En Sanare, Bernardo Villegas Manzano y su hijo prueban que la inventiva no solo resuelve el día a día, sino que siembra las bases de otra soberanía: la del suelo, la del agua y de la vida entera

FABRICIO MARTORELLI
LA INVENTADERA / FOTOS FABRICIO MARTORELLI

Nació en la parroquia Quebrada Honda, se crio en Yacambú y vive en Pío Tamayo, las tres parroquias del municipio Andrés Eloy Blanco: “Yo soy del municipio completico”, bromea Bernardo Villegas Manzano al presentarse. Si algo siente como propio son esas lomas húmedas entre las montañas de Monte Carmelo, Sanare, estado Lara; zona cafetera donde su familia ha sembrado la tierra por generaciones.

Sus abuelos, por lado y lado, fueron caficultores, igual que su madre, su padre y sus hermanos. A los siete años ya trabajaba en viveros de café, cuando llegó la primera despulpadora manual a la casa. Antes se “raspaba” el café; ahora aparecían montones de pulpa que, al descomponerse, se volvían una tierra negrita y suelta. Esa textura despertó toda la curiosidad del niño de campo. Bernardo hizo su primer experimento: usó esa pulpa para un vivero pequeño y vio que las matas crecían más rápido y frondosas que el resto. Al año siguiente mezcló pulpa, tamo, cítricos y hojas.

“Yo no conocía esa palabra aún, pero era un compostaje lo que yo estaba haciendo”, reflexiona.

Así creció entre cafetales y preguntas, convencido de que había otras formas más allá de la agricultura convencional que se empezaba a imponer sobre las prácticas ancestrales. No fue hasta 1998 que descubrió la lombricultura en un caserío cercano. Empezó con bolsas plásticas de basura abiertas sobre el suelo, luego pasó a plásticos más grandes y después a canteros sobre cemento. Las plantas abonadas con ese humus sólido prescindían de químicos.

“No se presentaba la necesidad”, dice con la certeza de quien lo comprobó en campo.

DE PRONTO, UNA CESTA BRILLÓ

El verdadero cambio llegó por necesidad práctica. En 2006 tuvo que vender lombrices y las entregó en cestas. Decidió dejar el pie de cría allí durante la cosecha de canteros —pasaron casi dos meses— y al regresar encontró una sorpresa: el humus de las cestas tenía mejor textura, color y porosidad que el de los canteros. Las lombrices crecían más grandes y robustas.

Allí nació una decisión estratégica, ahora junto a su hijo: todo el humus sólido que saliera de ellas se destinaba exclusivamente a comprar más cestas. De las 600 iniciales pasaron a 1.700. Luego hicieron seis compras de 1.000 unidades cada una, hasta completar 7.735 cestas en producción.

La clave técnica está en el oxígeno: en los canteros tradicionales las lombrices encuentran humedad desde arriba, pero el aire entra sobre todo por la superficie. Por eso se mantienen en una franja de diez a quince centímetros de profundidad, sin aprovechar toda la masa del sustrato. El fondo, apoyado en el suelo o en el cemento, es una zona más compacta y menos oxigenada, donde microorganismos y lombrices trabajan con menor vigor.

En las cestas tienen aireación por todas sus caras, van apiladas. Las lombrices se mueven libremente —horizontal y verticalmente—. Bernardo lo explica desde la práctica: en la cesta el sustrato no se compacta, mantiene una porosidad que se nota en la mano y que luego se traduce en mejor estructura de suelo para las plantas. Los microorganismos se mantienen vivos durante los cuatro meses de proceso porque hay oxígeno entrando las veinticuatro horas del día. Cada cesta produce 15 kilos de humus sólido en cuatro meses (de 20 kilos de sustrato inicial) y medio litro semanal de humus líquido, con un reciclaje diario de agua. Si la cesta pierde humedad, las lombrices “buscan el centro”, sobreviviendo gracias a esa aireación total.

