En el Congreso de Panamá se estaban gestando los códigos que reglamentarían el derecho sobre el mar, analizamos la postura de Inglaterra al respecto

WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA

Si bien Inglaterra ansiaba controlar los mares, puertos y rutas comerciales del continente Americano, desde mucho antes de la guerra de Independencia, esta potencia naval jamás dejó de estar en la mirada estratégica del Libertador, quien había sido enviado como diplomático por la Junta Suprema de Caracas en 1810 en solicitud de apoyo político y militar.

Sin embargo, Simón Bolívar no tuvo el poder de decidir sobre las relaciones de alianza internacional. Es el 4 de enero de 1814 cuando escribe desde Maracay a Sir Richard Wellesley, diplomático inglés para expresarle textualmente: “fueron desde el principio mis primeras disposiciones de enviar agentes extraordinarios cerca de S.M.B., pero he querido más bien aguardar el momento he que he juzgado asegurada nuestra suerte, para pedir la amistad y auxilios de la nación poderosa de que es Vd. un principal ornamento” (Simón Bolívar. Archivo del Libertador. Archivo General de la Nación. Documento 619).

Luego, el 27 de mayo de 1815, pero esta vez desde el exilio en Jamaica, se dirige nuevamente a Wellesley en donde asienta que “el equilibrio del universo y el interés de la Gran Bretaña, se encuentra perfectamente de acuerdo con la salvación de América” (Ibídem. Bolívar. Archivo del Libertador. Documento 1.293).

No obstante, uno de los historiadores más calificados en el tema de las armas, como lo es Guillermo García Ponce, señala en su obra “Las Armas en la Guerra de la Independencia. Colección Bicentenario” (2021, p. 160), que “en los primeros años, la tarea fue mucho más dura, por la alianza de Inglaterra con España y que en esa época, el tráfico de armas tenía no solo que burlar la persecución española, sino evadir, también, la vigilancia y el control de la escuadra y las autoridades británicas”.

La corona británica estaba comprometida con el gobierno español tras el acuerdo de la Santa Alianza en 1814, para enfrentar la invasión napoleónica a la Península. “En esas condiciones, pocas embarcaciones se atrevían a prestar sus servicios a los independientes, temiendo tanto las represalias españolas como las inglesas. Con motivo de las guerras napoleónicas, Inglaterra había ocupado la mayoría de las posesiones europeas en el Caribe, desalojando a los franceses, holandeses y daneses. Desde Barbados, la escuadra británica ejercía una considerable supremacía naval, coordinando la navegación con el pretexto de vigilar el tráfico de esclavos y armas, así como impedir las actividades de los agentes subversivos de Francia” (Ibídem. García Ponce. 2021, p. 160).

Pese a todas estas adversidades, Bolívar recibe apoyo naval y logístico del presidente de Haití, Alejandro Petion para dos expediciones marítimas sobre las costas orientales de Venezuela y con la liberación del Orinoco en agosto de 1817, el panorama cambia favorablemente. El 4 de noviembre de ese año, escribe a Páez desde Angostura para decirle que “después de la ocupación de las Guayanas vieja y nueva, nuestros negocios han tomado un aspecto más favorable. La posesión de esta importante Provincia nos ha dado una gran reputación, y ha aumentado extraordinariamente nuestra opinión entre los extranjeros, principalmente entre los ingleses, señores de las islas vecinas a este continente” (Daniel Florencio O’Leary. Memorias de O’Leary. Tomo XV. Caracas. 1881, p. 295).

No había trascurrido un mes de la liberación de Guayana, cuando los ingleses tienen noticias exactas, las cuales hace difundir en sus principales periódicos. Por eso el Libertador añade a Páez que “apenas han sabido éstos del triunfo de nuestra armas, cuando se han presentado con sus buques cargados de mercancías y efectos de todas clases y que varios negociantes de la misma nación han venido a celebrar con el Gobierno contrata de fusiles, pólvora, plomo, vestuarios y toda clase de artículos de guerra, a cambio de las producciones de nuestro país, y ya se han celebrado algunas” (Ibídem. O’Leary. Tomo XV. 1881, p. 295).

Pero Bolívar aclara más adelante, las circunstancias y las condiciones del apoyo, al revelar que a pesar de estar seguros de tener de sobras de cuantos elementos necesitan, “los medios de que se vale el Gobierno inglés para dispensar ocultamente su protección, son sus ricos comerciantes, cuando aún no es tiempo de darla públicamente” (Ibídem. O’Leary. Tomo XV. 1881, p. 295).

