Este hito histórico en la liberación del Orinoco, es uno de los episodios poco difundidos y acaecido en el marco de la campaña fluvial de Guayana
WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA
Uno de los episodios poco difundidos y acaecido en el marco de la campaña fluvial por la liberación de Guayana ocurre un 4 de julio de 1817 en Casacoima, del actual municipio homónimo en el estado Delta Amacuro, un sitio que marca un hito histórico, no solo por haber sido en Cuartel General del Libertador, donde expide importantes documentos como proclamas y circulares, sino por la hazaña donde logra salvar su vida de la persecución enemiga y lanza al mundo la visión prospectiva de mayor contundencia sobre la liberación Suramericana.
Atendiendo a su estrategia para asaltar las principales bases de operaciones, acorralar y expulsar a los españoles del Orinoco, Simón Bolívar logra construir dos flotillas y desde el apostadero de San Miguel (Hoy municipio Caroní del estado Bolívar), ordena el despliegue de las escuadrillas hacia los dos extremos del Orinoco. Una le envía al Capitán Antonio Rodríguez para atacar al apostadero del Borbón y la otra al mando del Capitán Francisco Rosendo Moreno río abajo. La primera logra pasar furtivamente de noche frente a la fortaleza de San Gabriel en Angostura, cumpliendo de manera exitosa el asalto anfibio al Borbón y una parte de la segunda, cuya misión era encontrarse con la escuadra de Brión, tiene complicaciones, lo que producirá el suceso de Casacoima.
El historiador Vicente Lecuna en el Tomo II de su obra “Crónicas razonada de las guerras de Bolívar (1950, p. 47) sostiene que el capitan Rosendo zarpó el 3 de julio por la noche de San Miguel “con diez flecheras y una cañonera bien tripuladas, se preparó para desfilar la noche frente a las fortalezas. Cinco de ellas pasaron si novedad y siguieron a las bocas del Orinoco, donde se unieron días después a la escuadrilla republicana, pero cuando intentaron pasar las restantes les hicieron fuego, y destacaron contra ellas seis lanchas cañoneras, a cargo del Capitán Ambaredes”.

Un día después, el 4 de julio el Libertador hace marchar un destacamento que diese auxilio a los buques en caso de ser atacados; y no contento con esto, fue él mismo en persona a esperar el resultado. Informado el enemigo, o bien adivinando el intento de Bolívar, desembarcó por su parte una pequeña fuerza poco más arriba de la boca del Caño, ejecutando su operación sin ser sentido, y con esto quedó falseado el destacamento por la espalda” (Felipe Larrazábal, “Vida del Libertador Simón Bolívar”. Tomo II. Madrid, España. 1925, p 86).
La flota española había partido de los Castillos de Guayana y se encontraba patrullando el área. Por lo que se trataba de un momento determinante y decisivo, pero para evitar un combate desigual, “Rosendo en vez de batirse retrocedió con sus flechera, y perseguido por las cañoneras se refugió en el caño de Boca Negra con cuatro flecheras, donde se había situado el destacamento de infantería para protegerlos en caso de retirada, y las otras dos embarcaciones, la cañonera Bolívar y la flechera Santa Bárbara, al mando del Capitán Forneau regresaron sin inconvenientes al Puerto de Tablas” (Ibídem. Lecuna. 1950, p 47-48).
Larrazábal (1925, p 86), agrega que “en la noche pasaron (sin ser sentidos) nueve embarcaciones; pero dos tuvieron que retroceder» ya puestos en alarma los españoles. La escuadra realista, que era superior, persiguió a la nuestra, la cual se vio obligada a refugiarse en el caño de Casacoima, a la orilla derecha del río”.
Enterado Bolívar de lo sucedido fue de inmediato con su Estado Mayor al caño para ordenar a la flotilla patriota que saliera al enfrentamiento, “pero en ese momento los españoles desembarcaron un pelotón de soldados y ocuparon la única salida del lugar, en la cual habían dejado las bestias Bolívar y sus compañeros y para salvarse no les quedó otro partido que atravesar a nado el estero o rebalsa del Orinoco con dirección a la casa del cuartel general, y así lo hicieron sin vacilar, siendo los últimos en salir al otro lado , el Libertador y el coronel Lara” (Ibídem. Lecuna. 1950, p 48).
Larrazábal (1925, p 86-87), acota que “Bolívar estaba con los generales Arismendi, Pedro León Torres, Soublette, Jacinto Lara, Briceño Méndez y otros jefes, a alguna distancia de la tropa, y era natural que los españoles dieran con ellos antes que con ésta. La sorpresa fué grande, tanto como inminente el riesgo. Alcanzáronse a ver los enemigos cuando tiraban a quema ropa. León Torres y dos más tuvieron espacio y buen discurso para tomar sus caballos y escaparse; Bolívar y los otros, sacados de tino, se arrojaron al estero, ocultándose en una rebalsa del Orinoco”.
Lecuna sostiene que el Capitán Rosendo no opone resistencia y le son capturadas cuatro flecheras, “pero en seguida fueron obligados a reembarcarse con pérdida, por el general P.L. Torres quien acudió en socorro de los suyos con una columna (1950, p 48). Mientras que Larrazábal añade que “la escuadrilla española, entrado en el caño de Casacoima, rindió nuestras flecheras, salvándose en tierra la tripulación” (1925, p 87).
Pero la valentía del Libertador puesta de manifiesto en uno de los momentos más cumbres, es relatada de manera pormenorizada por otro biógrafo, el historiador Alfonso Rumazo González, quien en su libro “Simón Bolívar. Biografìa” (2006, p. 174), resalta que “a la hora en que un grupo de flecherías retrocedía, acude personalmente para dirigir un golpe a fondo contra los barcos españoles. Estos atracan las embarcaciones y desembarcan infantería, logrando que los atacantes queden divididos en dos. Bolívar se encuentra en el grupo al que se le ha cortado la retirada”.

