Aspectos de Comunidad Las Acacias. Fotos Fernando Sanchez. 130918

OCTAVIO SISCO RICCIARDI
RNCC / FOTO CORTESÍA

La percepción pública de quién ganó la Segunda Guerra Mundial después del 9 de mayo de 1945 ha sido compleja y variaba según la región, pero la tendencia general era que en el artificial huso del oeste (Estados Unidos y Europa Occidental) se tenía a los aliados como los principales vencedores, mientras que, en el frente oriental del planeta, a la Unión Soviética.

 En todo caso, los primeros años se hizo énfasis en la victoria sobre el eje (la derrota de Alemania, Italia y Japón), en que se reconocía el papel decisivo del ejército soviético con la estocada final al nazismo. Con el tiempo, entre la Guerra Fría y Hollywood, se encargaron de alterar esa impresión. 

A inicios de ese crucial año, se estaba construyendo al sur de Caracas la urbanización Las Acacias en la antigua hacienda Palomera, que durante la mitad del siglo XIX perteneció al incansable Guillermo Espino y que pasaría luego a la familia Mendoza Fleury. 

A la par, más hacia el norte, se erigía la impecable Ciudad Universitaria. Se encontraba ya trazada la avenida principal, cuando se decidió nombrarla “Victoria” para homenajear el triunfo sobre el eje. A tal efecto, se encargó al escultor Ernesto Maragall un monumento simbólico para tan significativo hecho. Maragall moldea entonces la interpretación mítica del titán griego para inmortalizar la victoria que las tropas obtuvieron en la confrontación bélica universal. Esta figura debía encabezar ceremoniosamente el inicio de la arteria vial. Su ejecución en piedra artificial se estima culminada cerca de 1954. 

La escultura Alegoría a la Victoria eleva su brazo izquierdo como si recordara la icónica impronta de aquella colocación de la bandera roja en la azotea del Reichstag y porta en su mano el fuego que fuera arrebatado a los dioses, que sirve de brillante tea para guiar a la humanidad. 

En el proyecto original, esta efigie estaría en el centro de un espejo de agua de 12 metros de diámetro con fuentes iluminadas, en lo que hoy es el Portachuelo y el peaje, justo después de la Roca Tarpeya; eso explicaría su escala colosal (6 metros de altura incluido el pedestal). Sin embargo, por causas desconocidas (como otras tantas), la estatua quedó emplazada —y casi oculta— al final de la calle Centroamérica de la urbanización, desvirtuando la propuesta inicial de una gran fuente.

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