SERGIO RODRÍGUEZ GELFENSTEINRNCC / FOTO CORTESÍA
El Gobierno de Venezuela y el de Estados Unidos han logrado estabilizar una línea de comunicación permanente. Ello se debe más a definiciones de orden interno en Es-tados Unidos que a un mejoramiento real de los vínculos entre los dos países. Final-mente, en Estados Unidos se está impo-niendo la pragmática propuesta MAGA (Make American Great Again) frente a la ideológica de los neoconservadores lidera-dos por Marco Rubio.
La situación internacional y la acepta-ción de que China es el enemigo principal de Washington han ido ganando espacios en la cúpula del poder estadounidense, lle-vando a una buena parte del liderazgo de la administración a entender esta situación, obligando a los neoconservadores y a Mar-co Rubio a ceder.
Su política de máxima presión (que en Venezuela hoy solo sostiene el grupo de María Corina Machado) ha fracasado. La producción y exportación de petróleo se ha estabilizado e incluso ha crecido un poco por encima del millón de barriles diarios. En gran medida eso ha sido posible gracias al apoyo de China, que parece asumir una posición más activa en cuanto a sus víncu-los económicos y comerciales con Venezue-la, elevando las compras de petróleo y lle-nando el vacío que había dejado la suspen-sión de las licencias especiales otorgadas a Chevron para operar en Venezuela, a pesar de las sanciones. Mientras la política esta-dounidense orientada al derrocamiento del presidente Nicolás Maduro sigue naufra-gando en Venezuela, la mirada estratégica del presidente Xi Jinping se terminó impo-niendo al cortoplacismo y al mero interés de lucro de los empresarios chinos.
En este contexto, la liberación de 252 migrantes venezolanos que fueron detenidos en Estados Unidos y enviados a una cárcel en El Salvador ha sido expresión pública de un aparente mejoramiento de las relaciones. En realidad lo que ha ocurrido es un mejoramiento de la comunicación. Si no fuera así, no tendría por qué seguirse vincu-lando al Gobierno de Venezuela con la delincuencia organizada y el narcotráfico, que siguen presentes en la mirada y en la retórica política del Departamento de Esta-do.Junto a lo anterior, también han regresa-do niños que habían sido secuestrados en Estados Unidos y separados de sus padres, aunque aún hay 33 de ellos retenidos ilegal-mente por Washington. No se descarta que Marco Rubio, en su aberrante obsesión por derrocar al Gobierno de Venezuela, los quiera utilizar como moneda de cambio en favor de alguna de sus habituales fechorías. En este contexto, las licencias especiales a Chevron fueron restablecidas y la empresa volverá a operar en Venezuela, aunque no está autorizada a pagar en efectivo al país.
A cambio, Venezuela tuvo que pagar un alto precio: debió liberar a 10 terroristas es-tadounidenses presos en el país y a una can-tidad alta de terroristas venezolanos mili-tantes de los partidos de la oposición radi-cal que habían cometido delitos sanciona-dos en el marco de la Constitución y las le-yes. El propio Marco Rubio reconoció que no había razones para tener a los migrantes venezolanos presos en Estados Unidos y que solo eran rehenes para buscar inter-cambiarlos con sus compatriotas. Incluso, se ha sabido que uno de ellos es un asesino confeso que ya fue juzgado en España.
Finalmente, la política conducida por el enviado especial, Richard Grenell, se ha im-puesto a la posición extremista de Marco Rubio. El interlocutor del Gobierno de Ve-nezuela ha estado en comunicación perma-nente con él. La posición de Grenell es que Venezuela no ha tenido una actitud agresi-va contra Estados Unidos y que finalmente —en el marco de una visión de absoluto pragmatismo— ha asegurado que Vene-zuela jamás se ha negado a vender petróleo a Estados Unidos, lo cual es totalmente cier-to.
