EDUARDO MARIÑO
RNCC / FOTO CORTESÍA
“Mi marido, Osama Abu Nassar, de 25 años, fue a comprar algunas cosas necesarias para nuestro único hijo, Jawad, que tiene 1 año y 10 meses, en un lugar cerca de nuestra casa al este del campamento de Al-Maghazi”, empieza el testimonio de Wa’ad Hani Mohammad Al-Shafie, sobre lo ocurrido el pasado 19 de marzo de 2026 en el campo de refugiados de Maghazi, en Gaza.
Osama había empezado a sufrir angustia psicológica hace unas dos semanas debido a la grave tensión mental causada por las condiciones y horrores de la guerra en Gaza, así como por la escasez de alimentos y necesidades básicas.
Como resultado, Osama se dirigió hacia el este, hacia la “línea amarilla”, el límite de la ocupación israelí, “a unos 500 metros de nuestra casa, hacia las zonas controladas por las fuerzas de ocupación, mientras llevaba a nuestro pequeño hijo Jawad”.
Durante ese tiempo, los soldados apostados detrás de la línea amarilla abrieron fuego contra Osama mientras él llevaba a su pequeño hijo.
“Escuché el sonido de disparos. Entonces un pequeño dron cuadricóptero le rodeó y le ordenó por altavoz que se quitara toda la ropa excepto la ropa interior. Esto fue confirmado por testigos de nuestros vecinos y vecinos. También le ordenaron desnudar a nuestro hijo pequeño. Llegaron entonces unos cuatro soldados, lo rodearon a punta de pistola y le ordenaron que colocara a nuestro hijo Jawad en el suelo y se acercara a ellos”.

Después de eso, Osama fue detenido e interrogado en el acto.
“Durante el interrogatorio, los soldados le presionaron torturando a nuestro joven hijo Jawad, incluyendo quemar su cuerpo con colillas de cigarrillo, especialmente en las piernas, y perforarle las piernas con un clavo”.
Esto lo confirmaron los médicos del Hospital de los Mártires de Al-Aqsa en Deir al-Balah, después de que el pequeño fuera liberado y entregado por representantes de la Cruz Roja, unas 10 horas después de su detención.
“Los representantes de la Cruz Roja nos informaron de que mi marido Osama había sido detenido y que hasta ahora no habían podido visitarle”.
“Nuestro hijo Jawad sigue sufriendo dolores intensos y cicatrices en las piernas como consecuencia de la tortura que sufrió. Nuestra familia no tiene información hasta ahora sobre mi marido Osama, que sigue detenido”.
Si, estás leyendo bien. Soldados israelíes torturaron a un niño de un año y medio en Gaza, quemándole la pierna con un cigarrillo e insertándole un clavo, para presionar a su padre a que confesara.
Junto a estas líneas, hay unas fotos de los pantalones del pequeño Jawad Abu Nasser. Un pequeño trozo de tela que constituye una poderosa prueba del crimen de los elegidos de Dios, las eternas víctimas que ante el repudio global salen llorando lastimosamente, gritando “antisemitismo” como si nunca hubieran hecho algo malo en su vida.
Aquí están los pantalones de Jawad Conservan rastros de su sangre, reflejo del maltrato que sufrió. También se aprecia un orificio visible, que indica la inserción de un clavo en su piernecita, con un punto de salida claro que atraviesa tanto la piel como la tela. Ahora Jawad está en la estadística infame de pertenecer al 74% de niños palestinos que han sido torturados física y psicológicamente por los israelíes.
Afortunadamente, no está en el 46% que fue violado por soldados o colonos israelíes, ni en los más de 20 mil que fueron masacrados en Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Ni tampoco sufrió el destino de Hind Rajab, asesinado a sus seis años con 335 disparos israelíes mientras pedía un poco de harina.
He visto esta escena antes. Todos los que vivimos en esta tierra la hemos visto: El pie de un inocente atravesado por los clavos de los mismos que hoy ejecutan un genocidio en Gaza y que anuncian que van a extenderlo a Cisjordania y Líbano. Son los clavos que clavaron a Cristo, por cuanto Él mismo lo dijo: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.
Quizás esta vez los clavos no fueron ordenados por Caifás y sus secuaces, amparados en el imperio romano, pero igual ejecutado por sus descendientes, los elegidos, las eternas víctimas, amparados en un imperio igual de monstruoso y pervertido.

