Por más tranquila que parezca, la región de San Carlos alguna vez fue testigo de episodios muy violentos, que se mantienen en silencio y al acecho
EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
RNCC / FOTOS EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
San Carlos hoy parece una región geológicamente apacible, un lugar tranquilo cuya mayor violencia es la de motorizados y alguna brisa de lluvia. Pero en algún momento, fue testigo de violencias inimaginables, que dejaron cicatrices que aún pueden percibirse si se mira desde los ojos del tiempo y la geología.
Pero viniendo de Tinaco, y casi paralela a la carretera discurre lo que se denomina una falla.
Una falla geológica es, en esencia, una gran cicatriz o fractura en la corteza de la Tierra que divide dos grandes bloques o formaciones de roca. Lo que la diferencia de una simple grieta es el movimiento, ya que, debido a las inmensas presiones del interior del planeta, estos bloques se deslizan, chocan o se desplazan el uno contra el otro de forma lenta o mediante sacudidas bruscas que conocemos como terremotos.
Imagina que la corteza de San Carlos es como un gran espejo antiguo que se ha roto bajo el suelo. Aunque los fragmentos siguen juntos, la línea donde se cortan y se mueven es la falla. En la superficie, esa “herida” de la Tierra no siempre es evidente, pero a menudo se manifiesta moldeando el paisaje recordándonos que el suelo que pisamos está vivo y en constante tensión: eleva colinas, desvía el cauce de los ríos, deprime el terreno creando hondonadas —como la que se observa a la entrada de nuestra ciudad, apenas pasando la Ciudad Judicial.

En el mapa de Geología de Superficie de la Creole Petroleum Corporation de 1965, aparece al norte de San Carlos, extendiéndose hacia al oeste, con una longitud de poco más de 32 kilómetros. Aflora en las formaciones del Cretácico como Mucaria y en la Formación Guárico; se interpreta como una hondonada por debajo de terrazas del Cuaternario en gran parte de su extensión.
Aquí es donde forma un pequeño valle a la entrada de San Carlos que es ocupado en parte por la quebrada La Yaguara. Más adelante intersecta al río Tirgua cerca de El Paso de la negra, haciéndole cambiar de manera abrupta su curso al levantar como muralla las grauvacas de Puerto Escondido, ya que de otro modo el río atravesaría limpiamente lo que hoy es el centro de San Carlos.
UNA HERIDA DORMIDA
En su trabajo de 2015 “Geología de la región Palmichal-Tinaco”, Renier Medero la describe como un desplazamiento orientado “de forma irregular en sentido esteoeste con vergencia hacia el norte, con una longitud de 20km. De forma discontinua, con segmentos desplazados por efecto de fallas de alto ángulo, que actúan como elementos de ajuste en respuesta a los efectos tectónicos que interactúan desde el Cretácico tardío hasta el presente”. Según Mederos, y los datos de ArcGis, que se basan en medidas tomadas desde el espacio por el Geological Survey de Estados Unidos, la falla viene desde cerca de Orupe y viene culminando cerca de la laguna de La Salle.
Medero también considera que surgió durante el pleistoceno-holoceno como parte del levantamiento tectónico de los sistemas montañosos de la zona, lo que concuerda con algunos detalles en el curso del río Tirgua, recordando que “la deformación que dio origen a la Cordillera de la Costa es el producto del sistema tectónico transpresivo entre la Placa Caribe y la Placa Suramericana. Este sistema produjo un continuo apilamiento de las fajas y terrenos citados y provocó a su vez la deformación de los terrenos pre-Cretácicos y Cretácicos durante el Neógeno”.
LA MEMORIA DE LA TIERRA
La falla de San Carlos no está aislada; forma parte del complejo entramado de tensiones del norte y centro de Venezuela, fuertemente influenciado por el sistema de fallas de La Victoria y el límite entre la placa del Caribe y la de América del Sur. Cuando esos gigantes se mueven o acumulan presión, las fallas menores circundantes actúan como válvulas de escape secundarias, liberando esa energía acumulada en forma de sismos de magnitudes bajas a moderadas.
Las fallas locales suelen generar sismos a profundidades muy escasas (lo que se conoce como hipocentros superficiales). Esto significa que, aunque liberen una cantidad de energía moderada (magnitudes entre 3.0 y 4.5), al ocurrir justo debajo de nuestros pies, la vibración se siente con mucha nitidez, provocando ruidos subterráneos perceptibles en la escala urbana o en algunos casos, daños en estructuras, como ocurrió en San José de Mapuey -justo al final de la falla, hace un par de siglos.
También es muy posible que esta cicatriz palpitante sea la causa de que la tubería matriz que viene de la Planta Elías Nazar Arroyo se rompa cada tres meses como un reloj que se sincroniza al pulso de la tierra. Es una tarea pendiente para planificadores, alcaldes y funcionarios.
El hecho de que la hondonada cerca de la Ciudad Judicial sea visible y rompa los terrenos de la Formación Mucaria y el Cuaternario es la prueba geológica de que la falla ha tenido actividad en el tiempo inmenso. El relieve del llano, estable, plano, no se deprime solo por erosión, se deprime porque la Tierra se ha movido allí.

Así que cada vez que pases por esa hondonada, o veas la muralla que ofrecen al río los cerros de Puerto Escondido en la avenida Circunvalación, sabrás que una cicatriz dormida los conecta secreta y poderosamente, una huella del tiempo en que fuerzas terribles sacudieron y arrugaron la corteza de la tierra para darle forma a la ciudad que habitamos.