Se trata de una titánica acción donde pone a prueba su capacidad física, ya que para él y su estado mayor, “al parecer no hay salvación y caen ya las sombras de la noche. Quítase la casaca y se lanza a nado para atravesar un estero, y lo hace hundiéndose en las aguas lodosas, escondiéndose entre las malezas de la orilla, hurtando el cuerpo a posibles ataques del caimán, en una hora horrible, en que se ve, casi solo, frente a todos los enemigos y junto a la muerte. Con él nadan el general Lara y pocos más. Llegan al fin, arrastrándose entre los matorrales, hasta el trapiche de Casacoima, donde los oficiales casi no dan crédito al milagro” (Ibídem. Rumazo González. 2006, p 48). .
El heroico episodio se registra a una legua del Cuartel General en el Trapiche de Casacoima. Los lugareños afianzados en la tradición oral ubican el célebre lugar que suele alcanzar el ambiente prácticamente exacto en la estación de invierno. Larrazábal quien narra que “la noche la pasó el Libertador con sus compañeros en el estero cercano a aquel sitio donde pudo hallar una muerte sin gloria. No turbado de la fatalidad que acababa de amenazarle, les hablaba con entusiasmo y lleno de inspiración sobre sus futuras campañas, que libertarían a Cundinamarca y Quito, y que, trasladándose luego al Perú, a la tierra del sol, llevaría victoriosa hasta el Potosí la bandera de la redención” (1925, p 87-88).
Gran parte de la historiografía tradicional ha posicionado el estigma de “El Loco de Casacoima”, de una manera quizás confusa, pero peyorativa hacia la gran figura del Libertador. No obstante, historiadores más consustanciados con su temple y su grandeza lo refutan. Entre estos se encuentra Alfonso Rumazo González, quien aclara que el “El Libertador no estaba loco. Los locos carecen de lógica. Brión acaba de llegar a la boca del Orinoco con cinco flecherías, tres goletas y cinco bergantines, noticia que desconcierta a los españoles; temen quedar cortados en la retirada hacia el mar” (2006, p. 175).

Por su parte Vicente Lecuna (1950, p. 49) toma el relato del coronel Martel sobre el supuesto delirio, como una simple leyenda surgida probablemente de la angustia de este oficial, quien se preguntaba “si el Jefe Supremo estaría loco, pero ¿cuántas veces no había expresado Bolívar que su misión lo conduciría al extremo americano? La grandeza de sus ideas era la fuerza principal, y los hechos acreditaban sus capacidad para llevarlos a cabo”.
Mientras que uno de los biógrafos más cercano a los hechos como lo es Felipe Larrazábal (1925, p 87-88), nos ofrece un sustento más detallado sobre el origen de esa versión y al respecto comenta que “tales ideas, que constituían el fondo de la preocupación constante de Bolívar, parecieron entonces delirios de una imaginación enferma y tan extravagante, que el capitán Martell, que las oía, fue a decir a otro de los compañeros: “Ahora sí que estamos perdidos: el Libertador está loco”.

El Libertador había instruido las operaciones fluviales, totalmente convencido de la proximidad del Almirante Brión. En efecto, la llegada de la escuadra de Brión a las bocas del Orinoco y la noticia de la toma del Apostadero español del Borbón, cambian el panorama. Cuatro días después, el 8 de julio de 1817, la flotilla del Capitán de Navío margariteño Antonio Díaz produce una épica victoria sobre los españoles en Pagayos, quienes se ven obligados a evacuar el 17 de julio la ciudad fortificada de Angostura en los treinta buques, buscando refugio en los Castillos de la Vieja Guayana a la espera de refuerzos. Finalmente deciden abandonar estas fortalezas el 3 de agosto para ser derrotados en la batalla fluvial del Cabrián y expulsados con la más larga y hostil persecución, concluyendo el dominio realista del Orinoco e iniciando la marcha irreversible de la emancipación suramericana proclamada por Simón Bolívar en Casacoima

