REVISTA PACTO
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En 2009, el historiador israelí Shlomo Sand publicó un libro que provocó terremotos en los cimientos del relato nacional judío: La invención del pueblo judío. Su tesis era tan simple como demoledora: Los judíos no comparten un origen étnico común, el exilio del año 70 d.C. fue un mito y la mayoría de las comunidades judías actuales descienden de conversos, no de antiguos hebreos desterrados. El libro se convirtió en un éxito de ventas en Israel. Los israelíes, contra todo pronóstico, querían saber la verdad.

Ahora, Sand ha publicado el segundo volumen de su trilogía: La invención de la Tierra de Israel. Y lo que revela es igual de incómodo para la narrativa oficial: si el pueblo judío fue inventado, su tierra también lo fue.

LA TIERRA QUE NUNCA FUE “SUYA”

Para el imaginario colectivo occidental, alimentado durante décadas por una lectura literal de la Biblia y por la maquinaria propagandística sionista, la “Tierra de Israel” es una entidad geográfica clara, prometida por Dios y ocupada por los judíos desde tiempos inmemoriales. Pero Sand demuestra que esta imagen no resiste el más mínimo escrutinio histórico.

La expresión “Tierra de Israel” apenas aparece en el Antiguo Testamento. El texto bíblico habla preferentemente de la “Tierra de Canaán”. Y cuando menciona “Israel”, se refiere exclusivamente al norte del territorio, a la región de Samaria. Jerusalén, Hebrón y Belén, los lugares más sagrados del judaísmo, no formaban parte del “Israel” bíblico. El famoso reino unificado de David y Salomón, ese imperio que supuestamente se extendía desde el Nilo hasta el Éufrates, es una invención posterior, una fantasía nacionalista sin el menor respaldo arqueológico.

Pero hay algo más profundo, algo que Sand señala con precisión quirúrgica: incluso si ese reino hubiera existido y Dios hubiera prometido esa tierra a los judíos, ¿qué relevancia podría tener eso dos mil años después? Ninguna otra nación en la tierra reclama territorios basándose en promesas divinas de la Edad de Bronce. Solo Israel lo hace. Y lo hace con la aquiescencia de un Occidente que jamás aceptaría un argumento similar de cualquier otro pueblo.

EL MANDATO DIVINO DEL EXTERMINIO Sand no esquiva el espinoso asunto de lo que la Biblia realmente dice sobre cómo debía ocuparse esa tierra. El relato bíblico, en la medida en que puede tomarse como fuente histórica, presenta a los antiguos hebreos como colonizadores que recibieron la orden explícita de exterminar a la población nativa:

“Destrúyelos por completo: a los hititas, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos, como el Señor tu Dios te ha mandado” (Deuteronomio 20).

Y el método era explícito: “Pasen a cuchillo a todos los hombres… En cuanto a las mujeres, los niños, el ganado y todo lo demás… podrán tomarlo como botín”.

Uno lee estos pasajes y no puede evitar un escalofrío. Porque el lenguaje es el mismo que utilizan hoy los colonos extremistas y los rabinos que justifican la matanza de niños en Gaza. La única diferencia es que entonces se llamaba “mandato divino” y ahora se llama “legítima defensa”. Pero la esencia es la misma: una teología de la conquista que justifica el exterminio del otro por el mero hecho de existir en la tierra “prometida”.

Imagínense si los amorreos, exterminados según el relato bíblico, regresaran hoy a reclamar sus tierras. La sola idea resulta absurda. Pero eso es exactamente lo que hace el sionismo: reclamar una tierra basándose en una narrativa de conquista y exterminio ocurrida hace tres mil años.

FRONTERAS VARIABLES, AMBICIONES EXPANSIVAS

Uno de los puntos más lúcidos del análisis de Sand es su demostración de que nunca ha existido un consenso sobre qué territorio constituye exactamente la “Tierra de Israel”. Existe el Estado de Israel, reconocido internacionalmente dentro de las fronteras de la Línea Verde de 1967. Pero la “Tierra de Israel” es otra cosa.

Para los sionistas más moderados, incluye Cisjordania. Para los extremistas, se extiende hasta Jordania. Y para los más ambiciosos, los que toman literalmente la promesa divina a Abraham, la tierra prometida abarca “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”, lo que incluiría partes de Turquía, Siria e Irak.

Esta ambigüedad no es accidental. Es funcional. Permite que el discurso oficial oscile entre posiciones aparentemente moderadas cuando se dirige a la comunidad internacional y posiciones maximalistas cuando se dirige a la base nacionalista. Pero todos saben hacia dónde apunta la flecha. Todos saben que, cuando se habla de “Tierra de Israel”, se habla de un territorio mucho mayor que el actual Estado de Israel. Y todos saben que la conquista de ese territorio, si se presenta la oportunidad, no encontrará objeciones teológicas entre quienes creen que Dios se lo prometió a ellos.

EL SIONISMO: UN INVENTO EVANGÉLICO

Otro de los aspectos fascinantes que Sand desvela es el origen cristiano del sionismo. En el judaísmo tradicional no existía ningún mandato de “regresar” a la Tierra de Israel. La frase ritual “el año que viene en Jerusalén”, recitada durante el Séder de Pésaj, nunca fue entendida como un llamado a la acción política, sino como una expresión de anhelo espiritual, similar a la esperanza cristiana de la Jerusalén celestial.

En el siglo XIX, quienes más ardientemente deseaban el retorno de los judíos a Palestina eran cristianos evangélicos, no judíos. Lord Shaftesbury, un aristócrata británico que dedicó su vida a mejorar las condiciones de los enfermos mentales y los niños trabajadores, fue también el mayor propagandista de la colonización judía de Palestina. Sand lo describe acertadamente como “un Theodor Herzl anglicano anterior a Herzl”. Fue Shaftesbury quien acuñó la famosa frase: “Un país sin nación para una nación sin país”. Y lo hizo décadas antes de que Herzl publicara su Estado judío.

