MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA

El 24 de junio de 2026 los edificios y casas colapsaron, el horror de la destrucción inmediata, miles de familias perdieron sus hogares y todavía la cifra de víctimas mortales no sabemos a ciencia cierta cuántos son. Pero cuando el polvo se asentó y el suelo dejó de moverse, comenzó otra tragedia, menos visible pero igualmente devastadora: la fractura interna de la psique individual y colectiva. No se trata solo de «estar tristes» o «asustados»; estamos ante la instalación silenciosa de lo que clínicamente puede definirse como la patología del horror a largo plazo. Patología que no se calma con frases bonitas y esperanzadoras, con discursos políticos ni rezos.

Para comprender la magnitud de esta herida, es necesario desglosar dos hechos que suelen confundirse con el miedo cotidiano: el sufrimiento emocional y la propia patología del horror.

El sufrimiento emocional no es un simple malestar pasajero. Es la experiencia profunda y multidimensional del dolor psíquico que emerge cuando el mundo interno se fractura contra una realidad que no puede ser asimilada. Es el resquebrajamiento de nuestra psique, de lo que la mantiene unida y se manifiesta en tres niveles:

• Nivel físico: opresión en el pecho, nudo en la garganta, fatiga extrema e insomnio, sensación de desvanecimiento, no control del cuerpo, anestesia física y emocional.

• Nivel psicológico: rumiación constante, incapacidad para concentrarse y pérdida del placer por las actividades que antes generaban bienestar, constante variación emotiva, rabia, desesperación, tristeza, o un “hueco emocional”.

• Nivel existencial: la sensación de que la vida ha perdido su brújula, de que los planes y sueños construidos durante años se han pulverizado junto con los edificios. La memoria es lejana, casi inexistente, el presente está vacío y el futuro parece irreal.

En Caracas y más en la Guaira, este sufrimiento se ha generalizado y se va a expandir. No es una reacción individual; es un dolor social que se respira en cada refugio, en cada cola por agua y en cada mirada perdida de quien busca entre los escombros un resto de su identidad, su familia o amigos. Y no sólo en esto, se manifiesta en los miles de hogares destrozados, en los que quedaron solos e indefensos, se manifiesta en una profunda sensación de pérdida e indefensión.

Más allá del sufrimiento en sus múltiples caras, existe un fenómeno clínico más pro fundo: la patología del horror. El horror no es lo mismo que el miedo. El miedo tiene un objeto concreto (temor a un nuevo sismo, por ejemplo); el horror es la experiencia de ser testigo de la propia aniquilación, de la aniquilación del contexto espacial, familiar y humano que te daba una seguridad ilusoria y te distraía de mirar de frente al abismo de la fragilidad humana. El horror es ese escalofrío que recorre todo tu ser cuando te ponen de cara al vacío, un monstruo indescriptible que hace añicos tu razón, te paraliza y muchas veces te lleva a la locura.

Desde la psicopatología, el horror desencadena una ruptura del «escudo protector» del yo. Normalmente, nuestra psique tiene una barrera que filtra los estímulos externos, permitiéndonos funcionar. El terremoto rompió esa barrera de golpe, inundando la mente con una dosis de realidad que no puede ser procesada ni simbolizada.

Esta saturación produce lo que llamamos patología: no es que la persona esté enferma, es que su psique se organiza en torno a la defensa contra el horror repitiendo los recuerdos para tratar de transmutarlos y no logra hacerlo. Esta patología se expresa en varios mecanismos disfuncionales:

1. La desorganización del pensamiento: la incapacidad de narrar lo sucedido de forma coherente. Las víctimas repiten fragmentos sueltos («el ruido», «el polvo», «los gritos») sin poder hilvanar una historia con principio y fin.

2. La escisión (disociación): la mente separa la memoria emocional de la memoria cognitiva. La persona sabe racionalmente que está a salvo, pero su cuerpo tiembla y suda como si el edificio siguiera cayendo. Es la fractura entre el saber y el sentir.

3. La regresión a mecanismos arcaicos: ante la impotencia, la psique retrocede a defensas primitivas: negación masiva de la realidad, somatización (enfermedades físicas sin causa orgánica) o estados de confusión similares a los de un niño perdido.

Esta patología no es un “trastorno mental”, es la consecuencia lógica de un mundo que dejó de ser ilusoriamente lógico. Es el precio que paga la cordura al ser violentada por la fuerza telúrica de la realidad.

Dentro de esta patología del horror, las emociones a veces brotan como un torrente descontrolado. Cada una de ellas es un síntoma de que el aparato psíquico está luchando por recomponerse:

Tristeza aplastante: No es nostalgia. Es una pesadez que oprime el pecho y que no se alivia con el llanto. Es el duelo por las vidas perdidas, pero también por los lugares que ya no existen y por la seguridad robada y la inmanente sensación de impotencia. Se instala como un huésped crónico que dificulta levantarse de la cama o levantar la mirada hacia el cielo.

• Rabia e ira contenida: Una furia que busca desesperadamente un rostro al que culpar. Rabia contra la naturaleza, contra las autoridades, contra los constructores, contra los que debieron prever y no lo hicieron por inmediatistas e incluso —en el silencio de la noche— rabia irracional contra los seres queridos que sí sobrevivieron o contra uno mismo por querer huir y buscar un lugar seguro. Es una ira que, si no se canaliza, termina volviéndose contra uno mismo.

• Desesperación y angustia temporal: La sensación desgarradora de que el tiempo se ha detenido y, al mismo tiempo, de que urge reconstruir todo de inmediato. Los sobrevivientes viven en una impaciencia dolorosa que agota los recursos emocionales y lleva a ataques de pánico ante la más mínima demora.

• Indefensión radical: La certeza aterradora de que, por más inteligentes o preparados que estemos, somos insignificantes frente a la fuerza telúrica. Derriba la creencia de que el esfuerzo humano puede proteger a los seres queridos, y esa verdad paraliza la voluntad.

• Desubicación total: El guaireño que recorre su ciudad ya no reconoce sus referentes. Esa esquina, esa plaza, ese edificio que servía como brújula emocional han desaparecido. La pérdida de los hitos urbanos equivale a perder una parte de la propia identidad.

• Anestesia emocional (el escudo que quema): Quizás la secuela más engañosa y peligrosa dentro de esta patología. Ante la saturación de dolor, la mente, tu inconsciente activa un mecanismo de defensa extremo: desconectar el interruptor de los sentimientos. Muchos relatan sentirse «vacíos» o «en piloto automático», incapaces de llorar. Esta apatía no es fortaleza; es un congelamiento que, si se prolonga, deriva en depresión mayor y desconexión social.

Una de las manifestaciones más cruentas de la patología del horror es el duelo por los desaparecidos. A diferencia de una muerte confirmada, la desaparición en el colapso genera lo que se denomina «pérdida ambigua». Los familiares quedan atrapados en un bucle de esperanza y desesperación. Sin certificado de defunción, el cerebro se niega a procesar la pérdida definitiva. No hay ritual de cierre. Esto bloquea las fases naturales del duelo, congelando el dolor en el tiempo e impidiendo la reorganización de la vida cotidiana.

El miedo a un nuevo sismo es una ansiedad anticipatoria sostenida. “Picado de culebra le tiene miedo al bejuco”. Nuestro inconsciente, hipersensibilizado, convierte cualquier estímulo en amenaza. El paso de un camión o el cierre de una puerta se interpretan como el preludio de otra réplica. Esta hipervigilancia mantiene el sistema nervioso en alerta máxima, agotando los recursos y generando irritabilidad y taquicardias injustificadas.

La ayuda no alcanza para cubrir la magnitud de las necesidades humanitarias. Se requieren psicólogos y psiquiatras especializados en traumas a largo plazo, y espacios no sólo donde se pueda verbalizar la rabia y la desesperación, sino el uso de herramientas efectivas y eficientes que muchos psicólogos no manejan y no saben que existen.

La patología del horror no se cura con olvido ni con frases motivacionales y esperanzadoras. Se cura permitiendo que el sufrimiento emocional no solo sea nombrado, validado y compartido, si no con herramientas efectivas además de estructuras de orden que reconstituyan una cotidianidad. Reconstruir implica entender que el verdadero escombro no es solo el cemento; es la psique fracturada de quienes vivieron y viven en el abismo aún si ahora pisan tierra. Atender esta crisis mental debe ser tan prioritario como remover los escombros, porque una ciudad no se reconstruye únicamente con cemento, sino con la recuperación de la esperanza aún si efímera y la confianza en un mañana estable aún si parece una imagen borrosa. Solo así podremos transformar la patología del horror en una narrativa de posible resiliencia, esperanza y la confianza en un mañana diferente.

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