Analizamos el impacto producido por la especulación financiera y la quiebra de la casa bancaria Goldschmidt en el llamado a la Anfictionía Maritima en 1826
WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA
Pese a todos los informes sobre las contradicciones y el torpedeo para la consolidación de la “Marina Federal” en el Congreso de Panamá, Simón Bolívar escribe el 11 de agosto de 1826, a pocos días antes de zarpar del puerto del Callao con rumbo a Guayaquil, abrigando esperanzas en la alianza naval que frenara los intentos de recolonización europea y contuviera los deseos expansionistas de las nuevas potencias.
En esta circular que dirige ese dìa desde Lima, deja muestra de su inusitado optimismo y al respecto señala que ha “estado meditando con mucha atención sobre la liga federal y la liga militar que proponen algunos de los Estados de América”, y ya que los mexicanos quieren formar una liga militar, él era de la “opinión de que la formemos entre Colombia, Guatemala y México, que son los únicos Estados que temen ataques por parte del Norte” (Germán de La Reza. Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá. Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas. 2010, p. 206).
Afianzado en la hermandad y consciente del sacrifico para la liberación del Perú y la creación de Bolivia, expone que estos “no dejarán de auxiliar a Colombia, a causa de los servicios que le deben; y así, aun cuando no sean Partes constituyentes de esta liga, poco importa”, Bolívar no descarta los acuerdos bilaterales que se deben concluir con Guatemala y México para poner un plazo de tres o cuatro meses para que España decida si prefiere la continuación de la guerra a la paz y que “en estos cuatro meses ha de verificarse el armamento y reunión de la escuadra y ejército federal o de la liga, como lo quieran llamar” (Ibídem. De la Reza. 2010, p. 206).
Agrega el Libertador que “el ejército no bajará de 25.000 hombres; y la escuadra de treinta buques de guerra. Estos serán cuatro navíos de línea, ocho grandes fragatas, ocho fragatas menores y el resto entre corbetas, bergantines y goletas”. El mencionado plan “se fundará: 1º defender cualquiera parte de nuestras costas que sea atacada por los españoles o nuestros enemigos; 2º expedicionar contra La Habana y Puerto Rico; 3º marchar a España con mayores fuerzas, después de la toma de Puerto Rico y Cuba, si para entonces no quisieren la paz los españoles” (Ibídem. De la Reza. 2010, p. 207).
Se mostraba tan perseverante que llegó a reafirmar que “si los mexicanos y los de Guatemala quieren entrar en esta liga, creo que Vds. deben concluirla inmediatamente aun cuando no tengan instrucciones del Ejecutivo; pues yo estoy resuelto a aprobarla luego que llegue a Colombia e influir en que el Congreso la ratifique” (Ibídem. De la Reza. 2010, p. 207).

Sin embargo, el desastre administrativo y económico que recibe en Bogotá es espantoso. La especulación financiera y la corrupción de funcionarios como el Vicepresidente de Colombia Francisco de Paula Santander, dejaban en bancarrota a las finanzas de la república a través de una trama de corrupción, que termina desviando y despilfarrando el dinero de los empréstitos de la banca inglesa.
Nos referimos a la quiebra de casa bancaria Goldschmidt, la cual había afectado al presupuesto de la República, generando una grave situación que se había tratado de mantener en secreto, pero su impacto ya era inocultable, al punto que resulta una materia obligatoria en el seno del Consejo de Gobierno de Colombia, presidido por el mismo Santander, cómplice del escandaloso desvío.
Ya se encontraban casi todos los plenipotenciarios de los Estados americanos y los invitados especiales en Panamá, cuando en la sesión extraordinaria de la noche del martes 23 de mayo de 1826, se lee una comunicación de José Maria Hurtado, el ministro de Colombia en Londres, “sobre la quiebra de B. A. Goldschmidt, de la que resulta que esta casa debía al gobierno algo más de cuatrocientas mil libras esterlinas y, por consiguiente, que es muy grande la pérdida que pueden tener los fondos públicos” (Acuerdos del Consejo de Gobierno de la Republica de Colombia de 1826. Universidad Nacional de Colombia S/F. p.162).
