OSCAR LLOREDA OLIVEROS
RNCC / FOTO CORTESÍA

Con mucha frecuencia se invoca la noción de sincretismo como una categoría pacificadora capaz de explicar las complejas dinámicas de nuestra cultura. Ese uso no es para nada inocente. El término sobrevivió a la independencia política porque el orden colonial lo diseñó con el objetivo de seguir administrando en el campo de las ideas lo que ya no podía someter por las armas. Se le cita en espacios académicos y comunitarios para simular un encuentro armónico entre tradiciones disímiles, pero esta noción resulta insuficiente, pues opera bajo una lógica de adición que neutraliza la violencia constitutiva de la colonia y clausura el potencial político de sus expresiones. Al examinar críticamente este concepto, se revelan al menos tres dimensiones en las que su capacidad explicativa se muestra ajena a nuestra experiencia histórica y cultural.

El primer límite es de carácter epistémico. El sincretismo describe el resultado visible de un proceso y confunde esa descripción superficial con la explicación de su dinámica profunda. Rastrear en el galerón las huellas de la décima espinela española o en la percusión los componentes africanos no es explicar lo que ocurrió, sino trazar un inventario desde la perspectiva del observador externo que busca reconocer lo familiar. Este procedimiento atenta contra la opacidad como derecho ontológico tal como lo plantea Édouard Glissant, pues convierte en un dato administrable lo que tenía potencia política precisamente por exceder cualquier clasificación previa. El jazz no nació como la suma pacífica entre tradiciones africanas y música europea, sino como una figura que ninguna teoría preexistente podía predecir. Por eso el sincretismo impone la etiqueta de la mezcla: para codificar lo que se le escapa y ejercer la dominación bajo la apariencia de una pacífica integración.

El segundo problema es político. El sincretismo neutraliza el conflicto al simular una armonía entre las fuentes. Las formas culturales del Caribe no emergieron de un diálogo simétrico, sino de la violencia colonial, de la esclavización de los cuerpos y del intento sistemático de destrucción de las lenguas. Al decretar que una práctica simplemente combina elementos, se borra la asimetría de poder originaria. Existe una distancia insalvable entre mezclar y cimarronar. Mientras en la mezcla se asume una paridad ficticia, en el cimarronaje la herramienta del dominador es capturada y forzada a responder a las necesidades del dominado. La décima espinela cimarronada no es una estructura europea aderezada con elementos locales; es la métrica colonial obligada a decir lo que nunca debió decir, circulando desde adentro para mantener la forma externa mientras subvierte por completo su función.

El tercer conflicto radica en la diferencia entre la síntesis y la coexistencia conflictiva. El sincretismo opera con una ansiedad integradora que necesita producir un resultado armónico, pero las prácticas de resistencia demuestran que la síntesis no es la única ni la más potente forma de relación.

Lo ch’ixi aymara mantiene los colores diferenciados sin fundirlos; vistos de cerca se distinguen y de lejos parecen uno, pero jamás se anulan. Cuando la lengua palenquera coexiste con el español de un Estado que la folkloriza como patrimonio para eludir escucharla como argumento, no se genera un tercero estable sino una fricción permanente que se niega a resolverse. Mientras el sincretismo tiene prisa por decretar un resultado pacificado, el pensamiento crítico se demora en el conflicto, reconociéndolo como una condición duradera y no como un estado provisional hacia una futura reconciliación.

En la experiencia del Caribe, la relación cultural no se deja calcular de antemano. El sincretismo bloquea la imprevisibilidad porque asume que toda manifestación es apenas una combinación de ingredientes ya conocidos, anulando la posibilidad de que nazca algo verdaderamente nuevo. Lo que esta noción no alcanza a nombrar es el excedente, ese resultado que trasciende los componentes originales y que el orden dominante no puede absorber sin verse obligado a transformarse. Desde Cubagua, esa grieta lleva cinco siglos desbordando al poder colonial…mientras tanto esa potencia viva, rebelde y cimarrona sigue floreciendo en nuestros territorios.

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