MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA
El chat, ese recuadro blanco que parpadea al final de cada artículo, vídeo o publicación, el chat de vecinos o sobre un tema, se ha convertido en el ágora digital del siglo XXI, pero no es un ágora de sabios, sino un coliseo donde la razón suele ser la primera baja.
La pregunta fundamental no es qué opinan, sino porque sienten esa necesidad imperiosa, casi fisiológica, de hacerlo, y por qué esa necesidad deriva tan fácilmente en una pelea campal donde las trincheras se cavan con la furia de quien defiende su propia vida. La respuesta, incómoda y profunda, es que opinar en un chat no es un acto de comunicación, sino un acto de construcción del yo. No escribimos para informar al otro; escribimos para recordarnos a nosotros mismos que existimos. En un mundo saturado de estímulos algorítmicos, donde el individuo es un dato más en el océano de datos, el comentario se convierte en un grito primario que dice: «Aquí estoy, soy alguien, y mi perspectiva importa». Cada píxel de texto es un ladrillo en la frágil muralla de nuestra identidad digital, y cuando alguien osa derribar ese ladrillo con un contraargumento, no está atacando una idea, está atacando el yo.
Pero la cosa se agrava porque ese “yo” no se presenta solo; llega escoltado por su tribu. La psicología evolutiva nos arrastra a la polarización grupal; en cuanto escribimos «estoy de acuerdo» o «esto es un disparate», activamos un mecanismo de pertenencia. El chat se divide en bandos donde el objetivo ya no es explorar la verdad, sino defender el honor del equipo. La disonancia cognitiva actúa como un veneno: si el otro tiene razón, entonces yo he sido un necio al adoptar mi postura, y el ego humano prefiere la guerra antes que la humillación de la duda. Por eso las peleas suben de tono con una velocidad vertiginosa; no se discute sobre política, fútbol o cine, se discute sobre la validez de la propia existencia. Aceptar un punto de vista ajeno equivaldría a aceptar que nuestra identidad es maleable, y en la rigidez de los chats, donde la historia queda grabada para siempre, la maleabilidad se percibe como debilidad. Por eso nos enquistamos, doblando la apuesta retórica hasta el absurdo, porque rectificar duele más que persistir en el error.
Sin embargo, el combustible principal de esta hoguera de vanidades no es la convicción, sino la deshumanización que impone el medio. Frente a una pantalla, el otro pierde su rostro, su tono de voz, sus dudas y sus matices, no está. Se convierte en un avatar, en un nombre de usuario, en un enemigo abstracto al que podemos atribuirle las peores intenciones y proyectarle nuestra sombra (Jung). Leemos su texto con el sesgo de la hostilidad; interpretamos su ironía como agresión y su objeción como un insulto personal. Esta distancia tecnológica anestesia la empatía y desinhibe nuestros impulsos más reactivos. En la vida real, una discusión acalorada con un vecino suele terminar en un apretón de manos o en un silencio incómodo, pero en el chat, la falta de consecuencias físicas inmediatas nos convierte en kamikazes de la dialéctica, dispuestos a herir con la indiferencia de quien sabe que su adversario es solo un holograma. Peleamos con la ferocidad de quienes no tienen que mirar a los ojos de su víctima.
Y quizás lo más trágico y patético de todo esto es que la pelea, por intensa que sea, se libra en el terreno de la ilusión de impacto. Sabemos, en el fondo de nuestra razón, que no vamos a convencer al fanático del otro bando, que su opinión está tan enquistada como la nuestra. Pero no nos importa. El verdadero público no es el contrincante, sino los demás, esos espectadores silenciosos que leen sin participar. La discusión se convierte en una performance, en un teatro de virtuosismo verbal donde lo que está en juego no es la verdad, sino el prestigio social dentro de esa burbuja efímera. Queremos el «like» del justiciero, la validación del que asiente, la medalla de haber «callado» al troll. Es una lucha por el estatus en una jerarquía que dura lo que un suspiro, pero que, en ese instante, nos hace sentir que tenemos cierto control sobre el caos informativo. En una vida donde nuestras decisiones reales tienen poco peso sistémico, el chat nos ofrece el espejismo de ser generales de un ejército de teclados.
En definitiva, la opinión en el chat y la consiguiente pelea no son más que el síntoma de una soledad compartida y de un ego desesperado por dejar huella. No opinamos para construir puentes, sino para levantar muros donde refugiarnos de la incertidumbre. Peleamos tan fuerte porque, en el fondo, sentimos que si dejamos de opinar y de defender nuestra postura, el ruido digital nos devorará y desapareceremos en el olvido. Es una adicción a la relevancia, una danza macabra alrededor del fuego de nuestro propio reflejo. Mientras no entendamos que el chat es un espejo que deforma y no una ventana que amplía, seguiremos enredados en esta telaraña de textos furiosos, confundiendo la intensidad de la discusión con la profundidad del pensamiento, y pagando el alto precio de nuestra paz interior por un puñado de caracteres que el viento digital borrará en minutos.

