EDUARDO MARIÑO
RNCC / FOTO CORTESÍA
En las últimas semanas, los anuncios de Trump sobre los millones de barriles de crudo venezolano que atracan en Houston han disparado una ola de especulaciones que parecen sacadas de un guión de realismo mágico. Si bien es cierto que las nuevas licencias y acuerdos han levantado un poco las talanqueras, permitiendo que empresas como Chevron, BP y Repsol, junto a comercializadoras como Trafigura, operen en una fluidez que hasta hace meses era un sueño lejano, en la calle la pregunta sigue siendo la misma: ¿Si estamos vendiendo tanto, por qué todavía no se siente el fruto?
La respuesta no habita en una conspiración, sino en una pesadilla logística y en la herencia de un caos generado por las sanciones que el petróleo, por sí solo, no puede borrar de un plumazo.
Producir petróleo no es tan simple como tomar agua de un río. En los campos del sur de Anzoátegui, donde opera Chevron, el crudo es extrapesado, denso como la melaza. Para que fluya, debe mezclarse con nafta importada o condensados. Extraer ese barril ya cuesta entre 12 y 18 dólares, un costo inflado por la necesidad de traer diluyentes bajo licencias especiales.
Una vez “mejorado”, el crudo emprende un viaje hacia los puertos por una red de oleoductos que sufre de desactualización crónica. Años de inversión mínima, sumados a sabotajes y al desgaste de trece años de limitaciones por las sanciones, han dejado tuberías corroídas y estaciones de bombeo a media capacidad. Esta infraestructura sobrevive, en gran medida, por la pura voluntad de la clase trabajadora petrolera. Las nuevas licencias permiten traer repuestos, pero reconstruir la columna vertebral de PDVSA no es cuestión de semanas; es una tarea de años de ingeniería constante frente a una red eléctrica que aún experimenta parpadeos que detienen la extracción.
Cuando al final el buque es cargado y zarpa, comienza el laberinto financiero. El viaje a las refinerías del Golfo de México tarda apenas una semana, pero el dinero no regresa con la misma prisa. Aunque el trading sea ahora “legal y directo”, la letra pequeña de las licencias dicta que una parte sustancial de los ingresos se queda en el camino para amortizar pasivos históricos con las empresas mixtas y para reinversión obligatoria en los pozos, evitando que la producción se desplome nuevamente.
Hay que entender, además, que el crudo no se vende al precio que se ve en el noticiero del día. El mercado petrolero opera por “futuros”. El petróleo venezolano que hoy llega a Houston se transó probablemente al precio de referencia de febrero (unos 60 dólares). Al restar los costos de extracción, flete y comisiones, el ingreso neto real por barril se sitúa cerca de los 46 dólares. Los precios de 90 o 100 dólares que hoy causan alarma por la guerra de agresión imperialista en el Golfo Pérsico son “precios de futuro” para abril o mayo; no representan el ingreso actual de Venezuela.
Estamos en una sociedad nueva con los Estados Unidos, basada en el pragmatismo energético. El crudo Merey ya no es un “fugitivo” que viaja en barcos sin bandera hacia mercados secundarios como India y Hong Kong donde se vendía con descuentos humillantes, dejándonos si acaso 32 dólares por barril. Hoy es el invitado de honor en Texas, mientras Venezuela sigue en “terapia intensiva productiva”.
Porque los frutos de una siembra no se ven el día que se abren los canales de riego, sino cuando la planta tiene la fuerza para sostener la cosecha. El bienestar social depende de que esos dólares venzan la inercia de una infraestructura asediada y de un control de la “abundancia” que aún depende de la disposición de un funcionario en Washington.
Incluso esa “abundancia” es relativa. La idea de que “llegaron dos mil millones, suban el sueldo a 500” es una trampa económica. Solo el sector de los pensionados suma 5.5 millones de almas, contando las protegidas por el sistema 100% Amor Mayor. Hagamos la cuenta: Una media de 40 dólares mensuales (entre pensión y Bono de Guerra) para ese universo de personas requiere 220 millones de dólares al mes. Eso son 2.640 millones de dólares al año solo en pensiones. Es decir, con los supuestos 2 mil millones que “ingresaron al país” no alcanza ni para las pensiones.
En esa cuenta no entran los maestros y docentes universitarios, los médicos y enfermeras, los cuerpos de seguridad, ni los trabajadores de las alcaldías y gobernaciones, el personal administrativo y obrero de todos los niveles de gobierno, los jueces y tribunales, que en conjunto representan un desembolso de $8.200 millones de dólares al año, por la medida chiquita, como decía mi abuela.
Si consideramos que el ingreso neto por barril, tras los descuentos y costos que mencionamos, ronda los 46 dólares, Venezuela necesita vender y cobrar efectivamente unos 640 mil barriles diarios de petróleo, solo para pagar la nómina pública y las pensiones, que superan, como hemos visto, los 10.800 millones de dólares al año.
Tampoco figuran allí los costos monumentales de mantener servicios públicos como el agua y la electricidad con tarifas que apenas cubren una fracción de su costo real, ni el subsidio del gas doméstico, el gasoil y la gasolina que drenan ingresos directos de PDVSA.
Nuestra producción actual está apenas por encima del millón de barriles diarios, de esos al menos 350 mil se van en consumo interno mínimo, en combustible y otros derivados. Eso nos deja un margen escaso para planificar mejoras salariales, eso sin considerar ni un solo pupitre para las escuelas, ni una ampolla para los hospitales.
Para completar, el flujo de caja no cae directamente en la Tesorería Nacional para ser gastado a discreción por el gobierno. Los dólares son soltados a cuentagotas por el gobierno norteamericano, y a la final, la mayor parte de ese dinero se inyecta en la banca nacional para que industriales y particulares compren divisas, para importar materia prima y mercancía y se mantengan sus empresas y santamarías abiertas. A cambio, el Estado recibe los bolívares necesarios para pagar nóminas, servicios y mantener operativo el país
El peor error de Venezuela ha sido creer que el dinero del petróleo debe convertirse inmediatamente en elevados sueldos para todos. Sí, el ingreso digno es prioridad, pero ¿en qué se convierte un sueldo elevado en un país sin infraestructura, producción ni servicios? Por ahí ya pasamos, y varias veces. En 1987, Venezuela tenía uno de los sueldos relativos más altos del continente, pero la pobreza estructural era tal que el sistema colapsó en el Caracazo. Igual en 2012, había estabilidad, buen ingreso, pero bastó que Estados Unidos impusiera las primeras sanciones para que el estado de bienestar se viniese abajo por la misma fragilidad.
El petróleo ha vuelto a fluir. Es un paso gigante, pero no magia. Venezuela está reconstruyendo la casa mientras todavía tiene una mano atada a la espalda y una pistola en la sien. El camino a la prosperidad real será sólido solo si entendemos que estamos recuperando la soberanía y la productividad paso a paso, lejos de las fantasías de abundancia súbita y más cerca de la planificación responsable. El fruto llegará, pero la planta apenas está sanando sus raíces.

