La diplomacia injerencista de los Estados Unidos atenta contra la consolidación de la República de Colombia y la alianza marítima continental
WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA
En 1815 Simón Bolívar exponía al mundo su visión sobre de la República de Colombia y hacía una descripción convincente del potencial geoestratégico su creación, al decir: “La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas (en honor de este héroe de la filantropía), se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía Honda” (Simón Bolívar. Carta de Jamaica. Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2017 (digital), p. 22).
El Libertador veía en Maracaibo la capital de la que sería la nación más poderosa formada al calor de la gesta independentista, debido a su óptima ubicación geográfica entre Nueva Granada y Venezuela. En este sentido destacaba que “esta posición, aunque desconocida, es más ventajosa por todos sus respectos. Su acceso es fácil, y su situación tan fuerte que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganados, y una grande abundancia de maderas de construcción” (Ibidem. Bolívar. 2017, p. 22).
Bolívar había estudiado al detalle las inexpugnables fortalezas distribuidas a los largo de la costa de la futura república. También estaba consciente del apoyo naval recibido por España a través de las expediciones navales. Esta concepción se la trasmite a Francisco de Paula Santander como uno de los argumentos claves para la unión de estas dos naciones americanas, ya que separadas no serán suficientes para atacar y tomar la enorme cantidad de posiciones maritimas en el Caribe colombiano.
El éxito político y militar de la Republica de Colombia y su avance indetenible en la gesta emancipadora, fue expresado por el presidente James Monroe en 1820 al Congreso estadounidense, lo que haría el reconocimiento de Colombia como Estado independiente en 1822.
Un año más tarde, los Estados Unidos enviarían a su primer diplomático al continente. Se trata de Richard Anderson quien “llegó a Bogotá el 10 de diciembre de 1823, y el 17 presentó sus credenciales al Vicepresidente de Colombia, General Santander. La Gaceta de Colombia dio cuenta de la cordial recepción que tuvo Anderson, y añadió que la llegada a Bogotá del primer Ministro de los Estados Unidos producía regocijo en todos los amigos de la libertad. Anderson expresó los fervientes votos del Presidente Monroe por mantener entre los Estados Unidos y Colombia “relaciones de perfecta armonía y generosa amistad. El General Santander calificó en su respuesta a los Estados Unidos “la clásica tierra de la libertad americana” (Francisco José Urrutia. Páginas de Historia Diplomática. Los Estados Unidos de América y las Repúblicas Hispanoamericanas de 1810 a 1830. Bogotá. Imprenta Nacional. 1917, p. 298).

Así comenzaba el injerencismo con el entreguista de Santander. Enseguida, el embajador Anderson pasaría un informe a John Quincy Adams, resaltando la posición estratégica de Colombia, en donde le hace saber que “si la República de Colombia puede conservar todo el territorio que hoy le corresponde, y si goza del beneficio de un Gobierno que realmente proteja los intereses de su pueblo, está destinada a ser una de las más poderosas naciones del mundo” (Ibidem. Urrutia. 1917, p. 299).
La visión marítima del Libertador era igualmente descrita por el diplomático estadounidense, quien agregaba al respecto: “Su posición central en la superficie del globo, su situación entre el Océano Atlántico y el Pacífico, su contacto con el mar Caribe y el golfo de Méjico, la ponen en directa comunicación con cualquiera otra parte del mundo; al paso que el número y variedad de sus puertos en los mares que rodean, la magnitud y extensión de sus ríos, tres de los cuales, el Amazonas, el Orinoco y el Magdalena son de los más grandes del mundo, las comunicaciones de aquellos ríos con numerosos corrientes tributarias, que cruzan el Continente suramericano en todas direcciones y lo atraviesan por todas partes desde la circunferencia a cualquier punto de su superficie” (Ibidem. Urrutia. 1917, p. 299).
El poder que otorgaba esta privilegiada posición haría uno de los motivos para dinamitar y fracturar la consolidación de esta espléndida república, que además de ofrecer una excelente posición geográfica, añadía Anderson: “la fertilidad de su suelo; la bondad y dulzura de su clima; la profusión de sus preciosos y útiles metales, etc., etc., presenta una combinación de elementos, sin paralelo entre las razas humanas, y releva de la tacha de exageración lo dicho por el lamentado señor Torres, cuando aseveró que la República de Colombia parecía haber sido destinada por el Autor de la naturaleza para ser el centro y el imperio de la familia huma na” (Ibidem. Urrutia. 1917, p. 299-300).
El Almirante mexicano Miguel Carranza al referirse en su libro “.…Y la Independencia se consolidó en el mar” (2014, p. 147), puntualiza que “para México era especialmente interesante su alianza con Colombia porque desde sus respectivas posiciones geográficas podrían constituir una amenaza real para la isla cubana, constituyéndose en una pinza naval con posibilidades de cerrarse en el mismo cuello de la capitanía general, y eso lo temían los españoles, lo intentaban evitar los Estados Unidos y lo utilizaba Inglaterra cuyos, intereses confluían en el eje México-La Habana).
Precisamente, todo lo antes descrito es lo que hace mover los hilos diplomáticos norteamericanos para evitar a toda costa a una poderosa nación que frenara sus apetencias expansionistas. Con el mismo tenor trabajarán para boicotear y torpedear la alianza naval de México y Colombia destinada a liberar a Cuba y Puerto Rico.
Sostiene Urrutia (1917, p. 305) que en nota de Anderson el 10 de noviembre de 1825 desde Cartagena al secretario de Estado Henry Clay, este avisa: “indudablemente hay aquí preparativos para una expedición militar fuera de Colombia. Todos saben el objeto de ella, pero nadie sabe a punto fijo el lugar de su destino. Sin embargo, como las posiciones del enemigo en los mares americanos están casi restringidas a las dos islas de Cuba y Puerto Rico, no es aventurado decir que la expedición se dirigirá a alguna de ellas. Casi toda la fuerza naval de la República se halla reunida en este puerto”.