Por supuesto, Shaftesbury esperaba que los judíos, una vez reunidos en Tierra Santa, se convirtieran al cristianismo. Su proyecto era, en última instancia, un proyecto de conversión. Pero la frase quedó. Y sería utilizada innumerables veces por el movimiento sionista, siempre omitiendo su origen y sus motivaciones reales.

Lord Palmerston, por su parte, apoyó la idea por razones geopolíticas: pensaba que una colonia de judíos británicos en Palestina aumentaría la influencia del Imperio en una región estratégica. A Palmerston no le importaban ni los judíos ni los cristianos. Le importaba el poder.

Así que el sionismo, ese movimiento que se presenta como la expresión más auténtica del nacionalismo judío, nació en realidad de la confluencia de dos corrientes: el milenarismo cristiano y el imperialismo británico. Los judíos tardarían décadas en sumarse masivamente a él, y muchos nunca lo hicieron.

EL CATALIZADOR

Sand recuerda algo que a menudo se olvida: durante siglos, cuando los judíos eran perseguidos, huían a nuevos países de inmigración como Argentina o Estados Unidos, no a la Tierra Prometida. El sionismo era un movimiento minoritario hasta bien entrado el siglo XX. La mayoría de los judíos preferían integrarse en las sociedades donde vivían, construir sus vidas allí, educar a sus hijos allí, ser enterrados allí.

Lo que hizo posible la creación del Estado de Israel no fue la promesa divina de regresar a una tierra perdida. Fue el Holocausto. Fue el horror de la exterminación nazi. Y fue, también, la negativa de las potencias occidentales a abrir sus puertas a los supervivientes. Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países prefirieron que los judíos europeos se fueran a Palestina antes que acogerlos en sus propios territorios. El Estado de Israel nació de una confluencia de catástrofes: la catástrofe europea y la catástrofe palestina, porque la creación de un Estado judío significó la expulsión de cientos de miles de palestinos.

LA NORMALIZACIÓN DE LO EXCEPCIONAL

Quizás la contribución más importante de Shlomo Sand sea su esfuerzo por “normalizar” la historia judía. Durante décadas, el discurso dominante ha presentado a los judíos como un pueblo excepcional, con una historia única, un destino único, un sufrimiento único. Esta narrativa del excepcionalismo ha servido para justificar todo tipo de políticas, desde la negación de los derechos de los palestinos hasta la intervención militar en países vecinos.

Pero Sand demuestra que la historia judía no es más excepcional que la de cualquier otro pueblo. Los judíos no comparten un origen étnico común porque no existe tal cosa como un origen étnico común en ningún pueblo. Todas las naciones son construcciones políticas, invenciones, ficciones necesarias para la cohesión social. La diferencia es que algunas naciones reconocen su carácter construido y otras prefieren creer en su propio mito.

El nacionalismo judío no es diferente del nacionalismo francés, polaco o turco. Todos ellos han inventado su propia “novela nacional”, su propio relato de orígenes, sus propias gestas heroicas. La particularidad del nacionalismo judío es que ha logrado imponer su relato con una eficacia asombrosa, convirtiendo un mito teológico-político en una verdad incuestionable para la mayoría de la opinión pública occidental.

LA AUDACIA DE DECIR LA VERDAD

Decir estas cosas requiere audacia. En un clima intelectual donde cualquier crítica a Israel es automáticamente tachada de antisemitismo, donde señalar los mitos fundacionales del sionismo equivale a una herejía, Shlomo Sand ha tenido el valor de hacer lo que los historiadores deberían hacer: contar la verdad, por incómoda que sea.

Y lo más sorprendente es que los israelíes lo han escuchado. La invención del pueblo judío fue un éxito de ventas en Israel. Los lectores israelíes, al menos una parte de ellos, están dispuestos a enfrentarse a su propia historia, a cuestionar los mitos que les han enseñado desde la infancia, a preguntarse si realmente son lo que les han dicho que son.

Eso es más de lo que puede decirse de muchos otros países. En Francia, cuestionar la “novela nacional” sigue siendo un tabú. En Estados Unidos, el excepcionalismo americano es casi una religión de estado. Pero en Israel, gracias a historiadores como Sand, hay un debate real, una confrontación honesta con el pasado.

EL PRECIO DEL MITO

Mientras tanto, en Gaza, los niños siguen muriendo. En Cisjordania, los colonos siguen quemando olivos y expulsando familias de sus tierras. En Líbano, los bombardeos israelíes siguen matando civiles. Ahora le tocó el turno a Irán y con ello, a los países del Golfo, y mediante la economía, a todos en el sur global. Y todo ello se justifica con el mismo argumento: la “Tierra de Israel”, la “promesa divina”, el “derecho histórico”.

Sand nos recuerda que esos derechos históricos son una invención. Que la tierra no fue prometida a nadie. Que los antiguos hebreos no tienen más derecho sobre Palestina que los romanos sobre Italia o los godos sobre España. Que la única base legítima para un Estado es la voluntad de sus ciudadanos, no los mitos de sus antepasados.

Mientras el mundo contempla cómo se desarrolla la guerra actual, con sus miles de muertos y sus millones de desplazados, convendría recordar las palabras de Sand. Porque detrás de cada bomba que cae sobre Gaza, detrás de cada misil que impacta en Beirut, detrás de cada niño palestino desenterrado de los escombros, hay una ideología que se alimenta de mitos. Y mientras esos mitos no sean desmontados, mientras la “Tierra de Israel” siga siendo un concepto teológico-político con capacidad de movilizar ejércitos, la paz será imposible.

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