ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
La historia volvía a repetirse, lo extraño es que la coincidencia fue tan perfecta que a grosso modo la circunstancia era muy oportuna. Un nuevo profesional de la medicina egresaba de la academia y merecía como todos, un regalo. Pero, ¿Cuál sería el mejor regalo? Ambos, sus actores en épocas y ambientes distintos, indagaron entre sus amigos, utilizaron el sentido común y hasta jugaron con la oferta que el comercio les brindaba, al final la decisión se tomó, y la grata sorpresa para el destinatario llegó. Sin embargo, el momento que vivieron las familias y que dio origen al regalo fueron completamente diferentes.
Fue muy temprano en la mañana, casi de madrugada que partieron, el frío reinaba en el ambiente, era pasmoso, las pocas palabras que intercambiaba la pareja antes de salir a su viaje, las interrumpía un niño, muy pequeño que rondaba sus tres años, a quien su madre abrigaba muy nerviosa e intranquila, y apretaba tanto entre sus brazos que casi lastimaba, se aferraba a él con mucha fuerza que el inocente crío se le apartaba cuando podía en busca de su libertad. Pero, esas forzosas vacaciones eran para eso, recuperar psicológicamente a la pareja de la irreparable pérdida de un hijo que no nació vivo y quien hubiera sido su segundo bebé. Asimismo, en esos años mediados de los noventa, Margarita la isla de las perlas, era el mejor lugar para vacacionar, su fama turística trascendía las fronteras del país, además de la facilidad corporativa que le brindaba su trabajo, ello les permitió un considerable ahorro porque los gastos de hospedaje fueron subsanados por la fundación donde trabajaban ambos padres. Fue un fin de semana largo que brindaba la conmemoración del cinco de julio, tan sólo serían tres días los que pasarían en la isla. Suficientes para intentar trasladar a un sitio del recuerdo mentalmente más lejano, lo sucedido y que les ayudara a olvidar, por ello, aunque algo renuente la madre aceptó viajar.
Transcurría el mes de julio del 1995 y se anticiparon unos días a la temporada de las vacaciones escolares y aprovecharon la temporada baja. Igualmente, conseguir buenos precios en el comercio de la isla, el cual, todo giraba en base al turismo y al puerto de zona franca que ya empezaba a conocer su frágil estructura de sustento. Sin embargo, la esperanza estaba centrada en visitar los sitios de interés; las iglesias, el fortín, Juan Griego, las playas; mágicos lugares que ayudarían a la pareja a estabilizar de nuevo su vida familiar.
De igual forma, durante el largo viaje por carretera apenas pudieron admirar los bellos paisajes que mostraba el camino, pero sólo eso, mirar y mirar, sin hacer comentarios, los tripulantes del vehículo iban sin mucho ánimo, ni algo especial que celebrar, viajaban con pesadumbre quizás aún consternados, apenas eran pocos los meses transcurridos del lamentable percance. Sólo el inquieto niño quien tenía todo el espacio del asiento trasero del vehículo para brincar, curiosear y dormir que muy poco hacia, era quien a cada rato gritaba cuando observaba algo de interés.
– ¡Papá, mamá, miren las vacas! Interrumpía el niño en ese ambiente tan silente.
– ¡Si hijo, las veo, las veo! Respondía el padre mientras seguía conduciendo.
La madre a su lado sola, distante en un soliloquio mental discutía, reclamaba a la vida sus acontecimientos… sufría. También respondía con breves.
– ¡Un Hummm!
Sería luego en el ínterin atravesando el mar, cuando ella observando fijamente al horizonte, viajando en nubes de tinieblas, la brisa chocaba fuertemente su rostro quien insensible a la afrenta, con mucho más firmeza, también lo retaba. Fue allí, cuando lloró. Sí, mucho lloró, pero sin drama, fueron consecuentes lágrimas, sin ningún control que permitieron el desahogo, liberando gran parte del sufrimiento que le embargaba, además, reprochaba el viaje al que no abiertamente consentía. Mientras, confundía a su pareja y al resto de los presentes quienes mudos a su lado justificaban el hecho por la brisa y la ventisca que también salpicaba a los muy animados turistas.
De igual forma, ya en la isla por cierto día viernes, luego de desayunar, la familia salió a la calle. La avenida principal 1° de Mayo lucía muy congestionada, ríos de personas iban hacia arriba y hacia abajo caminaban en busca de mercancías, las cuales, en una lista de encargos que revisaban constantemente con mucho afán, pero eso sí, también verificando los precios que variaban significativamente entre local y local. Ese día la familia visitó el fortín, entraron al museo y la Plaza Bolívar, todos sitios céntricos, ellos conversaron un poco más, el estrés bajó, también estuvieron haciendo el plan para el día siguiente.