El 4 de noviembre de 1817, vuelve a comunicarle a Páez desde Angostura para ponerlo al tanto que por cartas particulares que ha recibido de Londres y por papeles públicos de aquella capital, está informado de las disposiciones del Gobierno inglés en nuestro favor. Una fragata de 22 caños que conduce el valor de más de cuatrocientos mil pesos en armas, municiones y vestuarios ha salido y llegado a St. Thomas y debe dirigirse a los puertos de este río. Otros cinco buques más se preparan también en Inglaterra para venir a Venezuela cargados de elementos de guerra. Si la Gran Bretaña nos suministra si quiera estos auxilios, es infalible la libertad de Venezuela y la de Nueva Granada” (Ibídem. O’Leary. Tomo XV. 1881, p. 446-447).

Una semana después, el 11 de noviembre le comunica a José Francisco Bermúdez que nuestros negocios presentan cada día un aspecto más favorable. Hoy he recibido noticias de Inglaterra. La corbeta Dos Amigos ha llegado a Margarita con armas, pertrechos y oficiales que vienen de Londres. Este es el mismo buque que nuestro agente de Londres, el señor Luis López Méndez me había anunciado debía salir en el mes de Agosto y Septiembre. Allí se preparan otras expediciones destinadas al socorro y el auxilio de Venezuela. Cuerpos enteros reclutados en Inglaterra, entre ellos uno de 700 hombres, estarán ya en el mar con destino a nuestros puertos, perfectamente armados, equipados y vestido, cuya expedición costea una casa poderosa de Londres, y cuyos gastos debemos pagar cuatro años después de reconocida la independencia de Venezuela. Si estos señores no estuvieran casi seguros de las disposiciones favorables de su Gobierno hacia nosotros no arriesgaran unas sumas tan enormes” (Ibídem. O’Leary. Tomo XV. 1881, p. 456).

Esta información también la trasmite al Almirante Brión y al resto de los generales de su Estado Mayor. A partir de allí, la correlación de fuerzas desde el punto de vista militar y logístico con respecto a España, sufre un giro determinante. De allí la percepción de Simón Bolívar para que Inglaterra fuera considerada, pese a sus intereses geopolíticos, pieza fundamental en la Anfictionía en el Istmo en Panamá.

En pleno proceso de convocatoria, el 28 de junio de 1825, increpa desde Cuzco a Santander, para decirle: “Mil veces he intentado escribir a Vd. sobre un negocio arduo, y es: nuestra federación americana no puede subsistir si no la toma bajo su protección la Inglaterra” (Sergio Guerra Vilaboy. Diario del Congreso Anfictiónico de Panamá: Cronología de sus antecedentes, desarrollo y resultados. CLACSO. Buenos Aires. 2025, p. 56).

Al analizar este asunto desde el contexto, veremos que Bolívar buscaba un equilibrio mundial en relación con las demás potencias extranjeras. Sin embargo, no dejaba de reflejar la duda, al exponer a textualmente a Santander: “no sé si sería muy conveniente si la convidásemos a una alianza defensiva y ofensiva. Esta alianza no tiene más que un inconveniente en que nos puede meter la política inglesa; pero este inconveniente es eventual y quizá remoto” (Ibídem. Guerra Vilaboy. 2025, p. 56).

Lo cierto es que el Libertador estaba tan convencido de invitar a Inglaterra que dice de manera tajante: “Por mi parte, no pienso abandonar la idea aunque nadie la apruebe” (Ibídem. Guerra Vilaboy. 2025, p. 56).

Con esta jugada magistral evitaba la pretensión del Gobierno inglès de formar una Liga con algunos gobiernos Europeos y Americanos. El 26 de mayo de 1823 le había comunicado desde Guayaquil al Mariscal Antonio José de Sucre que Inglaterra “desea formar una Liga con todos los pueblos libres de América y de Europa contra la Santa Alianza, para ponerse a la cabeza de estos pueblos y mandar al Mundo” (Rufino Blanco Fombona. Cartas de Bolívar. Editorial América. Madrid, España. 1921, p. 18).

De la misma ciudad de Guayaquil, informa el 5 de agosto de 1823 a Bernardo Monteagudo que el “gobierno de Buenos Aires entregó a Mosquera un nuevo proyecto de confederación mandado de Lisboa, para reunir en Washington un congreso de plenipotenciarios, con el designio de mantener una confederación armada contra la Santa Alianza, compuesta de España. Portugal, Grecia, Estados Unidos, México, Colombia, Haití, Buenos Aires, Chile el Perú” (Simòn Bolívar. Obras Completas. Madrid, España. 1984, p. 297).