El sistema de riego cierra el círculo: re gar con 7.000 litros el lunes y, reciclando el agua enriquecida toda la semana, cosechar alrededor de 1.000 litros de humus líquido concentrado al final del ciclo. El color se va intensificando desde el inicio hasta el final. Esta característica física viene acompañada de químicas potentes. Bernardo y su hijo han formulado humus líquidos “dirigidos”, diferenciando procesos para potenciar potasio (todo el año) o fósforo (temporada de cosecha/café). Análisis en INIA Mérida, UCLA Barquisimeto e INIA Yaracuy confirman las ventajas sobre humus convencionales: el potasio llega a triplicarse (46,3%) cuando se fermenta como biol, superando ampliamente al sólido tradicional.

“Para mí es el sistema más productivo, más recomendado”, sentencia Bernardo tras años comparando ambas modalidades en campo y laboratorio.

APROVECHANDO EL “DESPERDICIO”

La caficultura les enseñó que lo que se bota es materia prima. La pregunta de Bernardo fue: ¿qué pasa si ese “resto” se convierte en sustrato para lombrices? El resultado: de un quintal de café cosechado quedan pulpa y pergamino, que mezclados y procesados en cestas generan 57 kilos de humus sólido y 180 litros de líquido —suficiente para abonar una hectárea con humus líquido y decenas de plantas con sólido—. Se recomienda un kilo de sólido por mata.

“El caficultor se ahorraría de contaminar dos veces”, explica Bernardo. Primero, al no botar residuos al río, ensuciando nacientes y quebradas. Segundo, al no comprar químicos que degradan suelo y agua.

“Hacer lo nuevo es fácil, lo difícil es dejar lo viejo”, resume, con esa chispa que ha visto resistirse en generaciones.

“El agricultor es como Santo Tomás: quiere ver para creer”, dice Bernardo. Enriquito Colmenares, pionero local fallecido en pandemia, hizo la primera prueba: dos canteros de cebollín, uno con humus y otro sin él. El primero mostró raíces abundantes (una peluca blanquita), tallos robustos y mejor sabor.

Con maíz, raíces tres veces más largas y mazorcas duplicadas o triplicadas. Con caraota, 65 kilos por cada kilo sembrado frente a 7 kilos sin humus, y 22 días más de producción. En Quíbor un invernadero pasó de 24 a 32 cortes de tomate por planta, con frutos uniformes de principio a fin.

Los estudios de laboratorio del dúo padre-hijo demuestran científicamente que su humus —sólido y líquido dirigido— supera a los métodos convencionales en nutrientes disponibles, estructura del suelo y rendimiento de cultivos, validando años de observación campesina. Son estos resultados, repetidos campaña tras campaña, los que dan sustento concreto a la agroecología que Bernardo defiende. No se trata de renunciar a lo químico por fe o moda, sino porque, en la práctica, la biología del suelo ofrece más rendimiento y más estabilidad cuando se la respeta.

Bernardo acompañó los encuentros campesinos que dieron paso a la Ley de Semillas en Venezuela, sumando su experiencia práctica a esa construcción colectiva.

CUIDAR EL SUELO COMO AL CUERPO HUMANO

Un suelo tratado con orgánicos se mantiene vivo, esponjoso, resistente, lleno de vida microscópica. Responde mejor a las sequías y a los excesos de lluvia, sostiene cosechas más abundantes y sanas. Bernardo hace la analogía con el cuerpo humano que se nutre bien y se ejercita: conserva vitalidad a través de los años. Uno abusado con químicos se agota, se compacta, envejece prematuro, pierde estructura y requiere cada vez más insumos para dar lo mismo o menos.

Donde otros ven desperdicio, ellos ven fertilidad. Donde otros temen al cambio, ellos multiplican cestas y fórmulas. Y en cada análisis, en cada raíz más larga, en cada litro concentrado, demuestran que sí es posible —y más productivo— relacionarnos con la tierra sin agotarla, regenerándola con sus propios desechos.

Insiste en que lo difícil no es hacer cosas nuevas, sino dejar de hacer las viejas. Lo ha visto en compañeros que han estudiado agroecología, se han formado, y sin embargo, siguen comprando químicos en cada ciclo de siembras. Frente a esa resistencia, él vuelve a sus cestas, a sus lombrices y a sus ensayos con productores. Allí donde alguien se anima a probar, la tierra confirma lo que lleva décadas diciéndole en silencio: que la inventiva campesina, aplicada con rigor y paciencia, es una ciencia completa, capaz de regenerar la fertilidad y de sostener otra forma de vida sobre el territorio.

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