Asimismo, el sábado segundo día en la isla, fueron al mercado Municipal Conejero porque brindaba bondades y mucha competencia al comercio de la ciudad. Sitio de obligatoria concurrencia; ropa interior, toallas, sábanas y lencería de alta calidad eran mucho más económicas. También, su compra era totalmente legítima. Por casualidad de la vida, mientras la mamá revisaba prendas de vestir, con su hijo firmemente tomado del brazo, el padre, observó un vendedor de objetos de cueros. Sí, un buhonero, andaba en el grupo de vendedores. Cachaco hasta la médula exponía en una gran cuerda de alambre su mercancía, bolsos y maletines de nylon y también de cuero, Sin mucha presión, la gran mayoría de compradores buscaban otras mercancías, por lo tanto el stand estaba sólo, sin dificultad vio un objeto que llamó curiosamente su atención, consulto el precio era un koala, de fino cuero con apliques de multicolor, tenía un aspecto tan femenino que de inmediato el esposo lo adquirió.
¡Un koala! Si, un práctico y muy útil accesorio que los dinámicos profesionales de la medicina, utilizan para resguardar sus pequeños artefactos que tanto requieren durante las emergencias en los hospitales, y tener siempre sus manos libres para atender a sus pacientes.
Luego se acercó a su grupo familiar y dijo.
– ¡Este es un regalo para mi cuñada por su graduación de médico!
Su esposa lo vio, revisó y asintió sin palabras pero con una mueca de aprobación. También sus ojos brillaron de alegría por el detalle.
Terminaron sus compras y se trasladaron a Juan Griego, hermosa bahía de la isla. Allí se bañaron a sus anchas el padre y el niño, único acompañante, siempre bajo el riguroso cuidado de los padres. Luego, almorzaron en un hermoso restaurante muy concurrido, seguramente por su atención y calidad. De entrada aceptaron la recomendación del capitán de mesoneros. Un asopado de mariscos y calamares fue su sugerencia, luego pescado frito y ensalada muy típica cerró la comida. Mientras unas ligeras cervezas hicieron muy grata la estadía.
De regreso en vespertina pasaron por la iglesia donde la Virgen del Valle patrona de los insulares los recibió con cobijo y escucharon la misa que el sacerdote con sinceros mensajes de reflexión orientó hacia el perdón, hacia la reconciliación con la vida. Mensaje que parecía dedicado exclusivamente a la familia de viajeros. De allí salieron con una paz espiritual que les animó en el regreso hacia el hospedaje.
El domingo, día para regresar salieron temprano para el terminal de los ferris, verificaron y cualificaron sus capitales, adquirieron dulces y artesanías que completaron sus aspiraciones de consumo turista. También, el regreso a casa estuvo muy diferente con respecto a la ida, igualmente, transcurrió muy rápido y placentero, había llegado de nuevo la confianza y la seguridad a la pareja.
Veinticuatro años después, muy diferente le ocurrió a su tía, eterna identificada con su sobrino quien había seguido su senda por la carrera de medicina. Con mucha ansiedad planificaba el viaje para poder asistir a la graduación de su pariente que era en otro estado del país. Sin embargo, su automóvil, primer requisito para la movilización presentaba desperfectos en su panel de mando, motivado a la calidad del combustible que con mucha dificultad se conseguía. Asimismo, los negocios permanecían cerrados o, semi abiertos por lo de restricción o flexibilización del comercio gracias a la pandemia y obligatorio distanciamiento social y cuarentena por el Coronavirus. No obstante, con mucho tesón en sus tiempos libres, la tía buscaba resolver tan específicos inconvenientes que alteraban la cotidianidad y normalidad de la población. También, como profesional y docente universitario preguntaba a sus alumnos u otros doctores – ¿Qué les gustaría de regalo? y ellos, en su mayoría coincidían que fuera un koala.
Al final la tía buscó tanto y lo consiguió, compró el koala de regalo para su sobrino quien ahora es su colega como Médico Cirujano. Asimismo, este nuevo joven profesional de la medicina fue el regalo que la familia trajo en sus congéneres luego del viaje a la Isla de Margarita buscando superar el duelo de su segundo hijo, suficientemente logrado hace ya treinta años. Siendo por ello… un hijo Arcoíris.
La vida te da inesperadas sorpresas, pero también muchos y trascendentales regalos.

