MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA
En una tienda, entre plantas oxigenadoras, mantras sánscritos impresos en bolsos de yute, donde se vende desde inciensos, miel artesanal, suplementos y oligoelementos, hongos microdosificados y libros sobre los últimos descubrimientos de una religión perdida sumeria que apostaba al éxito, una ama de casa que no sabe cómo salir de su vida gris y repetitiva paga por un libro sobre “coaching cuántico”, una barra de cereal integral energético, sales del Himalaya y unas pastillas de NAD+ con ashwagandha.
Ella se siente parte de una revolución liberadora en comunión con lo espiritual y el bienestar; siente una energía vital que recorre su cuerpo, casi como alcanzando el kundalini. Pero no sabe que acaba de alimentar la máquina más sofisticada del capitalismo moderno: el consumismo new age, ecológico, integral, espiritual y con restos de cultura hippie. Para los demás, la gente común, quedan el abuso de azúcares, los alimentos industrializados y dañinos —como las salchichas—, los problemas diarios, gente primitiva sin conciencia ecológica y espiritual. Así va el mundo hoy aquí, en París o donde sea.
Hace 50 años, la contracultura hippie planteó una espiritualidad distinta a la de las religiones institucionalizadas: meditación trascendental, LSD, hongos, inciensos, música, retiros espirituales. Miles de jóvenes fueron integrándose y expandiéndose a través del reiki, la acupuntura, el yoga, la danza, generándose un inmenso mercado que hoy atiende a clientelas presenciales o en línea que consumen sesiones, cursos y accesorios. Se espera que este mercado en 2028 llegue a los 177,6 mil millones de dólares.
Este fenómeno, que ya tiene años y que podemos llamar capitalismo espiritual, es la colonización de la contracultura por el mercado. Bajo etiquetas como “natural”, “auténtico” o “integral”, se vende la misma lógica depredadora: Consumir para ser feliz, comprar para pertenecer. Además, las redes te someten a un constante bombardeo de inseguridades: no sabes respirar, ni comer, ni caminar, ni cagar, ni estar en paz, ni tener sexo… lo cual, en parte, es verdad. Pero así te vuelves funcional para convertirte en un nuevo apéndice de consumo, ahora de cosas integrales, espirituales, “anti sistema”.
Así entramos en la era del supermercado de la iluminación, integrado por suplemen tos: Ashwagandha, NAD+, hongos psilocibios legales (en cápsulas “para la creatividad”) o el último libro en el que te dicen cómo modificar tu ADN por medio del pensamiento.
También está el tecno bienestar: pulseras de biofeedback, apps de “neurohacking”, lentes para “bloquear luz azul”. Y si todavía tienes dinero en tu bolsillo, está la sabiduría empaquetada: libros de autoayuda con jerga científica (“La neurobiología del éxito” o “cambia tu destino con ayurveda”), o retiros de yoga “Premium” con las últimas técnicas encontradas de un monje tibetano que vivió 150 años sin decir una palabra. Y si no te funciona, siempre queda un retiro de ayahuasca para que limpies tu karma y te unas a Gaia.
Si te quedan ganas, puedes inscribirte en un curso de apertura de chakras con el gurú de moda, en cómodas sesiones y cuotas online, todos los viernes a las 8. Esto es para esas mamás que ya no aguantan la alienación de sus vidas, para esos hombres solos que no han alcanzado la felicidad, y esos jóvenes que no han logrado el éxito y ser millonarios o cantantes de reguetón.
Este público, necesitado cada cierto tiempo por la obsolescencia espiritual, busca una nueva inspiración o técnica, o una nueva cúrcuma milagrosa que “ahora sí” le dará esperanzas para seguir sonriendo hacia el futuro.
Todo esto funciona igual que la pasta dental “milagrosa” que cada cierto tiempo te venden con un nombre nuevo, generándose así ansiedad por comprarla y tener los dientes “ahora sí” más blancos.
Estas modas son pasajeras y recurrentes: hoy, la respiración holotrópica; mañana, los «parches de frecuencia cuántica»; pasado mañana, la “biodecodificación pránica”; y la semana que viene, el mindfulness azteca para correr como si te persiguiera un malandro. La obsolescencia “bio-psico-espiritual” te mantiene siempre, tras el momento eufórico, en la insatisfacción y en la búsqueda de una nueva terapia. Y así vas de taller en taller, de receta en receta, de descubrimiento en descubrimiento, como un hámster sin serlo.
La búsqueda espiritual, antes contenida por los muros religiosos ortodoxos, hoy se ha desbordado; y lo que no atrapa la santería o los evangélicos, lo atrapa el consumo espiritual.
Es la paradoja máxima: productos que fingen combatir el estrés del capitalismo… ¡son la última mutación del capitalismo! Así aparecen los suplementos milagro, y el 70% no tiene estudios clínicos serios. O los retiros “sostenibles” de fin de sema na que te renuevan para una nueva semana feliz, plena, productiva y esperanzada, además de en comunión renovada con Gaia y el espíritu santo. Dos días después, ya le estás gritando a tus hijos y lanzándole la sartén a tu marido.
El placebo es también existencial. Creemos que comprando ashwagandha, salvamos el planeta, nos curamos y estamos mejor. El próximo mes, como ya dijimos, será el NAD+ inyectable; y el próximo trimestre, el castaño de indias con jengibre en cápsulas. El consumo del ama de casa Tupperware ahora se extendió al área espiritual.
No se trata de satanizar el yoga, el reiki o los hongos terapéuticos (si es que tienen potencial terapéutico real), o el mindfulness (qué es lo que se llamaba hace 30 años meditación, pero se “americanizó” para hacerlo más digerible y venderlo con nuevo envoltorio), sino de desenmascarar la estandarización del consumo.
Desconfía del “algoritmo de la Iluminación”, si Instagram te muestra un suplemento “revolucionario”, es publicidad, no tu destino.
Busca coherencia y constancia, no accesorios. La verdadera espiritualidad no cabe en un kit de iniciación espiritual por el módico precio de $50.
En lugar de “neuropendejadas”, exige políticas públicas de salud mental más acordes con lo que vivimos.
Este consumo “consciente” debilita los movimientos sociales: mientras compras tu “kit de revolución individual”, no protestas, no exiges cambios estructurales. La rueda de bambú… es la jaula más elegante jamás diseñada.
Esta especie de “consumismo hippie” es el opio de los pueblos posmodernos; nos droga con la fantasía de que comprando cosas “alternativas” escapamos del sistema o vamos contra él. Pero terminamos siendo “hámsters en ruedas de bambú”. El consumo crítico no es comprar mejor, es desear menos en un sistema que vende hasta la austeridad como producto.
La auténtica rebeldía hoy no es llevar pachulí o danzar en círculos en el parque del Este tocando tambores, consumir una pizza integral o tomar pastillas neurovegetativas… sino apagar el ruido de la publicidad, cuestionar la próxima «solución mágica» y construir bienestar fuera del catálogo. Como dijo el verdadero hippie Ivan Illich: “La herramienta justa crea libertad. La herramienta mercantilizada, solo más necesidad”.

