REYNALDO MUJICA MENDOZA
RNCC / FOTO CORTESÍA

Hace un par de días me hacían una entrevista para unos medios digitales. La pregunta era casi obligatoria: ¿Hacia dónde avanzará la educación universitaria frente al auge de la Inteligencia Artificial y las nuevas tecnologías de la información? Me quedé pensando un segundo y, para responderles, tuve que hacer lo que mejor sé hacer: extrapolar el asunto al campo de la investigación académica, ese terreno donde me siento como pez en el agua.

Durante décadas nos vendieron que el positivismo y su método científico eran la única verdad, pretendiendo medirlo todo con la misma regla, desde un átomo hasta el alma humana. Pero la realidad social es terca y no se deja encasillar. Por eso surgieron paradigmas como el interpretativo, que busca comprender el contexto social, y luego el socio-crítico, que no se conforma con mirar, sino que busca transformar la realidad junto a la gente.

Hoy, la comunidad científica nos habla de la “transcomplejidad” o del “paradigma holónico” como si hubiesen descubierto el agua tibia. Me perdonan, pero me suena tan forzado como el que dice “hubieron”, “haiga” o “estábanos”. A mí me parece que presentar la complejidad como una novedad es, cuanto menos, un absurdo.

Leonardo da Vinci y Arquímedes no eran “investigadores” en el sentido encasillado que nos enseñan hoy; eran polímatas. No veían fronteras entre la matemática, la física, la anatomía, el arte, la poesía o la escultura. Para ellos, el fenómeno se sentía con los sentidos antes de calcularse con la razón. Integraban el rigor del dato con la sensibilidad de la vida. No estamos inventando nada con la “transcomplejidad”, estamos volviendo a la visión de los grandes maestros que entendieron que la realidad no viene fragmentada en materias, sino que es un todo indisoluble

Esa manía de la “superespecialización” la vemos hoy hasta en la medicina. Hay profesionales que saben tanto de un área específica que terminan embrutecidos para el resto de la vida. Te encuentran un problema en el suelo pélvico, pero ignoran por completo cómo la mente influye en esa situación gineco-obstétrica. Olvidamos que la simbiosis humana es un todo. Lo que nos venden como “lo último”, ya lo coqueteaban nuestros antepasados filósofos, esos amantes de la sabiduría que saltaban de las ciencias puras a las ciencias sociales sin despeinarse.

Entonces, ¿hacia dónde vamos realmente? Vamos hacia una reforma profunda de nuestro pensum. Hay mallas curriculares que están más obsoletas que un telegrama. En el caso de Derecho, mi área, es alarmante. No es posible que un estudiante se gradúe sin hacer pasantías ni presentar una investigación para optar a grado. El “aprender haciendo” es lo único que nos curte la piel.

Yo nunca olvidaré mi primera acta como pasante en la Fiscalía. Redacté un acuerdo con toda la parafernalia académica que traía de la universidad y una secretaria, humilde pero con la sabiduría que da el barro de la práctica, me dio una lección que no estaba en los libros: “Usted va a ser abogado y no sabe que la Constitución habla de ciudadanos y ciudadanas, no de señora y señor”. Me lo dijo con sarcasmo, sí, pero me ense ñó más que mi profesor de “Contratos y Garantías”, o mi profesora de Derecho Constitucional. Necesitamos abogados que sepan de fenomenología, de historia de vidas, de investigación-acción, y no sean solo “firmadores de documentos” para la notaría, redactados con IA.

El redescubrimiento más importante no está en un software, sino en la tierra. En este camino hacia el futuro, he descubierto que el destino es volver a nuestras carreras originarias: la ingeniería agrícola, agroindustrial, la tecnología y la producción de los alimentos, lo agronómico, lo agroturístico y lo agroecológico. Estamos obligados a regresar a nuestra madre tierra, pues esa es la madre fiel que no traiciona.

Podremos desarrollar inteligencias artificiales que resuelven en segundos lo que a nosotros nos tomaría semanas, y eso está muy bien, hay que apoyarse en la tecnología. Pero la máquina no necesita comer carne ni legumbres, no come arepa con queso, no necesita cosechar trigo ni arroz, no bebe agua. Nosotros sí. Entonces, lo verdaderamente moderno, lo trascendental, es retornar a nuestras raíces y descolonizar el pensamiento.

Progreso no es llenar el mundo de cemento, cabillas y asfalto. La Pachamama no aguantaría ese ritmo neoliberal. Si queremos subsistir como especie, nuestro encuentro debe ser con lo agro-productivo, con lo sustentable. El futuro no está en la nube, sino en el surco. Vamos de vuelta al origen, que es el único lugar donde somos verdaderamente humanos.

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