Tampoco se ha negado a repatriar a los migrantes, incluso utilizando aviones vene-zolanos para irlos a buscar, liberando a Washington de pagar por esas operaciones que a estas alturas son casi diarias y que han traído un número cuantitativamente pequeño de connacionales de regreso al país, pero que ha tenido un enorme impac-to mediático, emocional y simbólico como expresión de la voluntad del Gobierno de encarar esta situación que tuvo su origen en la designación de Venezuela, por parte de Washington, de ser una amenaza a la se-guridad nacional de Estados Unidos, con las consecuentes repercusiones que ello ha te-nido por más de diez años.
Por otro lado, se han puesto en evidencia las mentiras de Rubio. Dijo que la “libera-ción” de dirigentes terroristas asilados en la embajada de Argentina en Caracas había si-do una operación de fuerzas especiales de Estados Unidos, cuando en realidad fue producto de una negociación con Grenell. Ahora, ha dicho que él presionó a Maduro para liberar a los estadounidenses presos cuando en realidad también fue obra de otro acuerdo con el enviado especial de Trump. Con ello también se ha debilitado y desacreditado aun más la posición de María Corina Machado, principal aliada de Rubio en Venezuela.
En este momento, en la lógica de Trump, Venezuela ha dejado de ser un problema y se está abocando a los que sí lo son (según su lógica) y por diferentes razones: México y Colombia por el narcotráfico y el envío de drogas a Estados Unidos y Brasil porque al ser una potencia industrial compite con las empresas estadounidenses.
Cuando las circunstancias obligaron a Trump a entregarles el Departamento de Estado a los neoconservadores y tuvo que nombrar a Rubio contra su voluntad en ese cargo, lo contrarrestó con el nombramien-to de 24 enviados especiales que no respon-den a Rubio sino a él. Con estos enviados, que atienden los aspectos más importantes y estratégicos, Trump maneja lo sustancial de la política exterior de Estados Unidos. De hecho, ante la pérdida de protagonismo del Departamento de Estado, Rubio se vio obli-gado a reducir su plantilla, dejando fuera a centenares de diplomáticos de carrera y otros funcionarios.
Acambio, Trump le entregó a Rubio el manejo de la política hacia América Latina y el Caribe que no revisten mayor interés para Trump y que en realidad está siendo manejada por el Pentágono a través del Co-mando Sur de las Fuerzas Armadas. En esa medida, la región está recibiendo el impac-to más fuerte del odio de quien Trump lla-mó “el pequeño Marco”. En el caso de Vene-zuela, por ser un país petrolero, la agenda bilateral rebasa sus posibilidades, por lo que cada vez más se va traspasando a Trump el poder de decisión por intermedio de Grenell.
En respuesta a los avances en la comunicación entre Venezuela y Estados Unidos, y ante la desesperación de Rubio y su pérdida de protagonismo, el Departamento de Esta-do, a través de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental, declaró que el Cartel de los Soles, una creación artificial de Esta-dos Unidos supuestamente conformada por altas autoridades de Venezuela, era una organización terrorista. A continuación, sindicó al presidente Maduro como jefe de ese engendro, acusándolo sin fundamento alguno de tener vínculos con el Tren de Ara-gua, otra organización delictiva destruida en Venezuela por la acción decidida del Gobierno, pero que Washington mantiene vi-va con su retórica a fin de argumentar a favor de su política hacia Venezuela.
Asimismo, y para darle ámbito internacional a la idea, el Departamento de Estado ha agregado a una facción del Cartel de Sinaloa, acusada de ser una de las principales organizaciones que introduce droga en Estados Unidos, como parte del imaginado triunvirato de poder mafioso que solo existe en la mente afiebrada y perversa de la extrema derecha terrorista de Estados Unidos La aceptación de esta aberración solo responde a las necesidades de Trump de man-tener los equilibrios y sostener unidos a los contradictorios grupos que se han reunido, “pegados con chicle”, en su administración.