Más adelante brinda detalles sobre la fuerza naval de Colombia y al respecto acota: “con la creencia de que será satisfactorio para usted conocer con alguna precisión la extensión de esta fuerza, le incluyo un pormenor de ella, que he procurado sea lo más preciso posible. Le diré que los barcos están bien armados y bien provistos de Oficiales ingleses y norteamericanos, pero que el Gobierno se halla en dificultades para encontrar marineros” (Ibidem. Urrutia. 1917, p. 305-306).
Sobre los buques y su estado, lo hace saber en la siguiente lista: “Buques de guerra pertenecientes a la República de Colombia que se hallan ahora en la bahía de Cartagena: “La Venezuela, fragata con ocho cañones, es un barco poco valioso. “La Ceres, corbeta con 38 cañones, muy buen barco. “La Boyacá, fragata con 32 cañones, muy buena. “La Oreja, cañonero con 32 cañones”. “El Bolivar, cañonero con 12 cañones” (Ibidem. Urrutia. 1917, p. 306).
Era realmente impresionante, la información brindada por Anderson a Washington. Hasta sus movimientos eran participados al gobierno norteamericano. El 26 de enero de 1826 notifica al Secretario de Estado que ha llegado a Bogotá al cabo de seis semanas de viaje. Esta nota está fechada en la Quinta de Bolívar en la que probablemente tendría en esos días su residencia el señor Anderson” (Ibidem. Urrutia. 1917, p. 306).
Mientras Santander alababa y ofrecía todas las comodidades al ministro estadounidense para que pusiera al tanto a su gobierno. Bolívar escribía desde su residencia en la Magdalena en Lima, el 17 de febrero de 1826, al vicepresidente de Colombia, su “ardiente anhelo por la prosperidad de la América y la Asamblea del Istmo, en la que veía el complemento de estabilidad de este continente” (Sergio Guerra Vilaboy. Diario del Congreso Anfictiónico de Panamá: Cronología de sus antecedentes, desarrollo y resultados. CLACSO. Buenos Aires. 2025, p. 73).
No obstante, los Estados Unidos asumían para ese entonces, que la decisión de España de no continuar la guerra contra los pueblos de América, se debe a lo que ellos habían comunicado a Europa. Esto se puede corroborar en las instrucciones que Henry Clay dirige a los Delegados norteamericanos, el 8 de mayo de 1826, en donde les hace saber que “Después que estas dos grandes potencias marítimas (Gran Bretaña y Estados Unidos) hicieron saber a Europa continental que no miraría a favor de España, era evidente que no tendría efecto, al menos con la probabilidad de un éxito favorable. Desde aquel tiempo la Santa Alianza ha desistido de cualquiera atentado contra las Repúblicas americanas y si esta misma Alianza ha visto con disgusto (como es de creer) el progreso afortunado de aquellos Estados, tanto en la guerra como en el establecimiento de sus liberales sistemas políticos, han tenido que sufrirlo con sentimiento y en silencio” (German de La Reza. Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá. Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas. 2010, p. 112).
No obstante, la notificación agrega que “sea cual fuere la conducta de España, la acogida favorable que ha dado el Emperador de Rusia a las propuestas de Estados Unidos, con la conocida inclinación que tienen Francia y demás potencias europeas a seguir nuestro ejemplo, nos hace creer que la Santa Alianza no tomará parte en la guerra, sino que conservará su actual neutralidad. Habiendo, pues, desaparecido el peligro que nos amenazaba desde aquel punto, no existe la necesidad de una alianza ofensiva y defensiva entre las potencias americanas, la que sólo podría justificarse en el caso de la continuación de semejante peligro” (Ibidem. De la Reza. 2010, p. 113).
Esta era la excusa para impedir en el Congreso de Panamá la alianza continental. Clay reitera a sus enviados a la asamblea anfictiónica que “en las actuales circunstancias esta alianza sería más que inútil, pues sólo tendría el efecto de engendrar en el Emperador de Rusia y en sus aliados sentimientos que no debían provocarse inútilmente” (Ibidem. De la Reza. 2010, p. 113).

No conforme con esto, añaden que “otras razones median para impedir que Estados Unidos entre en esta Alianza. Desde el primer establecimiento de su actual Constitución, sus ilustres estadistas han inculcado la opinión –como una máxima de su política–que debían evitarse alianzas extranjeras” (Ibidem. De la Reza. 2010, p. 114).
La concepción antianfictiónica de los Estados Unidos, marcaba el comienzo de una diplomacia unilateralista, al tiempo que desataba una andanada de calumnias en la prensa antibolivariana para minar y desmembrar a la Republica de Colombia. Lo que trasmitía Anderson a Adams hace doscientos años, en donde asevera que “si la República de Colombia puede conservar todo el territorio que hoy le corresponde, y si goza del beneficio de un Gobierno que realmente proteja los intereses de su pueblo, está destinada a ser una de las más poderosas naciones del mundo”, es exactamente lo que evitaron y siguen atacando, la unidad y un Gobierno que realmente proteja los intereses de su pueblo.

