ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Recién inicié como docente dos cursos académicos en la prestigiosa universidad nacional experimental de los llanos Ezequiel Zamora UNELLEZ con el subproyecto Lenguaje y Comunicación, y como bien lo expresa su eslogan “la universidad que siembra” no es solo un espacio de transmisión de conocimientos, sino una comunidad epistémica donde el lenguaje y la comunicación se convierten en las herramientas fundamentales para la construcción, negociación y difusión del saber. Asimismo, ante la orientación informal de colegas quienes me recomendaron, “pon a esos muchachos a leer y escribir” inmediatamente les respondí: también hay que enseñarles a pensar.
En ese sentido, la importancia de mejorar el lenguaje y la comunicación en nuestros aprendientes es fundamental y de tipo transversal que se manifiesta en varias dimensiones clave: una de ellas está referida al lenguaje como herramienta de aprendizaje y construcción de conocimiento. Según Moyano y Blanco (2021) en la universidad, el estudiante deja de ser un receptor pasivo de información para convertirse en un productor activo de conocimiento. Esto exige dominar los lenguajes especializados (científico, técnico, humanístico) de cada disciplina.
De esta manera, se muestra cómo los estudiantes evolucionan en la construcción de conocimiento, y por lo tanto en el desarrollo del pensamiento, a través de la evolución del desarrollo de competencias discursivas.
También, el lenguaje y la comunicación son vitales para la interacción social y comunitaria. La universidad es un espacio de encuentro donde la comunicación efectiva sostiene la convivencia y la colaboración. Por ello, la capacidad de argumentar, escuchar activamente, negociar significados y dar retroalimentación constructiva es esencial para los trabajos en equipo, que son el sello de la educación superior contemporánea, permitiendo una relación con pares y docentes. Es en ese momento cuando se espera que el docente de Lenguaje y Comunicación haga gala de su asertividad y permita resolver dudas, ofrecer tutorías, y fomentar estrategias para que los estudiantes participen en seminarios y construyan redes de contacto que serán valiosas en el futuro profesional de los estudiantes.
De igual forma, las estrategias sugeridas en los contenidos del subproyecto Lenguaje y Comunicación desarrollan el pensamiento crítico y la argumentación que son el sello distintivo de la formación universitaria, igualmente, es el paso de la “opinión” al “argumento fundamentado”. Porque de fender una tesis en un seminario, exponer un proyecto ante un tribunal o participar en un debate requiere estructurar el discurso de manera lógica, manejar la retórica y sostener la atención del público. Asimismo, redactar con claridad, coherencia y cohesión son la principal vía de evaluación. Un estudiante que domina la comunicación puede demostrar su conocimiento incluso en temas complejos; quien no lo hace, frecuentemente ve penalizado su rendimiento independientemente de su dominio técnico.
El lenguaje es también un filtro de inclusión porque muchos estudiantes llegan a la universidad con trayectorias educativas diversas. Reconocer la importancia de la comunicación implica que las universidades deben ofrecer acompañamiento (talleres de escritura, centros de redacción) para nivelar las oportunidades, entendiendo que el dominio del lenguaje académico no es un “don”, sino una competencia que se enseña y se aprende.
En la universidad, se aprende a hacer lo que se dice y se dice lo que se hace. La comunicación no es un complemento de la formación, sino su esencia. Un profesional competente es aquel que no solo posee conocimientos técnicos, sino que sabe cómo indagar, cómo colaborar, cómo persuadir y cómo divulgar. Dominar el lenguaje y la comunicación en este nivel no solo determina el éxito académico (calificaciones), sino que sienta las bases para el liderazgo, la innovación y el ejercicio ético y efectivo de la ciudadanía y la profesión.
Escribe que algo queda Kotepa Delgado

