MIRKO CASALE
RNCC / FOTO CORTESÍA
Amparados solo por el espíritu de aventura que caracterizaba a la familia, más un ingreso económico, tanto como suficiente, con el que se podían costear las actividades de recreación y que de seguro se reunía con imprevisión, dos compadres que eran los adultos involucrados en el viaje, muy regularmente programaban paseos y partían, rumbo a Londres. Por supuesto, que se trataba no de una visita al viejo continente, sino a una muy pequeña localidad, aledaña a la carretera que conducía a la Azulita que indicaba, la entrada a la productiva finca de la familia Alarcón Figueroa, propiedad que se ubicaba en el andino Estado Mérida.
Como es conocido, a la hora de un viaje, la salida, siempre es un arrebato y su organización muy estresante. Preparar las maletas y alimentar a los niños y adultos; sobre todo, por ir a Mérida, requería seleccionar ropa adecuada y la distancia a cubrir, que ameritaba largas horas de camino. Sin embargo, el frenesí y la energía física que vivía el cabeza de familia, superaba esos obstáculos. Por ello, cuando al fin, casi tomando un atropellado almuerzo, este se convertía, en un necesario avío, por lo de disminuir los gastos en la carretera, y se partía para el viaje.
Sin dudas, que a todos los integrantes de las dos familias que apretados en el carrito, con sólo observar el paisaje que mostraba el recorrido de la vía, era una experiencia sumamente grata. Incluso, era el tema central de las didácticas tertulias que generaban las preguntas del trío de niños que luchaban, por también participar en las conversaciones. Del mismo modo, a los adultos, tocaba asumir responsablemente el papel de responderlas.
-¡Papá, papá, miiiira si hay vacas!
Decían emocionados los niños, al observar el paisaje que brindaba la carretera.
También ocurría, que siempre a la mitad del camino, surgía el compromiso a salir la próxima vez, mucho más temprano, porque se sufría la inclemencia del calor – el carro sin aire acondicionado- y la demora generada por el pesado transporte que también, en largas colas, luchaba por llegar a su destino. Asimismo, las paradas para satisfacer necesidades fisiológicas, comprar artesanías y estirar las piernas eran tan continuas que prácticamente, consumía todo el viernes que representaba el primer día del paseo.
No obstante, el día sábado llegaba el aliciente porque ya instalados en la finca, la impresionante montaña y los recodos que conformaba el relieve del sitio, bien temprano en la mañana permitía que los niños, drenaran toda la energía acumulada del día anterior -corriendo cerro arriba y cerro abajo- bañándose en la quebrada y la impresionante, pero muy gélida cascada, que hasta al más osado, se intimidaba para atravesarla.
Mientras tanto, los adultos, salían de nuevo y aprovechaban para hacer compras en la Azulita que admitía, restaurar las provisiones de la familia anfitriona, y por supuesto, adquirir las bebidas espirituosas muy necesarias, para la celebración y sano compartir que no más llegar de vuelta, se iniciaba desde la tarde, hasta muy avanzada la noche.
-¡Epa Aquileo, traiga un michesito p’al viejo. Usted sabe que él, no toma cervezas!
Decía, un hermano al otro que recién los visitaba.
-¡También aceite, que ya se acabó¡ Gritaba. La mamá, alegre por la llegada, de apenas uno de sus nueve hijos que habían partido.
Aunque fuera muy temprano, ya los compadres empezaban a pedir sus “laticas” mientras llegaba su despacho. Cuando llegaban a la finca ya venían “como sabana en marzo” bien prendidos. Eso sí, con todo el mandado hecho y para rematar, “sin ton ni son” comenzaban a organizar la parrillada. Empero, para el día domingo aunque se hubiese hecho el más serio acuerdo entre las partes, para regresar temprano, motivado al compromiso laboral, nunca se efectuaba. Entre las causales, estaban: la resaca, el cansancio del viaje de ida y las interminables conversaciones que a última hora, siempre generan las despedidas. Al final, se terminaba saliendo más tarde de lo palabreado.
Por supuesto, ya de regreso en la noche, toda la valentía del chofer casi que desaparecía, porque evaluaba la magnitud de la decisión, pensando en posibles fallas del automotor, trancas por riesgos de accidentes en la vía y atravesar algunos tramos carreteros que a esas horas nocturnas, eran inhóspitos. Así como también, la mella en el presupuesto, lo que haría quedar como irresponsables a los niños en la escuela y los adultos en sus trabajos, para mañana que sería día lunes.
Precisamente, era en esos tramos deshabitados del camino, cuando casi toda la tripulación a bordo, se dejaba vencer por el cansancio y caía en los brazos de Morfeo, quedándose el chofer sólo, al frente del volante, con el ahora recién despierto hijo menor, quien reclinado en el puesto posterior, con sus ojos bien abiertos, fijos en la carretera, no solo brindaba su compañía, sino que también, en ciertos momentos, sin pedírselo, con sus manos, muy tiernamente brindaba, el más grato de los masajes en el cuello, a su papá el chofer que lograban sorprendentes resultados.
Evidentemente, primero la sensación era de muy grata relajación y necesario por el agotamiento que ya llegaba superando la energía del conductor y segundo como de gran cariño exprofeso entre ambos, que revitalizaban las fuerzas para continuar con el viaje. Esos sublimes momentos, jamás fueron abiertamente comentados en la familia, siendo después cuando adultos ambos lo reconocieron. El Compañerismo, es un valor en el que se cree y ayuda a sobrellevar situaciones de extrema necesidad, donde se tiene que, no solo confiar, sino también, brindar a otras personas nuestro apoyo y confidencia.
Tiempos después, ese compañerismo que el niño generó, le sirvió de mucho, en su vida profesional, no solo durante los largos y muy duros períodos de formación y entrenamiento militar-policial que tuvo, sino hasta el punto que nunca dudó en llamar a su padre, sin importar la hora, para consultar que vía carretera seleccionar, en aras de cumplir eficientemente con su misión. Asimismo, esa fortaleza le ha servido ahora al joven para obtener éxito y una personalidad muy independiente y osada a la hora de su toma de decisiones.

