Mientras el Golfo Pérsico se sumerge en una incertidumbre crónica, el Caribe venezolano emerge como un “Mar de Paz” y una alternativa de bajo riesgo geopolítico

OIR COJEDES – MPPCI
RNCC / FOTOS CORTESÍA

Venezuela no es solo un país con petróleo; es un continente sentado sobre una de las mayores exhalaciones de la tierra, con una realidad geológica contundente: Aproximadamente 200 billones de pies cúbicos (TCF) de reservas probadas de gas natural sitúan a la nación en una posición de privilegio que trasciende las fronteras latinoamericanas. Esta riqueza no es un dato estático, sino una potencia dinámica distribuida en yacimientos no asociados en el oriente del país y en las vastas extensiones de su plataforma continental.

Los complejos de Patao, Mejillones, Río Caribe y Dragón, junto con la Plataforma Deltana frente a la costa suroriental, configuran una franja energética cuya proximidad a las instalaciones de procesamiento de Trinidad y Tobago introduce una lógica de complementariedad casi inevitable. En 2024, las certificaciones sobre más de 50 bloques en la zona norte costera consolidaron nuevos registros que proyectan a Venezuela hacia el cuarto lugar mundial en reservas de gas. Hablamos de una disponibilidad del recurso que, en términos conservadores, alcanza los 200 años.

Como bien señala el informe del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, si Venezuela produjera al ritmo proporcional de una potencia industrializada, su volumen anual alcanzaría los 367 mil millones de metros cúbicos (BCM), una cifra que empequeñece los 24 BCM actuales. Este diferencial es la medida exacta de una capacidad de exportación que podría redefinir no solo el PIB nacional, sino el balance energético del Hemisferio Occidental.

LOS POLOS ESTRATÉGICOS

En el mapa energético venezolano destacan dos polos de atracción gravitacional: Cardón IV, en el golfo de Venezuela, y los campos del proyecto Mariscal Sucre, situados a pocos kilómetros de la Península de Paria. Es allí donde se ubican hitos como el campo Perla, en Paraguaná —el mayor hallazgo gasífero de América Latina en décadas— con reservas estimadas en 17 TCF.

Sin embargo, es el campo Dragón el que hoy simboliza la vanguardia de esta nueva era. Con 2,4 TCF en reservas y una proyección de producción escalable a 300 millones de pies cúbicos diarios, Dragón no es solo un yacimiento; es el punto de articulación de una nueva diplomacia energética donde convergen la flexibilización regulatoria y las necesidades estructurales de abastecimiento de nuestros vecinos.

EL ESPEJISMO DE ORMUZ

Para entender la urgencia del GNL venezolano, debemos levantar la mirada hacia el Este. La situación en el Golfo Pérsico durante este 2026 ha alcanzado un punto de ebullición que pone en jaque la arquitectura energética del siglo XX. El Estrecho de Ormuz, ese cuello de botella geográfico por donde fluye el GNL de Qatar hacia Europa y Asia, se ha vuelto un escenario de alta volatilidad. Las amenazas de cierre, el uso de drones marinos y la escalada de conflictos asimétricos han disparado las primas de riesgo de los fletes marítimos a niveles históricos.

De hecho, mientras escribimos este reportaje, Qatar Energy anunció ha suspendido la producción de gas natural licuado por cuestiones de seguridad, después de que dos de sus instalaciones operativas en Ras Laffan y Mesaieed, han sido atacadas, según informó la compañía este lunes.

Los bombardeos conjuntos de Israel y Estados Unidos contra Irán comenzaron el sábado, ante lo que Irán ha respondido de momento con ataques a Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin y Kuwait, entre otros países de la región.

La compañía qatarí de energía, no ha ofrecido detalles sobre los daños sufridos por sus instalaciones y se ha limitado a decir que continuará comunicando la información que tenga disponible. Sin embargo, esta interrupción ha provocado un aumento inmediato en los precios del gas en Europa (hasta un 45%) y Asia, dado que Qatar suministra aproximadamente el 20% del GNL global.

Mientras el Golfo Pérsico se sumerge en una incertidumbre crónica, el Caribe venezolano emerge como un “Mar de Paz” y una alternativa de bajo riesgo geopolítico. A diferencia de las rutas del Medio Oriente, asediadas por tensiones milenarias y bloqueos navales, el gas venezolano ofrece una ruta directa, segura y geográficamente privilegiada hacia los mercados hambrientos de energía en el Atlántico. La crisis en Ormuz ha recordado al mundo una lección dolorosa: la dependencia de una sola fuente geográfica es una vulnerabilidad estratégica. En este escenario, Venezuela se posiciona como el contrapeso necesario, el suministro “barato, rápido y seguro” que el mundo occidental necesita para desvincularse de la inestabilidad de Eurasia.

