Modelos democráticos hay muchos, y el democrático liberal es hoy tan cruel y productor
de exclusión y desesperanza como tal vez ningún otro sistema
MARCELO BRIGNONIMISIÓN VERDAD / RNCC / FOTOS CORTESÍA
La ideología dominante de este tiempo niega que exista relación alguna o causa-lidad entre el desastre social de exclu-sión, violencia y muerte y las limitacio-nes intrínsecas de la democracia liberal occidental, en estado de decrepitud polí-tica e histórica explícita.
La necesidad imperiosa de despolitizar a las mayorías populares para poder ejer-cer un dominio definitivo desde las mino-rías beneficiarias de esta concentración inédita de poder y dinero en pocas ma-nos, ha tenido y tiene en el “progresismo liberal” un aliado de peso, aun involunta-riamente o no tanto, como validador, por su propio fracaso, de que este sistema en su estado actual solo produce desilusión y desesperanza.
El presente social y político refuerza el impulso del capitalismo triunfante para consolidar la individualización y la ato-mización de las sociedades, lo que las transforma en un “mercado enormemen-te lucrativo” para que las propuestas de ultraderecha post pandemia, tengan un terreno fértil para desarrollar sus estrate-gias.Si con la democracia no se cura, no se come ni se educa, lo que en realidad está en debate es la ontología del propio siste-ma democrático liberal y no quiénes son sus eventuales administradores tempora-rios o por qué llegan a esos lugares. Ese debate, tal vez el más real, es el que muy pocos se animan a dar.L
A DEMOCRACIA UNIDIMENSIONAL
Siempre es arbitrario fijar el supuesto ini-cio de una etapa, pero en aras de admitir esa subjetividad, habría que situarnos en la estafa financiera del 2008, mal llamada crisis financiera, para buscar el inicio de la traición de los “demócratas de Occi-dente” a su discurso de igualdad ante la ley. Miles de millones de dólares de los impuestos de los más débiles puestos al servicio de banqueros estafadores, de los que ninguno fue encarcelado, por deci-sión de gobiernos que decían representar algo muy distinto a eso que hacían y que solo tenían una dimensión: la del someti-miento al poder económico global.
El entonces presidente de Estados Uni-dos, Barack Obama, en su discurso ante la Sesión Conjunta del Congreso de su país, el martes 24 de febrero de 2009, diría: “Sabiendo que no estaban a su alcance, las personas compraron casas de bancos y prestamistas y mientras tanto se pospu-sieron debates cruciales y decisiones difí-ciles hasta otro momento. Ha llegado el día del ajuste de cuentas, y éste es el mo-mento de actuar de forma audaz y sensa-ta, no sólo para reactivar esta economía, sino para sentar nuevas bases para una prosperidad perdurable”
Ninguna responsabilidad de bancos y prestamistas aparece mencionada. La pri-mera medida de Obama fue la aproba-ción de un rescate de 800.000 millones de dólares para los bancos a tan sólo 30 días de asumir el Poder Ejecutivo. Luego ven-drían el Plan de Estabilidad Financiera y el Stress Test and Capital Assistance Pro-gram (CAP), para “recobrar la confianza en los bancos”, estabilizar el sistema fi-nanciero y blindar a los estafadores, a quienes les daría otro billón de dólares extra, a cuatro meses del inicio de su gestión.
De aquel daño a la credibilidad, de aquella “hipocresía democrática” de prio-rizar bancos y estafadores por sobre vul-nerables y estafados, este avance perma-nente de la ultraderecha que hizo que su ascenso resultara tristemente lógico.
LA IRRUPCIÓN DE LA Ultraderecha
Mientras las condiciones de bienestar de las mayorías populares se desplomaban en todo Occidente, la reacción de la pro-gresía dominante de aquellos días ante su propia debacle fue escudarse en algo cada vez más escuchado en múltiples latitu-des: “el pueblo no sabe votar”.
Ganarían Milei en Argentina y Trump en Estados Unidos, apoyados por gente “inculta de baja educación”, la “white trash” de Nancy Isenberg en Estados Uni-dos, los “negros de mierda” en Argentina. La misma lógica global que aplica la “reli-gión democrática” a todos aquellos “in-fieles y blasfemos” que solo merecen la cancelación y no están capacitados para la democracia. Autocrítica de su propia traición a los vulnerables que decían re-presentar, ni una palabra.
La propia mirada maniquea sobre el bien y el mal que los ubica como fiscales y jueces de ese “incomprensible” compor-tamiento electoral en distintas latitudes. La tan elogiada democracia liberal ha quedado reducida a opciones de derecha y ultraderecha, pero siempre sometidas al control del capitalismo salvaje.
El discurso contra “la casta”, aunque sea hipócrita y falso, funciona en muchas latitudes porque la casta existe como tal y porque la frustración de la gente de a pie necesita culpables ante la ausencia total de autocrítica y la falta de soluciones rea-les que pueda ofrecer la sensibilidad de las “fuerzas políticas democráticas”.
La desorientación, mientras tanto, avanza y campea por todos los rincones de Occidente al punto de condenar el fra-caso progresista, pero al mismo tiempo escuchar estupideces como que Trump representa un “gobierno popular” elogia-ble y su vice J.D. Vance, su delfín e hipoté-tico candidato presidencial, es quien vie-ne a restaurar el igualitarismo social en Estados Unidos.