Esa no era la visión del Libertador, pero dado a la claridad del panorama político en el hemisferio no vacilará en emitir su criterio y de manera categórica sentencia que “luego que Inglaterra se ponga a la cabeza de esta liga seremos sus humildes servidores, porque, formado una vez el pacto con el fuerte, ya es eterna la obligación del débil” (Ibídem. Bolívar. 1984, p. 297-298). Esto deja claro que la alianza formulada por Bolívar era para potenciar a los pueblos americanos y buscar un equilibrio naval y comercial que protegiera sus intereses y la soberanía de cada uno, pero jamás liderada por una potencia Europea. Desde la óptica marítima se estaban gestando los códigos que habrían de reglamentar el derecho sobre el mar y la soberanía de las nuevas naciones.

Razón tenía el Libertador al argumentar en la convocatoria que hace el 7 de diciembre de 1824, desde Lima, al exponer: “el día que nuestros Plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal…en él encontrará el plan de las primeras alianzas que trazará la marcha de nuestras relaciones con el Universo” (J.A. Cova. Bolívar y el Congreso de Panamá. S/F. p. 178).

En efecto, no existía hasta ese momento un compendio de normas y principios que rigieran los espacios marítimos en tiempo de paz ni tampoco códigos que pudieran ser aplicados en dicho espacio durante una guerra naval. De hecho, Revenga recomendaba a los Plenipotenciarios Colombianos “que se pusieran en conocimiento de todos los antecedentes sobre alianzas maritimas, ya que es probable que hayan sido reconocidas universalmente” (Ibídem. De La Reza. 2010, p.81).

Para tener una noción en torno a Inglaterra. es menester acudir a la descripción que hace el Abate de Pradt, cuyo analista político sostiene al respecto, que “en 1756 la Inglaterra atacó una flota francesa estando en paz; en 1802 hizo lo mismo con las fragatas españolas cargadas con los tesoros de Méjico; en 1803 principió la guerra apresando varios buques del comercio francés; dos veces ha atacado a Copenhague y confiscado su flota; luego vino el sistema continental, y con él el bloqueo de todas las costas de Europa, después la desavenencias sobre el valor de las garantías de los pabellones, y finalmente, la guerra de 1811 entre Inglaterra y los Estados Unidos” (Daniel Florencio O’Leary. Memorias de O’Leary. Tomo XII. Caracas. 1881, p. 219).

Con esto queda claro la necesidad de establecer un cuerpo de leyes internacionales que dieran garantía al derecho sobre el mar y a un comercio marítimo equilibrado. Al referirse al historial inglés, Pradt, expone que “con este cuadro a la vista, pide la América una definición positiva del derecho. Entretanto en una carrera sin límites que abre para ella y para los demás, quiere que todos los caminos estén señalados por puntos de reconocimientos adoptados por todo el mundo; esto es justo, y al mismo tiempo humanitario, pues en medio de paz, debe precaver disputas, y todo lo que las evita es favorable al hombre” (Ibídem. O’Leary. Tomo XII. 1881, p. 219).

Tomando en cuenta las relaciones diplomáticas con Inglaterra, posterior a lo que refleja De Pradt, y plenamente consciente, no solo del apoyo brindado, sino también del poder naval inglés, Simón Bolívar sabía que su invitación era apremiante. En carta que escribe el 17 de febrero de 1826, desde su residencia de Magdalena en Lima, a José Rafael Revenga, ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, lo confirma al decirle: “Por ahora me parece que nos dará una grande importancia y mucha respetabilidad la alianza de la Gran Bretaña, porque bajo su sombra podremos crecer, hacernos hombres, instruirnos y fortalecernos para presentarnos entre las naciones en el grado de civilización y de poder que son necesarios a un gran pueblo” (Ibídem. Guerra Vilaboy. 2025, p. 82).

No era un asunto de ingenuidad ni de favoritismo, sino lógica política y esto lo explica cuando asevera que “estas ventajas no disipan los temores de que esa poderosa nación sea en lo futuro soberana de los consejos y decisiones de la asamblea: que su voz sea la más penetrante y que su voluntad y sus intereses sean el alma de la confederación, que no se atreverá a disgustarla por no buscar ni echarse encima un enemigo irresistible. Este es, en mi concepto, el mayor peligro que hay en mezclar a una nación tan fuerte con otras tan débiles” (Ibídem. Guerra Vilaboy. 2025, p. 82).

Las instrucciones giradas por el Gobierno inglés a su representante Edward James Dawkins, darán cuenta de la percepción sobre la Confederación entre los nuevos Estados, descartando de antemano, el proyecto formulado en 1823 para formar una Liga dirigida por Inglaterra, y sobre todo, su postura ante la Anfictionía Marítima.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *