ESPECIAL
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A partir de la entrevista concedida por el secretario de Energía, Chris Wright al podcast de Politico, se configura una lectura estratégica de Venezuela como un asunto prioritario en la agenda regional de la administración de Donald Trump, donde la dimensión energética aparece insertada a un cálculo geopolítico prioritario.
El secretario definió en ese momento a su visita a Venezuela como un ejercicio de diplomacia directa, al afirmar que su prioridad será “conectar directamente, cara a cara, con las personas”, tanto con las autoridades venezolanas como con los actores de la industria petrolera, subrayando la necesidad de “ver la situación sobre el terreno en Caracas” y desplazarse a los campos petroleros para observar las operaciones.
En ese énfasis en la presencia física se perfiló una voluntad de contacto que busca sustituir la abstracción de más de una década por la experiencia directa del territorio con los interlocutores directos.
En cuanto a las condiciones para atraer inversión extranjera al sector petrolero, el secretario reconoció que la reforma parcial de Ley Orgánica de Hidrocarburos “puede verse como un gesto de mejora ya desde muy temprano en esta nueva relación”.
Wright inscribió su agenda sobre Venezuela dentro de una visión más amplia sobre el papel de la energía en el orden internacional. Al reivindicar la expansión de la oferta energética global, sostiene que “más energía significa precios más bajos para los consumidores, significa más oportunidades para nuevas industrias”.
EN EL TERRENO
La llegada de Wright a Caracas y su agenda de trabajo con la presidenta (e) Delcy Rodríguez marcaron un momento de reencuadre práctico de la relación bilateral en el terreno concreto de la cooperación productiva.
En el Palacio de Miraflores, ambos anunciaron una asociación energética de largo plazo que fue presentada como una apuesta por normalizar la interacción entre dos países con una relación energética centenaria, interrumpida por ciclos políticos de alta conflictividad.
El énfasis estuvo puesto en la voluntad de superar las diferencias mediante una agenda funcional, orientada a resultados, donde la energía opera como plataforma de reconstrucción económica y de reenganche institucional.
La Presidenta Rodríguez definió el entendimiento como el “establecimiento de una asociación productiva a largo tiempo” destinada a construir una agenda energética “productiva, efectiva, beneficiosa para ambos países y complementaria”, con la expectativa de que avance “sin dificultades y sin contratiempos”.
En ese contexto, subrayó que la hoja de ruta abarca también al gas, minería y energía eléctrica, y que los equipos técnicos de ambas partes ya entraron en fase de trabajo para “avanzar lo más rápido posible”.
Se informó que el gobierno venezolano tiene proyectos eléctricos definidos para su pronta ejecución, lo que proyecta una visión de recuperación que busca recomponer la infraestructura energética como sistema integral al servicio del desarrollo nacional que en pleno régimen sancionatorio siempre fue una prioridad.
La agenda incluyó el desplazamiento conjunto a la Faja Petrolífera del Orinoco “Hugo Chávez”, con una visita a las instalaciones de la empresa mixta Petroindependencia, operada junto a Chevron.
Allí, la presidenta Rodríguez destacó la trayectoria histórica de la compañía en el país y el carácter asociativo del trabajo en curso:
“Chevron tiene más de 100 años en Venezuela y estamos haciendo un trabajo extraordinario, como socios que somos, mejorando producción, mejorando las instalaciones, la infraestructura y el mantenimiento”.
Al subrayar que la amplia mayoría de los trabajadores son venezolanos, la mandataria puso el acento en la dimensión social de la cooperación como engranaje de una industria que vuelve a ponerse en marcha con capital, tecnología y fuerza laboral nacional.
Desde el lado estadounidense, Wright expresó que no hay duda de que Chevron puede elevar su producción en el plazo inmediato en Venezuela hasta el orden de los 300 mil barriles diarios en las áreas que opera, señalando que la viabilidad técnica observada en campo respalda una expansión progresiva de la actividad.
Con base a eso, el mensaje central fue la confianza en la capacidad productiva del país cuando se articulan inversión, gestión y condiciones operativas estables.
