EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
RNCC / FOTOS CORTESÍA

Durante la época de mayor esplendor del Imperio, los romanos construyeron una red de caminos que conectaba todos los territorios que dominaban, desde Britannia hasta el norte de África y Mesopotamia. Se dice que llegaron a construir más de 400 mil kilómetros de calzadas, muchas de las cuales, sorprendentemente, siguen en uso.

Esta red de carreteras era tan vasta y bien organizada que, sin importar desde dónde se partiera dentro del imperio, era casi inevitable que, al seguir una dirección principal, se terminara llegando a la capital, Roma. De ahí el perdurable adagio, “todos los caminos conducen a Roma”.

Sin ir tan lejos, en el tiempo y el espacio, cuando los españoles llegaron a América quedaron tan impresionados con el sistema de caminos construidos por los Incas que los compararon directamente con las calzadas romanas. Esta red monumental, conocida como el Qhapaq Ñan o “Camino del Rey”, superaba los 30 mil kilómetros y, según algunas estimaciones, podría haber alcanzado hasta 60 mil kilómetros de calza-das, levantadas a pulso con roca labrada entre las imponentes cumbres andinas.

Esto nos demuestra la vital importancia que reviste la vialidad en una entidad territorial determinada, para el progreso y cohesión de sus propósitos. Es imposible concebir una visión de desarrollo integral en-tre territorios aislados, del mismo modo que son impracticables el comercio, el turismo y las políticas de bienestar en general. La vialidad es un eslabón fundamental en la cadena de avances que conllevan al progreso de un territorio y al buen vivir de su gente.

En Cojedes, hemos tenido verdadera-mente muy mala suerte para que los gobernantes entiendan este principio.

Para nuestros mandatarios locales siempre ha sido prioridad traer al cantante de vallenato del momento a sus fastuosos carnavales, aunque la carretera por donde de-ban traerlo esté plagada de huecos, fallas de borde, o sea, como lo fue en su momento la fatídica Troncal 005, poco menos que una guillotina plagada de cruces.

Porque muchos no recuerdan que no sería hasta la llegada del Comandante Chávez que se completó el tramo de la autopista José Antonio Páez que nos une al resto del llano y el occidente del país. Si no, seguiríamos viendo la proliferación de cruces en las temidas curvas de La Guabina o La Leona. Con la única diferencia que hace 30 años, el mismo que hoy gobierna Cojedes las mantenía limpiecitas para que las cruces resaltaran entre el follaje, pero sin impulsar un cambio de paradigma al respecto.

Recuerdo que a un gobierno chavista que algunos tachan de “innovador” se le ocurrió la magistral idea de poner unas vallas con un vehículo aparatosamente chocado y el mensaje “Curva arrecha – Se mata la gen-te por imprudente”, las cuales, paradójica-mente, podían tener un efecto distractor y causar aún más accidentes.

Blancos, verdes, azules o rojos, nuestros gobiernos regionales han descuidado por entero la vialidad urbana y rural del estado.

Año tras año, los productores agrícolas manifiestan las mismas quejas a la llegada del invierno, cuando las precarias trochas que el gobernador y los alcaldes llaman vías rurales y que patrolean de vez en cuando para justificar el gasoil que desvían a sus propias parcelas o las de sus panas, desaparecen en un mar de barro.

Año tras año se gastan ingentes sumas de propaganda en “anunciar” la rehabilitación de carreteras vitales para el turismo y la producción, y, sin embargo, año tras año, se siguen desmoronando y licuando en barro ante la mirada impasible de los gobernantes locales.

En los ’90, el actual gobernador prometió dejar la carretera a Mapurite y Mampostal “como una vía de lujo”, para impulsar la producción agrícola. Pregúntale si cumplió.

A principios de su primer mandato, el ac-tual alcalde de San Carlos dijo que la carre-tera a La Sierra era una prioridad para im-pulsar el turismo y la producción agrícola en la zona.

“Vamos a recuperar la vialidad y apoyare-mos a nuestros productores agrícolas junto con el gobernador Alberto Galíndez”, pro-metió Mireles, alegremente, en 2021. Y ale-gremente, volvieron a prometerlo este año. Ahí está la foto, del 28 de marzo por cierto, para el recuerdo y para dentro de cuatro años cuando la vuelva a prometer.

Aunque el Gobierno Nacional viene implementando programas como el Plan Nacional de Atención Integral a la Vialidad, con la meta de rehabilitar más de 160 kilómetros de vías, esto se ha concentrado obviamente en las vías nacionales, que son el ámbito de su responsabilidad. Lo que deja los tramos internos en las indolentes ma-nos del gobernador y los alcaldes, que eso si, se afanan las manos para pedir el control de los peajes, en esas mismas carreteras desmoronadas.

En la reciente campaña electoral surgió a la luz pública que durante la “gestión” de Laura Guerra -tutelada por el gobernador Alberto Galíndez tras el arresto por desacato del alcalde de Tinaquillo- se aprobaron unos 60 mil dólares para la reparación de la carretera a Vallecito. Nunca se ejecutó la obra, pero el dinero se gastó. La denuncia la hizo el último “alcalde encargado” de ese municipio, Moisés Pinto, seguramente más triste porque no tuvo acceso a los 60 mil dólares en su fugaz gobierno que por la carretera en sí misma. Ahí está la foto también, de hace pocos días.

Mientras la infraestructura básica de Cojedes no sea atendida con la seriedad que se amerita, es imposible hablar de progreso. Un estado no avanza con vallas, pintura o carnavales. Hacen falta carreteras, infraestructura eléctrica, cloacas y agua potable. Galíndez en 30 años solo ha aprendido a hacer mejores vallas, y junto a sus discípulos, a vociferar por radio las bondades de su gobierno. Dice ser “el papá”, pero es más bien el padrastro irresponsable que pone vallenato a todo volumen en unas cornetas de lujo, pero cuando llueve, se le moja el rancho.

El pasado domingo, el pueblo de Cojedes, en democracia, eligió un camino que ya ha demostrado que no conduce a ninguna par-te. Quizás porque no le ofrecimos uno me-jor, lo que debe hacernos reflexionar para que en cuatro años no estemos como Mireles, ofreciendo una y otra vez, la misma carretera inservible.

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