EL REORDENAMIENTO DEL CARIBE

Las recientes licencias emitidas por la OFAC (48, 49 y 50 en febrero de 2026) han creado un entorno jurídico que, aunque selectivo, habilita la reactivación de proyectos transfronterizos. Este marco permite a gigantes como BP, Shell, Chevron, Eni y Repsol operar en un ecosistema que busca reintegrar a Venezuela al mercado global.

Trinidad y Tobago es el caso de estudio más evidente. Con una industria de GNL que posee una capacidad de licuefacción cercana a los 16 BCM anuales, pero con un suministro doméstico en declive, el país insular se encuentra en una encrucijada existencial. Sus trenes de licuefacción inactivos en Atlantic LNG son la “infraestructura hambrienta” que solo el gas venezolano puede alimentar. La visión de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, ha sido meridiana: el gas es un instrumento de integración. El otorgamiento de licencias a la National Gas Company (NGC) y a Shell para el campo Dragón marca un hito de cooperación pragmática que supera años de retórica diplomática.

COLOMBIA Y LA INTERCONEXIÓN DE LOS PUEBLOS HERMANOS

Al otro lado de la frontera, el presidente Gustavo Petro ha reconocido que la seguridad energética de Colombia pasa por Caracas. Ante la disminución de su producción doméstica y los altos costos del GNL importado desde el mercado spot, la reactivación del gasoducto binacional — inactivo desde 2015 pero técnicamente recuperable— se presenta como la solución más lógica.

El ministro de Minas y Energía, Edwin Palma, tras sus encuentros en Caracas con la Presidenta Rodríguez, ha trazado una ruta que no se limita a la importación de gas, sino que aspira a una interconexión eléctrica y energética profunda. La “licencia OFAC” mencionada por Petro es solo el reconocimiento jurídico de una realidad geográfica: Colombia necesita el gas venezolano para sostener su desarrollo industrial sin disparar las tarifas domésticas.

El propio Palma destacó que estos espacios permiten construir “soluciones técnicas, sostenibles y con visión de largo plazo para garantizar un abastecimiento confiable y mayor desarrollo productivo entre los pueblos hermanos”, mientras los equipos técnicos calificaron el encuentro como un paso decisivo hacia una agenda energética conjunta basada en seguridad energética regional y cooperación estructural.

De hecho, la Presidenta encargada, Delcy Rodríguez y el presidente Gustavo Petro, podrían sostener un encuentro el próximo sábado 14 de marzo en la ciudad fronteriza de Cúcuta, jornada que sería clave para avanzar en acuerdos energéticos entre Colombia y Venezuela. El presidente Petro ha mencionado que Colombia podría abastecer de energía solar a Venezuela, mientras que, a cambio, se podría recibir gas importado más económico y agua dulce para La Guajira, consolidando así la cooperación binacional en áreas estratégicas.

Colombia enfrenta una disminución progresiva de su producción doméstica y depende crecientemente del GNL importado, mientras el gasoducto binacional, inactivo desde 2015 pero técnicamente operativo, posee una capacidad nominal de 5 BCM anuales, suficiente para cubrir gran parte de la demanda adicional prevista del país.

Sin embargo, hay que considerar que la importancia del GNL venezolano trasciende el vecindario inmediato. En el marco de la construcción de un mundo pluripolar, el control de las reservas de gas le otorga a Caracas un asiento permanente en las mesas de decisión global. Proyecciones de JP Morgan sugieren que, con la inversión adecuada, Venezuela podría no solo equilibrar los mercados regionales, sino impactar el precio global del GNL, compitiendo con proveedores tradicionales y ofreciendo una alternativa a las economías que buscan diversificar sus fuentes lejos de zonas de guerra.

El trasfondo estructural explica la convergencia de ambos vecinos hacia Caracas. Aunque América Latina y el Caribe concentran poco más del 4% de las reservas globales de gas, alrededor del 70% de ese total regional se encuentra en Venezuela, que además posee la séptima mayor reserva mundial, estimada en 6300 BCM.

El gas natural es el combustible de la transición. Mientras el petróleo sigue siendo el rey de la movilidad, el gas es el soberano de la generación eléctrica y la petroquímica. En ese sentido, podemos considerar que Venezuela es el custodio de la viabilidad económica de la región.

EL SIGLO DEL GAS VENEZOLANO

El resurgimiento del gas venezolano en 2026 no es un evento fortuito, sino la convergencia de una geología prodigiosa con una necesidad global desesperada. Mientras las aguas del Golfo Pérsico se enturbian con los tambores de guerra, las costas de Sucre y Falcón ofrecen una promesa de energía y estabilidad.

La tarea que tiene por delante el Estado venezolano es transformar este potencial subterráneo en bienestar social y soberanía tecnológica. El gas no es solo una molécula para ser quemada, es la palanca para industrializar el país, para alimentar nuestras plantas termoeléctricas y para sentar las bases de una economía que ya no dependa exclusivamente del rentismo petrolero tradicional. El futuro del GNL venezolano es, en última instancia, el futuro de la integración suramericana en un mundo que ha aprendido, por la fuerza, que la energía es la sangre de la libertad nacional.

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