El discurso de la Presidenta mantuvo una tonalidad de afirmación soberana sin estridencias, al insistir en que la cooperación debe desplegarse “en el marco de nuestra soberanía” y de las leyes nacionales e internacionales, pero también en una lógica de apertura pragmática.
Expresó la disposición de Venezuela a recibir inversión extranjera, incluida la estadounidense, para llevar la industria petrolera a los más altos estándares, y formuló una ambición estratégica crucial que se enfoca en pasar de ser el país con mayores reservas a convertirse en un gran productor reconocido por su desempeño efectivo.
En esa formulación hay una idea de país que con la potencia latente del subsuelo busca traducirla en capacidad productiva real, empleo, ingresos y modernización tecnológica.
El recorrido por los campos y plantas operados junto a PDVSA permitió escenificar una convergencia de intereses que ubica en el centro la noción de asociación productiva.
El trabajo técnico y la inspección de la capacidad instalada permitió anclar el discurso geopolítico en resultados tangibles. En ese tránsito, la visita se tradujo en un andamiaje de exenciones inmediatas que buscó despejar cuellos de botella operativos para que la asociación productiva anunciada pudiera desplegarse sin dilaciones, coherente con la premisa de que la atracción de capital depende de reglas claras y de seguridad jurídica, alejando las amenazas sancionatorias.
Esa coherencia se evidenció con la publicación de dos licencias generales clave del Departamento del Tesoro, que operan como instrumentos complementarios y habilitantes de la fase siguiente del entendimiento.
La Licencia General 49 autoriza a personas y empresas estadounidenses a negociar y suscribir contratos contingentes vinculados a nuevas inversiones en el sector de petróleo y gas en Venezuela, incluyendo actividades de exploración, desarrollo, producción, expansión de operaciones existentes y constitución de nuevas empresas mixtas o vehículos societarios.
Por su parte, la Licencia General 50 permite transacciones directamente relacionadas con operaciones petroleras y gasíferas en Venezuela para un grupo determinado de empresas energéticas internacionales, entre ellas Chevron, Repsol, Shell, BP y Eni, bajo un esquema de condiciones contractuales.
EL TERRENO ESTADOUNIDENSE
En el trasfondo del reenganche energético con Venezuela hay un dato estructural. Estados Unidos sigue importando volúmenes relevantes de crudo debido a la arquitectura física de su sistema energético.
La mayoría de las refinerías del Golfo de México fueron diseñadas para procesar crudos pesados y semiácidos, sobre todo el recurso venezolano, mientras que buena parte del auge del shale produce crudos ligeros y dulces; ese desajuste obliga a complementar la dieta de las refinerías con importaciones de grados más pesados procedentes, sobre todo, de Canadá, México y otros proveedores.
En términos estratégicos, mantener fuentes externas diversifica riesgos frente a huracanes, paradas de mantenimiento o interrupciones regionales y facilita la gestión de la Reserva Estratégica de Petróleo. Además, existen nichos regionales, como California, que dependen de corrientes específicas por su limitada conectividad de oleoductos.
Por eso, aun con una producción doméstica en niveles récord, la dependencia neta de importaciones se mantiene como herramienta de optimización del sistema. Por supuesto que, en este sentido, Venezuela es determinante.
Este contexto se cruza con otra tendencia relevante, pues hay una caída del número de plataformas activas en Estados Unidos, incluso cuando la producción se mantiene en máximos históricos.
En ese marco, Venezuela es primordial como complemento estructural para refinerías que requieren crudos más pesados y para una estrategia de seguridad energética que busca diversificar orígenes y amortiguar choques.
La convergencia de estos factores explica por qué, desde el lado estadounidense, la asociación productiva con Venezuela encaja en una racionalidad económica y operativa de largo plazo, más que en una lectura coyuntural de precios, como comentaba el secretario en la entrevista.
El cierre político de la visita terminó de condensar, en clave estratégica, la efectividad de una agenda que ya había mostrado resultados en el plano operativo, regulatorio y de seguridad energética. Al partir de Caracas, Wright dejó abierta la posibilidad de una visita de Trump a Venezuela, lo cual fue confirmado al día siguiente por el propio mandatario