No cabe duda que Hurtado no era solo el responsable de la mafia de corruptela, pero en la sesión se trató de echar toda la culpa al ministro colombiano. El asunto se devela cuando se aborda otro “de los puntos que toca la comunicación del ministro Hurtado y se reduce a consultar si mandará pagar cerca de quince mil libras esterlinas de intereses que no se habían cobrado a la casa de Goldschmidt por algunos de los tenedores de vales, en el dividendo de enero” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. S/F. p.162).
Ante el evidente desfalco salido al tapete con la quiebra de la denominada banca inglesa, el Vicepresidente de Colombia acude al responsable directo de la compra de los buques que él mismo había ordenado. Pero “en seguida se trató de los buques de guerra contratados con Juan Bernardo Elbers, cuyo valor aproximado de ciento sesenta mil libras esterlinas, se había mandado reservar y que el señor Hurtado supone era ya un negocio concluido, pues deduce esta suma de lo que debe la casa de Goldschmidt” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. S/F. p. 163).
Elbers era una especie de socio de Santander en los negocios del Estado colombiano. Por tal motivo, “su excelencia el vicepresidente previno al secretario de la guerra que llamara a Elbers a fin de que disponga si, supuesta la quiebra de la casa de Goldschmidt, él cumple o no lo contratado, y que esta conversación oficial se ponga por escrito” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. p. 163).
El asunto específico del jugoso negocio se refleja en el siguiente extracto: “Si bien las adquisiciones navales entre 1823 y 1826 fueron muchas y bastante diversas entre sí, podemos presentar los tres casos más ejemplares o demostrativos de los esfuerzos del Gobierno colombiano para desarrollar su marina de guerra. En primer lugar está el caso de dos grandes buques de guerra comprados a Suecia, con varios años de uso en su haber: un navío de línea y una fragata. En segundo lugar, el caso de dos poderosas fragatas compradas nuevas en Estados Unidos. Y en tercer lugar, el proyecto para construir cincuenta pailebotes cañoneros en puertos nacionales” (TN José Gregorio Maita. Poder Naval de la República de Colombia: 1823-1826. Tomo II. Armada Bolivariana – Dirección Naval de Educación. Fundación Editorial el perro y la rana. Caracas. 2022, p. 53).
La transacción de la compra de los buques de guerra que se traduce en una estafa a la nación y a la Armada colombiana, se registra en la primavera de 1825 cuando “Suecia llegó a un acuerdo con Colombia para la venta de dos buques retirados del servicio: el navío de línea Tapperheten y la fragata Af Chapman. El precio acordado era tan beneficioso, que con dicha suma Suecia podía construir dos nuevos buques de guerra” (Ibídem. Maita. 2022, p. 75).
El siguiente relato no deja dudas sobre los fondos y los responsables de este golpe al llamado a la Anfictionía Marítima “El dinero empleado por el Gobierno colombiano para esta importante adquisición naval provino del empréstito contraído en 1824 con la firma B.A. Goldschmidt & Co., de Londres, que ya explicamos anteriormente. El agente de contacto por Colombia fue Johann Bernhard Elbers, al quien ya nos hemos referido también” (Ibídem. Maita. 2022, p. 76).
Concluida la asamblea confederativa en el Istmo y su traslado a Tacubaya, México, para ratificar los tratados acordados, entre los cuales se encontraba la Convención de Contingentes y por consiguiente, la propuesta de la “Marina Federal”, el 12 de octubre de 1826, se reúne el Consejo Ordinario de Colombia, en donde “el secretario de marina dio cuenta, por orden de su excelencia, de varias comunicaciones que había dirigido al gobierno el cónsul general de Colombia en los Estados Unidos, sobre el estado que tenía el negocio de los buques suecos contratados por el mismo gobierno con Juan Bernardo Elbers, los que no habiéndose hallado conformes a la contrata de compra y venta, habían ido en virtud de un nuevo convenio a repararse en New York de cuenta del mencionado Elbers” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la Republica de Colombia de 1826. S/F. p. 209).
El coronel Leandro Palacios, primo del Libertador y cónsul de Colombia en los Estados Unidos, remite al gobierno colombiano una correspondencia en donde hace saber “que el comisionado para la reparación, Moses Isaac, dependiente de la casa de B. A. Goldschmidt, había recibido orden de dicha casa para retirarse inmediatamente a Londres sin hacer tal reparación, porque los buques eran ya del gobierno de Colombia y tocaba a él repararlos; que, en virtud de esta orden, Isaac se había ido y no había quién diera los fondos para hacer la reparación de los mencionados buques” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. S/F. p. 209).

Pero el escándalo de la corrupción administrativa y la especulación trascendía al asunto del empréstito desviado y despilfarrado, ya que los buques “hallaban embargados por todo lo que se debía a los oficiales y marineros de la tripulación, lo que ascendía a más de cien mil pesos; que si no se proveía de fondos para hacer este pago, los buques serían vendidos en pública subasta, y si pertenecían a la República, lo que aún ignoraba el cónsul Palacios, Colombia recibiría un gran perjuicio por su venta” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. S/F. p. 209).
Para tratar de evadir la responsabilidad, el Vicepresidente pidió la opinión del consejo sobre lo que ellos seguían considerando un importante negocio y en consecuencia, este cónclave fue de la “opinión de que habiéndose hecho el contrato primitivo de compra y venta de dichos buques entre el gobierno de Colombia y Juan Bernardo Elbers, sin que ni aun remotamente sonara la casa de B. A. Goldschmidt, el gobierno de ningún modo debía entenderse con dicha casa, sino con Elbers, como en efecto se había entendido, haciendo un nuevo contrato después que fue manifiesto no ser los buques de recibo, ni tener las calidades contratadas” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. S/F. p. 209-210).
De manera indolente expresaban que “nada importa el que la casa de Goldschmidt diga que los buques son ya de Colombia, pues el gobierno desconoce toda intervención de dicha casa en el mencionado contrato; que habiéndose participado a Elbers por la secretaría de marina el estado de los buques contratados y la falta probable de fondos para su reparación, a causa de la quiebra sobrevenida a la casa de Goldschmidt, se le avise de nuevo lo acaecido últimamente, según los partes del coronel Palacios, a fin de que dicte las providencias que tenga por conveniente para salvar dichos buques, evitando el que se vendan en pública subasta, por lo que se debe a los oficiales y tripulación” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. S/F. p. 210).
Pero más adelante se revela una inobjetable contradicción, ya que acuerdan que “al cónsul Palacios se le diga que puede permitir el que los mencionados buques se vendan en pública subasta, pues no son propiedad de Colombia, pero que sonando ya la casa de Goldschmidt como propietaria de dichos buques, si se vendieren en almoneda, haga el cónsul personería para que el sobrante se deposite, porque el gobierno tiene acciones contra la expresada casa de Goldschmidt” (Ibídem. Acuerdos del Consejo de Gobierno de la República de Colombia de 1826. p. 210).
Consumido y dilapidado todo el dinero del crédito en inglés, sumado al déficits fiscal y la serie de dificultades económicas que atraviesa el país, los buques comprados a Suecia en un mal estado, terminaron “vendiéndose luego en un precio muy inferior al que se había pagado por ellos originalmente” (Ibídem. Maita. 2022, p. 157).
El origen de este lucrativo negocio procede del pretexto de incrementar la flota de Colombia, cuando el 25 de mayo de 1824, el Vicepresidente Santander se dirige a la Cámara del Senado, para exponerle que “concluida la guerra en el territorio de la República, después de haber expulsado de él el último resto de enemigos que se había refugiado en Puerto Cabello, he creído que el primer deber del Gobierno, es el de convertir toda su atención a la formación de una marina militar, compatible por su fuerza con nuestros recursos” (Ibídem. Maita. 2022, p. 59).
Mientras Simón Bolívar clamaba por recursos y barcos de guerra en el Pacifico para llevar a cabo la liberación del Perú, negado en distintas oportunidades por Santander, este comunica en esa fecha al Congreso que ha “admitido y destinado al servicio un navío de sesenta cañones, y una fragata de treinta y seis que habían sido contratados en Europa por diversos agentes de la República” (Ibídem. Maita. 2022, p. 59).
Bolívar reprochará la conducta depravada de Santander, Hurtado y Zea, no solo con este, sino por varios negocios clientelares en los cuales se vieron involucrados desangrando el erario público. La especulación financiera y la quiebra de la casa bancaria Goldschmidt, es tan público y notorio que terminará afectando, no solo la credibilidad y la reputación de la República, sino también la de una poderosa Armada que había alcanzado laureles en hazañas navales, el símbolo del llamado a la Anfictionía Marítima en 1826.

