EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA

La historia de las ciudades y los habitantes de nuestros llanos está conectada, a veces, de maneras notoriamente visibles; otras, de forma un poco más misteriosa y en algunos casos, triste. Pero en todas habita esa aura legendaria que envuelve a la llanura al atardecer.

La semana pasada recibí de mi buen amigo Argenis Méndez Echenique la buena nueva de la reapertura de la Casa de Bolívar, en San Fernando de Apure, entregada totalmente rehabilitada como parte de los esfuerzos del gobierno regional por rescatar la identidad cultural y honrar la memoria histórica.

Ya el artista plástico y escritor José Gregorio González me venía adelantando con emoción sobre estas obras, sabiendo de mi profundo afecto por esa otra casa de mi corazón como lo es San Fernando. Me explicó que ha sido un interés personal del alcalde, Yoel Lisandro Solórzano, quien se tomó como norte la restauración del esplendor del casco histórico de la ciudad, con trabajos que se extienden más allá de las paredes de la otrora casa de habitación del coronel Miguel Guerrero, donde se alojó el Libertador Simón Bolívar en 1818 durante la campaña de independencia. Por esa razón, y por su caracterización arquitectónica, fue declarada Patrimonio Histórico del estado Apure, funcionando como un referente cultural insustituible de los llanos venezolanos.

Me cuenta José Gregorio que los trabajos de restauración integral abarcaron la reparación de techos y paredes, así como la renovación completa del sistema eléctrico y la instalación de luminarias, dándole nueva vida a la vieja casona ubicada en la calle del Comercio, entre las transversales Negro Primero e Independencia, en pleno centro sanfernandino.

Ahora bien. De San Fernando de Apure vino, a finales del siglo XVII, una adinerada familia a establecerse en la entonces pujante Villa de San Carlos de Austria. Eligieron un lugar al pie del cerro, por el lado donde viene el río, al oeste del poblado, para construir una casa de alto que desde entonces tomó el nombre de sus habitantes: La Blanquera. No intuía Don José Blanco y Salazar que, un tiempo después de construir su casona, nacería su ocupante más famoso, Simón Bolívar, quien durante tres semanas de junio de 1821 se alojaría en ella junto a su Estado Mayor de cara a la batalla que se escenificaría en las sabanas de Carabobo. Por representar el estilo barroco predominante en la Colonia y por su valor único como testigo de la gesta independentista, La Blanquera fue declarada Monumento Histórico Nacional el 12 de abril de 1977, bajo la Gaceta Oficial N.º 31.212.

Sin embargo, La Blanquera y San Carlos no tienen un alcalde como el de San Fernando. Desde hace un par de décadas, el mantenimiento de la casa se ha restringido a cortar el monte y aplicar uno que otro retoque de pintura, mientras su techumbre y paredes sufren los rigores del tiempo, el impacto de las raíces en el patio y la inobjetable desidia de los gobernantes de turno.

A pesar de ufanarse de que los ingentes ingresos por concepto de tributos municipales se invierten en obras, La Blanquera es fiel reflejo de las prioridades para la alcaldía capitalina: resulta mejor gastar dinero pintando y decorando un caudal de aguas negras que reparar las paredes de nuestra casa emblemática —cuya foto, eso sí, cuidando de encuadrar el lado menos deteriorado, no puede faltar en cuanto flyer o valla promueve la “gestión” local.

Pero el alcalde no es el único responsable. San Carlos tampoco cuenta con un cronista como Argenis Méndez Echenique, historiador de dilatada obra y furibundo defensor de la identidad de su pueblo, quien se embraguetó con cuanto gobernante pasó por allí hasta lograr la dignificación de la Casa de Bolívar. El cronista de San Carlos, cuya obra de investigación histórica es mayormente desconocida, se dedica a dar paseos guiados por su propia oficina. Supongo que no es hombre del mismo talante, aunque Argenis ya ronda los 80 años.

Tampoco cuenta Cojedes con un representante del Instituto del Patrimonio Cultural que haga valer lo establecido en la Ley de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural y su legislación conexa; pues, de lo contrario, ya habría acudido a los órganos jurisdiccionales a exigir el debido cumplimiento y respeto la ley ante las autoridades regionales.

Son dos casas y dos situaciones, conectadas de alguna manera por la historia, pero con rumbos muy diferentes. Confiemos en que alguna vez converjan en lo único verdaderamente urgente: la preservación de nuestro legado para las generaciones futuras.

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