ÉDISSON HILOS
RNCC / FOTO CORTESÍA
Dos personas peleando en la calle pueden parecer igual de violentas. Pero si una quiere exterminar, y la otra sólo intenta defenderse, no son lo mismo.
Aunque griten, golpeen o sangren, no son equivalentes. No moralmente, no políticamente, no históricamente. Israel impuso la violencia hace décadas. La sistematizó. La convirtió en política de Estado. Lo hizo contra los palestinos, día tras día, año tras año, con bombas, masacres, bloqueos, torturas, demoliciones, apartheid.
Fue su lenguaje para con la región. Ahora, cuando Irán decide responder — no con declaraciones, sino enfrentándolo militarmente después de años de provocaciones y un ataque preventivo que Israel lanzó “porque sí”, sin que nadie lo tocara—, resulta que los medios occidentales descubren el drama humano.
Resulta que ahora sí importan las sirenas, los niños llorando, las familias escondidas. Ahora sí hay lágrimas, columnas de opinión, declaraciones solemnes.
Pero cuando el sufrimiento era palestino, cuando Gaza era masacrada en vivo, cuando miles morían sin agua ni electricidad, eso sí no fue el colapso moral, no fue duelo. Fue “respuesta legítima”, fue “derecho a defenderse”.
Lo irónico es que el dolor que hoy dicesentir Israel no es ni una sombra del que causó. Es una milésima. Una muestra gratuita. Un 0,00000001% del infierno que construyó para otros.
Pero claro, cuando el verdugo se corta con su propio cuchillo, se convierte en víctima. Y los noticieros lo amplifican.
La verdad incómoda es que no hay forma de parar a un régimen genocida sin enfrentarlo con violencia.
En “Los condenados de la tierra”, de 1961, Franz Fanon lo dijo sin rodeos: el colonialismo es violencia en estado puro, y solo retrocede ante una violencia mayor, debido a que el colonialismo no es simplemente una dominación política o económica, sino una estructura que deshumaniza al colonizado, lo reduce a objeto, lo animaliza. Esa violencia no es un exceso, sino la esencia misma del sistema colonial: se impone por la fuerza, se mantiene por la fuerza y solo puede ser desmantelado mediante una contra-violencia liberadora.
Nadie detuvo al nazismo con palabras.
La Unión Soviética lo aplastó, y sí, murieron civiles alemanes, familias enteras. ¿Trágico? Claro. ¿Evitable? No, imposible.
La verdad es que fueron víctimas del propio monstruo nazi que eligieron alimentar.
Hoy ocurre lo mismo. Israel no puede seguir provocando, matando, ocupando, y esperar inmunidad eterna. Si responde el otro, no es terrorismo: Es la consecuencia lógica.
La modernidad capitalista nos vendió la idea de que estamos en una civilización. Pero basta mirar con atención: No hay civilización, hay una barbarie perfeccionada.
Más hipócrita, más mediática. Una barbarie que se escandaliza solo cuando le pisan los pies, pero nunca cuando los usa para aplastar

