ALFREDO CLEMENTE
RNCC
Análisis de una mentira: cómo tejió la araña. Así se titula el video transmitido por el Ejecutivo Nacional el pasado domingo 9 de agosto, tras la coyuntura del doble terremoto del 24 de junio de 2026.
En este material audiovisual se evidencian las acciones coordinadas de sectores retrógrados contra el Gobierno y la población. Lo denunciado en dicho documental no es un hecho aislado ni una simple distorsión informativa: responde a la categoría de terrorismo mediático.
Entendido como “el protocolo o acción previamente diseñada en la que se utilizan los medios de comunicación nacionales e internacionales (prensa, radio, televisión, cine, Internet, redes sociales, celulares, vallas, etc.) para crear atmósferas -y/o sembrar- miedo, odio y terror en la población con el propósito de desestabilizar y/o derrocar gobiernos, destruir su economía, provocar confrontaciones violentas entre la población, guerras civiles, etc”.
El contenido de esta categoría conceptual se construyó en 2013 a partir de la praxis y la realidad venezolana, perfilándose como un concepto dinámico y abierto, capaz de anticipar los cambios frecuentes de las tecnologías.
Quedaba claro que las operaciones psicológicas y la finalidad política permanecen inalterables: lo que define al fenómeno no es la herramienta utilizada, sino la estructura de la agresión.
El concepto no se limita a señalar noticias falsas o el sesgo periodístico habitual. Para que una acción encaje en esta categoría, se exige la concurrencia obligatoria de tres requisitos: una intencionalidad planificada mediante un protocolo previo, la inducción deliberada de terror para alterar el estado psicológico colectivo y un objetivo de máxima gravedad, ejemplo: derrocar gobiernos, etc.
Si no se cumplen simultáneamente el mecanismo de terror y la finalidad agresiva, no existe terrorismo mediático. Esta delimitación evita confusiones con la línea editorial crítica y demuestra que la denuncia no constituye censura ni coacción a los medios.
El concepto mantiene su vigencia porque se centra en la estructura del ataque y no en su apariencia.
Ante la emergencia sísmica de 2026, la agresión no buscó informar, sino saturar el ecosistema mediático para generar terror e indefensión; la tecnología avanza, pero el mecanismo psicológico de fondo sigue respondiendo a la misma matriz descrita en 2013.

