ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Ahora está un poco viejo y sentado en una funcional silla de ruedas, observando detenidamente como manipulando el pequeño botón que a duras penas contacta, pero que hace cambiar la luz, de fija a intermitente, o apaga, al nuevo aparatito y eso lo entretiene porque a sus ojos llega nuevamente la claridad de los recuerdos de su infancia que mantiene tan herméticamente guardados, como si fueran verdaderos secretos de estado de cualquier país del mundo, cuando su abuelo los reunía en el centro de la sala y haciendo un círculo con sus otros hermanos y hermanas alrededor de una vela, sin una llama muy flamante y con riesgo constante de apagarse porque la brisa que intrépida se colaba por el ventanal de madera de la vetusta casa colonial donde vivían, intentaba apagarla.
Entonces él les narraba:
“…Salíamos muy temprano, un camioncito nos recogía por los terrenos de la plaza Bolívar. Todos íbamos acurrucados en la parte de atrás en la platabanda, a esa hora de la madrugada el frío nos hacía temblar, y sólo pensábamos en llegar rápido a calentarnos por el trajín del trabajo. Estábamos construyendo una planta eléctrica que resolvería el grave problema del servicio en la comunidad”.
¿Pero no llevaban café o abrigos? Interrumpía Valentina la nieta más pequeña. ¡No! Respondía el abuelo.
-Porque sabíamos que más tarde, aunque trabajaríamos en la ribera del no tan apacible río Pao, el sol inclemente de la zona, nos obligaba a trabajar en guardacamisa y muchos hasta sin ellas.
¡Y seguía relatando el abuelo!
“…mientras los ingenieros leían y seguían las instrucciones que estaban en los planos, nosotros los obreros acatábamos las órdenes. Día a día avanzamos en ese proyecto en el que se cifraban tantas esperanzas para la población” -¡Abuelo, abuelo! ¿Cuéntanos del río? Insistía Valentina.
“El río Pao no nace en el estado Cojedes, sino en el sur de la ciudad de Valencia, en el estado Carabobo. Se forma específicamente por la confluencia de los ríos San Luis y Tocuyito, desde donde recorre unos 275 kilómetros hasta desembocar en el río Portuguesa”
¡Valentina enmudeció!
Por su corta edad no entendía, pero él si, se interesaba porque le gustaban las clases de geografía.
¡Y continuaba su relato!
-A veces, en la hora del descanso después de almorzar algunos aprovechábamos de echarnos un chapuzón en el río. -precisaba el abuelo- Eso sí, sin alharacas, ni bochinches, los jefes de Valencia eran muy estrictos con la disciplina, generalmente eran los días viernes para ir a retirar la paga con una mejor presentación, no tan sudados.
Asimismo, tiempo después finalizaron la obra, y la población disfrutó los servicios de electricidad y se acabaron las lámparas de gasolina, mechurrios, velas y crecieron muy rápidamente, prósperos negocios comerciales, como en la antigua colonia cuando el río era navegable.
Posteriormente, con una nueva conexión más moderna que venía de Planta Centro, comenzaron a iluminarse mediante largos tendidos de cables, aledaños caseríos como La Guama, Zambrano, Gamelotal, Sabana Afuera. Sin embargo, las capacidades de ambas plantas eléctricas para la zona, fueron superadas muy pronto por la demanda y siempre a las primeras horas de la noche, cuando la máxima carga llegaba. ¡Zuás! Se apagaba.
En esa parte el abuelo hacia énfasis y muy fuerte decía: ¡Se le fue la luz al Pao! Tal cómo exclamaba la gente de la época. Allí todos los hermanos saltaban y gritaban de alegría. Era el fin del cuento y hora de dormir, y asi ajiladitos todos iban a la cama.
En ese preciso momento, por las mejillas del abuelo que se mantiene con vida en su silla, rodaron pequeñas lágrimas, no eran de dolor, sino de nostalgia de la vida en la que se encontraba, pero igual de alegría por recordar a sus hermanos que ya no están.
Igualmente, siguió manipulando el botón del bombillo recargable, cambiando a cada momento sus funciones, hasta que se descargó y se convirtió de nuevo en un elemento Rojo y en un inútil aparatito, porque el no sabía cómo se realizaba esa difícil operación de carga.

