ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
La jornada finalizó poco después del mediodía y en la delegación algunos con apuro decidieron salir muy pronto, era viernes y la cola en la autopista siempre era infernal. Por ello, subieron con rapidez al transporte y regresaron a su estado de origen. Sin embargo, ya estaba definido quien se quedaría para asistir a la otra reunión que estaba pautada para el día siguiente donde se tratarán puntos más estratégicos que requerían de mucha discrecionalidad y alta confianza del jefe, dicha selección recayó en alguien de recién ingreso en la Coordinación, era joven, de muy buen parecido, en fin la vedette del grupo.
Asimismo, recordó cuando dijeron su nombre para participar en representación de la región, notó cierta picardía en su anuncio porque debía quedarse un día más y sin otro acompañante que no fuera su jefe, sobre todo, por quien lo expresó, un extrovertido compañero, complicándose además, por la fama sexual que tenía el Director, con disimulo sonrió pero sin esconder su desconcierto e incomodidad.
Seguidamente, el jefe vio el reloj como era temprano aún, y según, tenía mucha hambre, subieron a su lujosa camioneta, dieron varias vueltas por el centro de la Gran Ciudad que rápidamente confundieron a su compañía que por supuesto, no conocía la capital, y desde antes ya se sentía sin escapatoria, finalizado el recorrido se estacionó en un gran centro comercial del Este de la metrópoli.
Del mismo modo, el jefe siempre guiando no sólo la conversación, sino también, todas las decisiones, seleccionó abundante comida china. El restaurante aunque era de día, su ambientación era semi oscura, al nomás sentarse encendió una varilla aromatizante, actuaba con mucha cortesía y propiciando un espíritu romántico, por el contrario, el invitado lo consideraba innecesario y además le atemorizaba.
También de entrada solicitó dos copas de un vino seco con olor floral para sentirse mucho más a gusto y eliminar el stress -dijo-. Igual pidió fideos y muchas lumpias. Cuando vio que tenía dificultad para maniobrar los palillos, y llevar la comida a su boca, gentilmente se ofreció a orientar la forma correcta, fue allí que hubo un audaz primer contacto entre sus manos, por lo que, rápido reaccionó retirándose, también sintió el compromiso de aprender con premura esa novedosa tarea.
Finalizado el almuerzo -dijo- ¡Ahora iremos al cine!
Bajaron por las escaleras mecánicas, en la tienda compró cotufas, pero de paquetes grandes, le ofreció uno, retiró las entradas y fueron directo a las butacas, el sitio que seleccionó fue a mediana distancia. Allí, se sintió algo más seguro cuando él se sentó a una butaca de distancia porque la inmediata la utilizó para colocar los paquetes, refrescos y las golosinas que completaron el avío para entretenerse durante la proyección. Ciertamente le gustaba ver películas porque no interrumpió su mirada que estuvo fija siempre en la gran pantalla, tampoco hizo algún comentario.
Al final, ya cayendo la tarde salieron y decidió: – ¡Ahora vamos al mejor sitio de la ciudad! – Condujo directamente hacia el teleférico, montaron a una cabina solos, el gran público venía, ellos subían al Gran Ávila. De nuevo, llegó el nerviosismo por dos razones; primero el temor a las alturas y segundo lo íntimo del viaje.
Asimismo, él se quedó en silencio mientras el jefe copaba la escena, identificando los sitios característicos de la montaña, así como también, señalaba la hermosa vista que daba desde lo alto la bella ciudad. Estaba ubicado uno al frente del otro, pero hubo un momento que se acercó al mismo asiento. Allí sintió como un sudor frío recorría todo su rostro, era tan evidente su nerviosismo que el jefe preguntó si tenía miedo a las alturas. Contestó con tartamudez ¡No!, que se sentía bien.
Al fin, terminó la ruta y bajaron, pasearon por las instalaciones uno al lado del otro, siempre él hablando, recordó su in fancia y una que otra anécdota, sobre todo de noviazgos y mujeres que allí él vivió. Luego fueron a la barra, pidieron dos cervezas, caminaron, fueron a la pista de patinaje, siguieron conversando. Mientras, las respuestas que emitía su interlocutor eran con pocas palabras y algunas muecas. También, fueron de nuevo a la barra por más cervezas, las cuales, bebía con extrema lentitud, las saboreaba a plenitud, hasta con cautela.
Luego, ambos ya más relajados y rumbo al hotel, entraron a uno, y no había cupo, fue extraño pero sintió un pequeño alivio cuando escuchó la noticia. Siguieron bajando por la Avenida Escalona, lugar donde se ubican la gran mayoría. Paró en otro, regresó y dijo; aquí sí hay habitaciones, quería algo mejor pero es viernes y hay mucho movimiento -puntualizó
En ese preciso momento sonó su teléfono, atendió la llamada.
– ¡Baja tu maletín! -le dijo- yo iré a casa de mi madre, resuelvo algunas cosas y vuelvo.
Prácticamente no durmió, expectante, aterrorizado por la espera, amaneció y no llegó.
Temprano en la mañana, se levantó, entró al baño, tomó una ducha con agua caliente, el frío capitalino estaba en su máximo esplendor, se paró frente al espejo miró su barba, con cuidado retocó sus bordes con la máquina, se vistió y esperó por su jefe. Asimismo, pensó que había sido el día de mayor angustia que había vivido, pero el tema de la sexualidad es tan complejo que faltarían muchas experiencias para saber si realmente se está preparado para aceptar abiertamente el tema y la praxis de la homosexualidad.
– ¡Toc, Toc, Toc! Tocaron la puerta.
– Llegó el Jefe.

