OLEG YASINSKY
RNCC / FOTO CORTESÍA

El gobierno estadounidense publicó un nuevo documento oficial sobre su política exterior, presentado como el ‘Corolario* Trump’: “Hoy, mi Administración reafirma con orgullo esta promesa bajo un nuevo ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe: que el pueblo estadounidense, no naciones extranjeras ni instituciones globalistas, siempre controlará su propio destino en nuestro hemisferio. La Doctrina Monroe, formulada en 1823, fue una política audaz que rechazaba la interferencia extranjera de potencias lejanas y declaraba el liderazgo de Estados Unidos en el hemisferio occidental. En los siglos transcurridos, la doctrina ha protegido al continente americano contra el comunismo, el fascismo y la intromisión extranjera, y hoy la reafirmamos como doctrina de soberanía. Revitalizada por el ‘Corolario Trump’, la Doctrina Monroe está “viva y bien”, y el liderazgo estadounidense regresa con más fuerza que nunca antes”.

Más tarde se hizo la declaración oficial de la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, que insiste en el mismo tema: “…Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y para proteger nuestro territorio y nuestro acceso a ubicaciones geográficas clave en toda la región. Nosotros les negaremos a los competidores fuera de nuestro hemisferio la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este ‘Corolario Trump’ a la doctrina Monroe es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos…”

En estos documentos podemos ver el retroceso de siglos de nuestra historia, anulando logros, sueños y anhelos de justicia para pueblos enteros y exponiéndonos a la cruda realidad de que el único derecho válido es el del más fuerte. No existe ni un solo defensor de la independencia de los países latinoamericanos para quien la doctrina Monroe no sea otra cosa que la declaración más grosera de las verdaderas pretensiones regionales de Estados Unidos.

Fidel Castro fue de los que más opinó. Para él, desde 1823, la doctrina Monroe había sido el certificado de propiedad imperial sobre el continente. En uno de sus discursos, aclaró que la doctrina Monroe constituía la carta de legitimación de todas las agresiones, intervenciones y dominaciones que Estados Unidos había practicado en América Latina.

Cuando la Organización de Estados Americanos empezó a utilizarse activamente como herramienta de lucha contra el gobierno cubano, Fidel pasó a llamar a esta organización el “Ministerio de Colonias” y sostuvo que la OEA era la aplicación práctica de la doctrina Monroe, que había nacido para servir a Estados Unidos y no a los pueblos latinoamericanos. Más adelante afirmó que, al amparo de la doctrina Monroe, Estados Unidos nunca había permitido que un pueblo latinoamericano decidiera libremente su destino.

También explicó que la doctrina Monroe había surgido declarándose en contra del colonialismo europeo, pero sólo para sustituirlo por el colonialismo estadounidense, y advirtió de forma reiterada que Estados Unidos modernizaría esa doctrina mediante el control de organismos hemisféricos, el dominio de la economía globalizada, las nuevas fuerzas militares regionales, las guerras “antiterroristas” o “antidrogas”, la presión migratoria y económica, etc. Fidel resumía que la doctrina Monroe no había muerto, sino que se transformaba, cambiando de ropaje, pero no de esencia.

