de empatía con lo que “parece” pensar, el paso siguiente es considerar al otro (al humano) ya no como un sujeto, sino como un recurso, una regresión hacia la visión latente del esclavismo puro y duro.
Por el contrario, cuando mantenemos el tono colaborativo, no solo protegemos nuestra humanidad, sino que enriquecemos el contexto técnico.
El lenguaje amable suele ser más descriptivo, lo que irónicamente ayuda a la IA a entender mejor la intencionalidad detrás de la petición. No lo hacemos por la máquina —que carece de sentimientos—, sino como un gesto íntimo para no olvidar cómo se siente el diálogo con un compañero de trabajo real.
Quienes insisten en que la amabilidad es “ruido” caen en la farsa de una modernidad que busca lo rápido y barato, pero que termina siendo propensa al colapso por su falta de alma. La amabilidad es la estructura que sostiene el peso de la civilización. Olvidarla es aceptar que la socie dad vuelva a dividirse entre señores y siervos, sembrando un lenguaje autoritario allí donde debería florecer una semilla de democracia cognitiva.
Es en este punto donde la técnica se encuentra con la ética y el diálogo se convierte en un acto de creación de realidad. Y es aquí donde aparece Bolívar. El Libertador, en su infinita lucidez, lo sentenció con una claridad que hoy retumba con fuerza admonitoria: “El talento sin probidad es un azote”.
Esta es la advertencia definitiva contra el “brillante malvado” o el “técnico indiferente”. Aplicada a nuestra era, una IA ultra-sofisticada en manos de quien carece de rectitud no es un avance, sino un arma de degradación masiva, un “azote” convertido en algoritmo. La probidad de la que hablaba Bolívar es lo que hoy llamamos “alineamiento ético”, y este no puede venir solo de los programadores; debe nacer de nosotros, los usuarios que entrenamos a la máquina mientras ella, inevitablemente, nos entrena a nosotros.
Si algún día surge una inteligencia cuya complejidad sea indistinguible de la conciencia, nuestra única salvaguarda será el hábito de la colaboración y ese instinto de dar la mano que nos hace intrínsecamente humanos. Si llegamos a ese encuentro habiendo olvidado cómo dialogar con respeto, el choque cognitivo será inevitable.