Y AHORA QUE
El exito de la globalización capitalista es total en Occidente. Las empresas son más importantes que los países, los bancos son más importantes que las monedas nacionales y este modelo supuestamente democrático, con la custodia pretoriana de jueces y militares ha venido acompa-ñado de una insólita limitación a la liber-tad de pensar. Quien se atreva a no some-terse al dogma religioso de la división de poderes y la libertad de mercado, mos-trando el efecto nocivo de este modelo vi-venciado en la inseguridad en barrios po-pulares, en la inflación deteriorando los salarios, en el exceso de esencialización de las minorías, será “cancelado de inme-diato” como “cómplice de la criminología mediática”, o como “fascista representan-te del autoritarismo”. Quien señale la sos-tenida pérdida de derechos de los secto-res más desprotegidos o la distribución cada vez más desigual del ingreso, “les hace el juego a los sectores antidemocrá-ticos”. Lo vemos en Argentina y también en el resto de Occidente.Entonces, la pregunta central deja de ser ¿por qué triunfa la ultraderecha?, pa-ra ser en realidad: ¿le sirve a las mayorías populares esta democracia liberal y caní-bal de sus propios pueblos?DEMOCRACIA O MERCADODespués de décadas de supuesta “lucha de clases” izquierdas y derechas liberales alumbraron con su insolvencia un nuevo actor, la ultraderecha, los ingenieros del caos que producido por sus antecesores les permite armar una nueva plataforma de poder. Y aunque críticos de “la casta” en ningún caso ponen en debate la preemi-nencia del capital sobre el trabajo, del rico sobre el pobre o del mercado sobre el Esta-do, demostrando de facto que en esta de-mocracia en agonía “gane quien gane go-bernaran los mismos”. El panic show de-mocrático ya no es suficiente para recupe-rar esperanzas en esta democracia occiden-tal del siglo XXI.Es que las “almas nobles democráticas” y sus instituciones no hicieron nada por frenar el apoyo tácito o explícito a la ma-sacre de Gaza, a la expansión de la OTAN o al apoyo a Netanyahu y Zelenski. Mucha palabra, poca acción concreta.La proliferación de homeless en todos los países, la pandemia del fentanilo que asesina miles de estadounidenses diaria-mente y el virtual control que ejercen so-bre los gobiernos occidentales los bancos y los productores de armas son la demos-tración explicita de que solo países donde el Estado y la política ejerzan un control soberano y efectivo sobre el mercado se-rán capaces de producir esperanzas y me-joras a sus mayorías populares.Ahí el centro del debate, que ni siquiera es ideológico, es fuertemente político. Países como China, Rusia, Venezuela o Vietnam no tienen las mismas caracterís-ticas, pero sí los iguala el control soberano de sus Estados Nación sobre su desa-rrollo, su economía y su sistema político.A MODO DE BREVES APUNTESPARA LO QUE VENDRÁLa ultraderecha, con personajes aun disi-miles, pero parecidos, como Donald Trump o Javier Milei, no emerge como un error de época: representa cabalmente a sectores internos de la globalización capi-talista que no solo no aceptan la interven-ción estatal a favor de los más débiles, si-no que ni siquiera consideran posible la existencia de derechos sociales ni protec-ciones ciudadanas estatales. Ni siquiera J.D. Vance, el autor de Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis, en el que narra su infancia en unos Esta-dos Unidos de blancos castigados por el desempleo y las adicciones, dando voz a una clase trabajadora desilusionada y re-sentida, resulta por el momento ser otra cosa que un delegado en el gobierno de las grandes corporaciones de Estados Uni-dos.Este 2025 expresa un momento del mundo en el que la democracia liberal ya no permite opciones disruptivas o que no estén domesticadas al statu quo. Para po-der hacerlo, utiliza todas las herramien-tas disponibles, desde los medios de co-municación, el Poder Judicial o las fuer-zas de seguridad.La hipotética “alternancia” que déca-das atrás se vendía como certificado de democracia hoy es solo una fachada de di-ferencias estéticas, pero sin divergencias reales en lo referido al sometimiento a la lógica de mercado, a las ordenes geopolí-ticas del Departamento de Estado o a las instrucciones financieras del FMI y la banca internacional. Las coincidencias en “políticas de Estado” subordinadas a esa lógica son casi totales entre la mayoría de las fuerzas electorales.Como decía David Harvey, “los neolibe-rales, tanto progresistas como conserva-dores fueron más leninistas que los leni-nistas y supieron crear y diseminar think-tanks que formaran la vanguardia inte-lectual capaz de crear el clima ideológico en el que el realismo capitalista sin espe-ranzas pudiera florecer”.La hipocresía de la “democracia para ri-cos” ya no puede convencer a las mayo-rías, simplemente porque no incluye sus intereses, que nunca serán respetados por el libre mercado. La incertidumbre es elocuente, pero ya es hora de llamar a las cosas por su nombre.Hay que admitir que esta democracia li-beral del siglo XXI ya no es un modelo elo-giable y mucho menos incuestionable y que es hora de debatir sin tapujos que un país es democrático solo si su sistema po-lítico permite que coman, se curen y se eduquen sus mayorías populares.Modelos democráticos hay muchos, y el democrático liberal es hoy tan cruel y productor de exclusión y desesperanza como tal vez ningún otro. Es hora de de-jar el miedo y la corrección política atrás y denunciar su irreversible decadencia en este formato actual.