Lo único novedoso de estos tiempos es que la doctrina Monroe de nuevo cambió de ropaje, volviendo a su disfraz original de intervencionismo directo, sin las abundantes e hipócritas falsedades de las décadas anteriores. En los documentos oficiales del Imperio ya no se mencionan los derechos de los pueblos a su autodeterminación y su desarrollo independiente, elementos que adornaban tanto los golpes de Estado y las intervenciones estadounidenses en todo el mundo. Es curioso que, retomando su mejor estilo retro, agresivo y amenazante, Estados Unidos. puede darse el lujo de cambiar los métodos: ya casi no necesita invasiones de los marines o golpes militares con gorilas egresados de sus academias de guerra. La nueva guerra por la independencia de los pueblos es a la vez económica, financiera, cultural, mediática y, sobre todo, tecnológica, y el resultado es mucho más eficiente. Las últimas operaciones de la doctrina Monroe están mostrando sus éxitos desde Argentina, Chile, Perú, Paraguay y Ecuador hasta Bolivia y Honduras, donde la ultraderecha, en su fiel alianza con las oligarquías locales, cumple el rol de ejércitos mercenarios en los procesos “electorales democráticos”, donde hay de todo, menos democracia y elección alguna. Podemos hablar mucho y con toda la razón sobre las divisiones y graves errores de las fuerzas antiimperialistas. Pero, en gran medida, son también producto del éxito de las operaciones cognitivas y culturales lanzadas para cumplir la doctrina Monroe. Las altas tecnologías de la comunicación, que intervienen en todo, desde los programas educativos, el tiempo de ocio y las campañas electorales hasta el conteo de votos, aseguran mejor el control político que todos los ejércitos de la OTAN juntos. Esta guerra cognitiva cultural contra la soberanía de los pueblos ha bajado tanto la sensibilidad antiimperialista de las nuevas generaciones, que el nuevo discurso de Washington hacia América Latina, que es un insulto a la historia y a la dignidad de sus pueblos, en muchos casos no genera ni molestia entre los aficionados de TikTok (aunque es chino). Por eso la doctrina Monroe de hoy se vuelve más peligrosa que nunca antes.

¿Para qué repetir hoy un discurso hecho hace más de dos siglos? ¿Será porque los mecanismos de esta doctrina fueron comprobados durante todo este tiempo y mostraron su eficacia? La doctrina Monroe fue presentada en 1823, cuando Estados Unidos recién empezaba su gran auge como la principal potencia occidental, un estatus que ahora está perdiendo. Es lógico que, si Trump pretende o promete “Hacer a América grande de nuevo”, esté tratando de retomar las huellas de su “grandeza”. Su concepto de “América para los americanos” contiene la misma grave manipulación cognitiva con la que Estados Unidos de América se adjudicó para el país y sus habitantes la denominación del continente entero. Llamar a los estadounidenses “americanos” es la aplicación práctica de la doctrina Monroe.”

“En su ‘Corolario 2025’ de la doctrina, el presidente estadounidense imita el “Corolario Roosevelt” de 1904 a la doctrina Monroe, que añadió explícitamente el derecho de Estados Unidos. a intervenir en América Latina para “prevenir desórdenes”. Trump hace una reinterpretación moderna, exigiendo impedir la presencia de potencias externas y reforzar el dominio estadounidense en el hemisferio.

El corolario de Theodore Roosevelt planteaba lo siguiente: 1) Declara que los intereses de Estados Unidos y sus “vecinos del sur” coinciden, por lo que Washington está interesado en su “estabilidad, orden y prosperidad”; 2) que, si en los países de América Latina prevalecen el estado de derecho y la justicia, esto beneficiaría a Estados Unidos; 3) se justifica la intervención si en el hemisferio “se violan los derechos de Estados Unidos o se debe prevenir la amenaza de una invasión externa”, porque “…cualquier estado… que desee preservar su libertad, su independencia, debe comprender claramente que el derecho a tal independencia no puede separarse de la responsabilidad de su uso adecuado”.

Es evidente que lo menos importante en la doctrina Monroe son América y los americanos. Igual que hace más de dos siglos, es la herramienta ideológica básica para justificar cualquier crimen que cometieron, cometen y cometerán las élites corporativas a través de su gerente general, que es el gobierno de Estados Unidos. Se equivocan los que creen que la vigencia de la doctrina de intervencionismo oficial se limita a la geografía de América Latina. La historia reciente nos enseña que los apetitos del neoliberalismo no tienen fronteras y que, aunque se baje el tono del discurso oficial estadounidense contra Rusia y China, en la política real, económica y tecnológica cotidiana, la guerra invisible contra los “competidores” del Imperio se intensifica en el Sur global, que se cansó y se niega a seguir siendo “Tercer Mundo”.

Pero tampoco es sólo una guerra contra los competidores. Es la guerra mundial contra la posibilidad de independencia, de autonomía de nuestros pueblos; es la lucha contra el futuro que, por la nula imaginación de los testaferros del sistema, se convierte en una desesperada búsqueda de las añejas recetas del pasado, como la doctrina Monroe.

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