ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA

Mucho antes en el sitio donde comienza la calle principal del pueblo, con aceras y brocales nuevos, luciendo su primer asfaltado y por supuesto, ganándose el epíteto de “Comunidad Consolidada” había una singular casucha muy pequeña, como sí quienes allí vivieron fueran de corta estatura, la misma, era de bahareque con techo de zinc que sólo tenía dos habitaciones y, luego del gran movimiento de tierras producto de la consolidación urbana quedó situada por un lado entre cascajos y terraplenes que intencionalmente removió el operador de la maquinaria por sugerencia de sus contratantes con su monumental y ruidoso trabajo, y por el otro, el canal de desagüe, zanjón que atraviesa la carretera principal mediante una gran alcantarilla, donde corría en verano una limpísima quebrada que venía desde lo alto del cerro, pero en invierno se convertía en una amenaza por el gran caudal de agua que por allí pasaba. Situación que año a año convertía a los ocupantes de la vivienda en los primeros y fijos damnificados de la temporada.  

Sin embargo, aunque la casita fue construida abajo, quedando marginada de las otras, literalmente era la primera casa del pueblo, su frente daba justamente hacia la vía principal, la troncal 005, eje carretero por donde circulaba la gran prosperidad nacional, por lo tanto, era muy emblemática a los ojos del gran parque automotor que por allí circulaba, quizá también, involuntariamente desmejorando la pintoresca imagen de toda la comunidad. Asimismo, por estar a la entrada del pueblo, desde su ubicación podría ser vista una y mil veces por la inmensa cantidad de personas que entraban o salían, la gran mayoría buscando el servicio de transporte público que también esperaba o descargaba sus usuarios en el mismo sector.  

Igualmente, no era difícil para muchos de los lugareños disentir y criticar la presencia de esa casucha en la entrada del pueblo. Por lo que en grupos organizados intentaron varias veces hasta por la fuerza, desalojar a la familia que allí vivía. Intentos fallidos porque el petitorio debía ser resarcido con la adjudicación de otra vivienda y ninguno de los demandantes estaban en condiciones de ofrecer, entre ellos los llamados Concejales progresistas. Igualmente, el ayuntamiento no tenía capacidad resolutiva porque apenas se estudiaba el primer proyecto urbanístico para la construcción de viviendas y ya estaban seleccionadas las familias beneficiadas. 

Asimismo, sus ocupantes cuya familia la integraban seis personas, la madre y sus cinco hijos, todos sin ir a la escuela, algunos por no tener la edad, otros por desinterés, apenas salían al pequeño patio a jugar. No había papá único, todos fueron eventuales, la mamá altamente fértil y sin planificación familiar estaba de recién maternidad y concentraba toda su atención en su última niña. Por ello, algunos vecinos misericordiosos también gente de iglesia entre semana eran quienes de vez en cuando les suministraban pequeñas raciones de alimentos y ayudaban con algunas tareas domésticas. No obstante, el cuadro de abandono por vestimenta y aseo de los niños era preocupante.  

Por ello, bajo distintos argumentos muchísimos vecinos continuaban sus demandas y presiones a través de las instituciones benéficas y de desarrollo social para intervenir y resolver la deplorable situación socio económica y de salud que vivía dicha familia, pero sólo conseguían de nuevo posicionar la problemática en el ambiente de los legisladores municipales, logrando pequeños paliativos, nunca resolviendo el problema de fondo que vivía la familia en aquella casucha que indignaba la imagen principal del pueblo.  

Cierta vez en tiempo de Semana Mayor, casualmente una tarde también de invierno donde los grises nubarrones y la fuerte brisa trastocaba los planes de la gran feligresía en cuanto a la procesión del Santo y anunciaban el gran temporal que se venía, muchos oraban para que el clima pasará y permitiera los actos religiosos. En otro lugar no tan lejos, la madre y sus niños que habitaban la casucha temerosos y rápidos se encerraron para protegerse y resguardarse del inevitable aguacero que pronto caería.  

