ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTOS CORTESÍA

Ese día amaneció soleado, con una tranquilidad pasmosa, el calor era más duro de lo que normalmente ocurre, y permitió que todos los actos protocolares de las instituciones fueran cumplidos por la conmemoración de los doscientos cinco años de la batalla de Carabobo. Era tan amable el día que además, un grupo significativo de la misión árbol en su magistral proclama de “Chuquisaca” sembraron muchos guardianes como la mejor muestra humanitaria de conservar el planeta, que se ahoga por la falta de oxígeno y por la indiscriminada deforestación industrial que el mundo padece.

Pero, luego en la tarde de pronto todo cambió y se conjugaron varios determinantes: una brisa fría que remolineaba en el ambiente, trajo en el cielo un numeroso grupo de pesadas nubes cargadas de agua y comenzó a oscurecer a la gran comarca Venezuela y entonces llegó la lluvia, cumpliendo el pronóstico histórico que el día de San Juan Bautista siempre es lluvioso. Por ello, soltó la máquina y se fue al garaje donde siempre le espera su chinchorro, lugar predilecto para observar como se riegan sus plantas floreadas en el pequeño jardin que cultiva.

– ¡Ay, ay, ay! Fueron los asustados gritos de su doña que desde otro espacio de la casa, interrumpieron su embelesado momento y corriendo llegó hasta él.

– ¡Está temblando…! Dijo. – ¡Sí, respondió él! Cuando sintió que el chinchorro lo corcoveaba cuan ariscos animales que montó durante la intrépida juventud que hace muchísimos años disfrutó.

De allí en adelante, inició el más dantesco periplo porque a través de las redes de internet llegarían las imágenes de varias partes del país mostrando las inimaginables y sorprendentes consecuencias: edificios derrumbados, personas desesperadas socorriendo unos a otros, a causa, no de un sismo, sino de dos, con una alta medida en su escala.

Los subsiguientes fueron días de un gran sufrimiento colectivo por el estado de desastre natural que se vivía, sin embargo, se activó una respuesta de solidaridad, no solo nacional, a través del personal de las instituciones del estado, si no internacional, con alimentos, medicamentos, rescatistas y profesionales de la salud y la seguridad, dónde los profesionales del periodismo y estudiantes universitarios destacaron con sus aportes, acciones nunca antes vista.

Al respecto Omaña manifiesta que “Cuando la tierra tiembla, habla el alma de un país. Hay días en que la tierra decide recordarles a los hombres que no son dueños del mundo, sino huéspedes de paso […] Cuando la tierra tiembla, la naturaleza no castiga, ni premia, simplemente recuerda nuestra condición humana. Porque la fuerza de un país no se mide por la magnitud del sismo que soporta, sino por la dignidad con que vuelve a ponerse de pie. Al finalizar cuando cesa el temblor y el silencio vuelve a ocupar las calles, queda una lección imposible de olvidar”.

Sin pretender ser pitoniso, ni nada por el estilo, días antes en ese mismo chinchorro, su lugar preferido, junto al jardín que siempre le regala bellas flores, había leído una obra vinculada a las fallas y placas tectónicas de la tierra que lejos de asustarle, sólo le hizo recordar la época de su vida en que no había llegado la internet y brillaban como medios de comunicación social la radio y la televisión, tema que calificó como un excelente guión para ser escuchado en la monumental voz del recordado Porfirio Torres en su inolvidable micro “Nuestro insólito universo”.

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