UPHOLD REALITY – TRAD. EDUARDO MARIÑO
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Un viejo libro de texto soviético de 1963 explica la situación de los Estados Unidos de 2025 mejor que cualquier grupo de expertos liberales de hoy: Capital financiero. Captura del Estado. Bienestar corporativo. Oligarquía cosmopolita. Esto es lo que nos advirtieron, y cómo se convirtió en su vida diaria.
El capital financiero no es solo “mucho dinero”. Es la fusión de los monopolios industriales y los imperios bancarios en un solo bloque dominante. No vende bienes, sino que asigna las condiciones de vida. Los precios, los salarios, las monedas, las cadenas de suministro e incluso los resultados de las elecciones son dirigidos por las salas de accionistas, no por las boletas electorales. El resultado no es la libre empresa, sino la planificación estratégica central, por parte de oligarcas no elegidos. El verdadero gobierno está compuesto por administradores de activos, tenedores de bonos y negociadores transnacionales.
Los soviéticos los nombraron, en ese entonces: Rothschild, JPMorgan, Dupont, Rockefeller. Hoy en día, son BlackRock, Vanguard, JPMorgan y una red de instituciones financieras con las que rodean el mundo.
Esta clase social no participa en el capitalismo, sino que lo dirige. Controlan el crédito, dan forma a las políticas, dotan de personal a los gobiernos y deciden qué sectores económicos y sociales viven o mueren. Su poder no es teórico. Es medible, en carteras, puestos en juntas directivas y estados capturados. No operan en el mercado. Ellos gobiernan sobre el mercado.
De esta manera, los bancos se transformaron de modestos intermediarios en centros de mando del capital global. No solo procesan transacciones. Ellos deciden quién puede poseer, quién debe liquidar, quién es sancionado y quién es aplastado.
El crédito ya no es económico, es geopolítico. Una subida de tasas de interés puede destruir un país. Una rebaja de la calificación crediticia puede colapsar a un gobierno. El control absoluto de los flujos de capital a través de sus mecanismos financieros como el SWIFT, sustituye a los misiles. La deuda reemplaza a la ocupación. Las finanzas son la nueva artillería: Silenciosas, móviles y totales. ¿Recuerdan la crisis financiera de 2008? Utilizaron el crédito como arma, se apoderaron del dinero público y ejecutaron millones de hipotecas, desahuciando a miles de familias y arruinando a centenares de empresas, todo sin disparar un solo tiro.
Los mercados bursátiles simulan la propiedad pública y masiva, pero el control real está estrechamente concentrado. La llamada “inversión democratizada” es solo un eslogan que enmascara realidades de carácter feudal: El voto decisivo pertenece a quienes tienen el control de bloques mayoritarios de acciones, no a los accionistas individuales. El resultado es un absolutismo corporativo donde el poder se ejerce sin responsabilidad. Cien millones de accionistas tienen sobras, una docena de empresas tienen soberanía.
En Estados Unidos, el gasto público es un mecanismo de transferencia, de los trabajadores al capital. Los presupuestos se redirigen hacia garantías monopólicas: Contratos militares, rescates, subsidios corporativos, infraestructura al servicio de los flujos de capital, no de las necesidades humanas.
No es de extrañar que Lenin llamara al capitalismo monopólico de Estado “malversación legalizada de fondos públicos”. Esto no es mala gestión, es extracción de activos en el código legal formal. El gobierno se convierte en una empresa de inversión cuyos únicos clientes son los capitalistas. El resto son gastos generales.
“Las crisis son inevitables bajo el capitalismo… Las medidas anticrisis se utilizan para el enriquecimiento de los monopolios”, decía Lenin.
Cada participante liquida a sus pequeños competidores, disciplina la mano de obra, consolida los monopolios y descarga la deuda privada en el Estado.
En 2020, Estados Unidos, al amparo de Covid, transfirió más de 4 trillones de dólares a bancos y empresas, en lo que puede haber sido la mayor transferencia de riqueza ascendente de la historia. Las pequeñas empresas colapsaron. Los trabajadores conseguían sobras. Los alquileres subieron. La deuda aumentó. El capital lo compraba todo, barato. No se trató de un rescate, sino de una redistribución planificada hacia arriba. El resultado: monopolios más fuertes, mano de obra más débil, consecuencias de un Estado totalmente capturado.
En el modelo neoliberal, el Estado se funde con el capital no por conspiración, sino por necesidad. La fusión es material: Los gobiernos dependen del capital para obtener crédito, para obtener datos, para la logística industrial y para obtener legitimidad. Se convierten en agentes ejecutivos, no en organismos soberanos. Los norteamericanos no eligen gobernantes. Eliges a los gerentes que llevan a cabo mandatos redactados en el lenguaje del capital. Cada administración es una continuidad del capital, no una ruptura con él. Nada más evidente que cuando Citigroup eligió el gabinete de Obama en 2008.
En este modelo, el gobierno queda sólo para proteger el proceso de acumulación de capital. La educación, la salud, la infraestructura y la seguridad, todos se tratan como pasivos presupuestarios, a menos que puedan convertirse en flujos de ingresos o instrumentos financieros.
Así, el propósito del poder estatal no es elevar, sino estabilizar el entorno para los flujos de capital. Los presupuestos estatales se gestionan como los libros de contabilidad corporativos: La población es un centro de costos, los monopolios son el centro de ganancias. La tesorería es un embudo. Si el bienestar público interfiere con las ganancias, se desmantela.
Según Lenin, “el cosmopolitismo se despliega como un arma ideológica de la élite financiera gobernante para desarmar la resistencia”.
Es un borrado sistemático de la identidad arraigada, nacional, cultural y de clase. El cosmopolitismo “predica la renuncia a las tradiciones nacionales, el menosprecio de la individualidad nacional y el rechazo del orgullo nacional”. Al abstraer a los individuos de la historia y la tierra, los convierte en unidades móviles y sustituibles. El orgullo nacional se convierte en “xenofobia”. La solidaridad de clase se convierte en “atraso”. La resistencia se convierte en “intolerancia”. Su objetivo es vaciar la solidaridad y reemplazarla con el consumismo atomizado y el relativismo moral.
Lo que los soviéticos llamaban “cosmopolitismo”, nosotros ahora lo llamamos “globalismo”, pero la misión sigue siendo la misma. Estandariza las leyes, disuelve las culturas y reconfigura las naciones para las necesidades del capital.
“Integración”, “Inclusión” y “Desarrollo” son consignas. La función es logística: Suavizar el movimiento del capital, suprimir la resistencia. Las fronteras ralentizan la ganancia. Las tradiciones se resisten a la disciplina. La soberanía se interpone en el camino. Todo debe ser aplanado para la extracción.
El capital financiero manda a través de la estructura, pero sobrevive a través de la ilusión. Que su violencia es orden. Que su saqueo es política. Que su dominio es el punto final de la historia. Pero las ilusiones están fallando.
Como dijo recientemente Vladimir Putin: “Las élites occidentales han pasado siglos llenando sus estómagos de carne humana y sus bolsillos de dinero. Pero la bola de vampiros se está acabando”. Y cuando termina, termina rápido. A los pueblos solo les queda despertar o ser drenados hasta secarse.