Ya dentro y agrupados en la pequeña sala, los niños lloraban y abrazaban a su madre aterrados por el gran ruido de los truenos y los relámpagos, igualmente, producto de la iluminación y que moviéndose continuamente la llama de la lámpara de gasoil dibujaba horrorosas sombras que sólo atemorizaban más a la madre y sus niños que llorando reclamaban y todos merecían la mayor protección.  

Mientras en el cuarto contiguo la más pequeña y última niña dormía en el catre donde la dejó su madre, inconsciente del gran riesgo que por el fuego de la única lámpara encendida desde lo alto constantemente le acechaba.  

Sólo agudos y tenebrosos silbidos se escucharon cuando la fuerte brisa se colaba por los recovecos de las paredes y el techo, hasta que pudieron tumbar la lámpara que cayó lejos del catre de la niña pero su combustible sí alcanzó e impregnó las roídas sábanas hasta que las prendió, propagando un voraz incendio.  

De pronto, coincidieron tres inesperadas circunstancias; primero una gran luz que iluminó todo el pueblo, también a la casucha producto de una centella que cayó no muy lejos del lugar y segundo, una gran llamarada de fuego que llegó de la pieza vecina. Era la flama de la lámpara que ahora sobre el catre avanzaba voraz hacia la niña para lograr su lamentable propósito.  

Del mismo modo, aterradas todas las familias del pueblo, que muy juntas rezaban para que amainara la tormenta, igual lo hacía la madre con sus cuatro niños en la sala que vio al cielo mismo, cuando la brisa ya convertida en huracán desprendió el techo y un vendaval de gruesas gotas de agua, rauda y muy precisa entró sobre la desguarnecida casucha cuán oportuna llegada de los bomberos que impregnó el catre salvando a la niña que dormía. Asimismo, por instinto la madre valiente corrió hacia la pieza vecina a rescatar a su pequeña hija.  

Ya afuera, lejos del fuego toda la familia ahora segura, muy asustados y aun llorando, observaron desde lo alto del cerro de cascajos que rodeaban la casucha, como el vendaval pasaba en vuelo rasante sobre la vivienda y no contenía el fuego que por ráfagas aminoraba su impulso pero luego emergía con mucha más violencia devorando en momentos las cuatro paredes, convirtiendo muy rápido en ruinas humeantes toda la minúscula construcción.  

Al gran rato cuando escampó, las personas que se reunían en la iglesia del pueblo, más otras que salieron a curiosear los estragos de la tormenta, se encontraron con la nefasta noticia que la casucha ya no estaba, solo humo de los esquineros y horcones que sostuvieron la construcción era lo que se disipaba en el lugar.  

En grupos y con sobradas intenciones de socorro corrieron hasta la entrada del pueblo, pero ya era tarde. Sin embargo, todos se acercaron hasta la otrora familia discordante del pueblo y la llevaron hasta la iglesia para de nuevo dignificarla, pero esta vez, todos ya pensaban que había sido un verdadero milagro que estuviera sana y salva. El sacerdote, aprovechó para fortalecer sus mensajes de solidaridad y misericordia muy necesaria entre la colectividad, los cuales, en señal de redención y avergonzados inclinaron sus cabezas, reclamando el perdón.  

Tiempo después, el otrora progreso que pasaba en grandes camiones de cargas frente al pueblo, dejó de fluir, la construcción de una funcional autopista les separó, limitando su acceso al mismo, convirtiéndolo en un pueblo solo y olvidado cuan Casas Muertas de un pasado rentista que los Gobiernos de turno no lograron hacerlo sustentable llevando a la quiebra su economía. Sin embargo, las ruinas de la casucha aún se encuentran en la entrada del pueblo, ahora sí, enarbolando la situación de despojos que vive la poca población que allí se mantiene. Mientras, hoy nuevamente la iglesia llama a la celebración de la Semana Mayor a través de la radio y de forma radical cumplir las medidas de bioseguridad para mitigar el nefasto repunte en las cifras de contagios y muerte por la reincidente presencia en el país de la nueva cepa COVID-19. 

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