EDUARDO MARIÑO
RNCC / FOTO CORTESÍA

Si algo he aprendido con los años es que el ejercicio de cualquier forma de arte es una necesidad vital para todo ser humano en algún momento de su vida. Aún la gente más alejada de todo hecho creativo, siente la necesidad de escribir unas palabras o dibujar un garabato en la arena, que luego borrará.

La expresión humana es algo que habita como una llama latente en cada persona, incluso en las que reniegan de ello. Lo he visto a lo largo de los años y luego, en el atardecer de sus días, resultan ser grandes escritores, músicos o pintores, soltando en pocos, fugaces años, todo lo reprimido en una vida intentando negarse a sí mismos.

Por eso le insisto a mis amigos, especialmente a mis amigos periodistas, mis compañeros de trabajo. A mis amigos poetas y a mis amigos artistas plásticos: Hay que crear, constante y compulsivamente. Y a algunos más recalcitrantes les pongo la parábola bíblica de los talentos, que fueron otorgados al arbitrio divino y no para estar escondidos bajo tierra, sino para fructificar y dar provecho, a nosotros y a los demás.

En estos días, en una conversación con el maestro Armando José Sequera, Premio nacional de Literatura, hablábamos de la imposibilidad de dejar de escribir, y para él, se había convertido o traducido en 105 títulos… al mejor estilo de Asimov, ha escrito de todo: Literatura adulta e infantil, historia, crónica, divulgación científica y filosófica. Yo con mis 12 o 13 libros a cuestas me sentí tan perezoso, pero a la vez, contento de dialogar con alguien que haya tomado en serio la parábola y multiplicado sus talentos.

Pero como todo, el arte exige disciplina. Dice mi dilecto amigo, el maestro Amílcar Alejo, hay que trabajarla todos los días. “Si te llega la inspiración, que te consiga frente al lienzo con el pincel en la mano”, dice Amílcar. Y es la actitud correcta.

No esperar a que algo surja para sentarse a escribir, a pintar, a crear. Hay que crear y creando, algo va surgiendo y va fluyendo. Lo que no se ejercita, lamentablemente no crece, al contrario, muere, se marchita, a veces dolorosamente.

Mi compañero de página de esta columna ocasional, Argimiro Meléndez, es un ejemplo concreto de la disciplina y la importancia de la escritura. Poner en testimonio aquello que nos mueve, nos rodea y nos impulsa es una de las actividades que la humanidad ha visto como sagrada desde que nuestros ancestros tallaban meticulosos dibujos en piedra.

Tal vez ya no podemos descifrar con exactitud lo que nos querían decir, pero un mensaje claro trasciende las eras y nos sigue diciendo: Estoy aquí, estuve aquí.

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