En los últimos días, se han sentido numerosas réplicas del doblete sísmico del 24 de junio en la región, sin embargo, al menos por ahora, no parece haber riesgos de un evento mayor en San Carlos y sus zonas aledañas

EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
RNCC / FOTOS FUNVISIS

Tras el fatal doblete sísmico del pasado 24 de junio de 2026, la población venezolana quedó en un estado de comprensible susceptibilidad ante cualquier movimiento telúrico. En nuestra región, la atención se ha centrado con justificada alarma en la persistente ocurrencia de réplicas. Lejos de ser un fenómeno caótico o aleatorio, la ciencia nos ofrece coordenadas muy precisas sobre lo que ocurre bajo nuestros pies.

Datos aportados por la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) indican que, aproximadamente, entre el 8% y el 10% de toda la actividad post-doblete registrada en el país se mudó y concentró específicamente en un corredor estructural muy definido de nuestra geografía local. Hablamos de un enjambre que oscila entre 100 y 120 sismos, con magnitudes que van desde los 2.9 hasta los 4.6 en la escala de momento, localizado en un eje que inicia en las inmediaciones de La Sierra, desciende por la comunidad de Aminta Suárez y encuentra su mayor densidad entre las poblaciones de Agua Blanca y Apartadero.

Para una falla de carácter secundario o transversal, geográficamente alejada del epicentro principal ubicado más al norte en Yaracuy, experimentar más de un centenar de rupturas en apenas dos semanas es un indicador rotundo de algo crucial: el subsuelo de nuestra región reaccionó con una fuerza descomunal al estímulo tectónico principal.

Al evaluar el mapa resumen de sismicidad de Funvisis correspondiente al pasado 19 de julio, se aprecia con total nitidez una traza rectilínea que corta el oeste de Cojedes en dirección a Portuguesa. Allí se alinean entre 60 y 80 epicentros (representados mayoritariamente por los característicos círculos verdes pequeños que identifican a las magnitudes menores, situadas entre los 2.0 y 2.9). Si a este denso núcleo le sumamos los eventos dispersos que salpican los alrededores inmediatos del suroeste de San Carlos y las zonas rurales limítrofes, la cifra escala con facilidad al rango de los 120 sismos detectados.

EL PRELUDIO DE LA MONTAÑA

La historia geológica reciente nos demuestra que la Tierra no suele actuar sin dejar sutiles huellas en el camino. Días previos al gran zarpazo del 24 de junio, los sistemas automáticos de medición ya habían capturado al menos dos eventos significativos en las zonas aledañas a Aminta Suárez y Las Tres Personas, en el corazón del Parque Nacional Manuel Manrique Tirgua. El primero de ellos ocurrió el 16 de junio con una magnitud de 3.1, seguido por un segundo aviso el 20 de junio, que marcó 2.8.

Aquellos caseríos de alta montaña, habitualmente envueltos en la niebla y el aroma de los cafetales, terminaron convirtiéndose en los testigos silenciosos y en los primeros humanos en sentir el crujido profundo del subsuelo. Visto en retrospectiva, ese comportamiento premonitorio posee una enorme relevancia mecánica: si esa zona alta de La Sierra no hubiese comenzado a fracturarse de manera preliminar, disipando los primeros componentes de fricción, toda esa descomunal energía elástica se habría mantenido confinada de forma hermética.

Cuando una falla acumuladora se rompe tras siglos de silencio absoluto y sin una fase de ablandamiento previo, los sismos resultantes suelen ser colosales y devastadores. Esos pequeños crujidos iniciales demostraron que el sistema poseía cierta “flexibilidad” para empezar a ceder antes de la gran ruptura.

¿QUÉ VIENE AHORA?

Cuando una zona geográfica exhibe una actividad tan focalizada —con decenas de sismos pequeños antes y después de un evento principal— la geología nos sitúa ante una encrucijada teórica con dos interpretaciones contrapuestas que debemos sopesar a la luz de los modelos mecánicos de la corteza:

LA HIPÓTESIS DE LA “VÁLVULA DE ESCAPE (LIBERACIÓN CONTINUA):

Sostiene que esta sismicidad frecuente y de baja magnitud es, paradójicamente, una excelente noticia. Indica que la falla o zona de contacto no está bloqueada ni “trabada” por completo. En lugar de acumular silenciosamente un estrés tectónico que estalle de golpe en el futuro, el terreno prefiere deslizarse a través de microfracturas constantes, liberando la presión remanente de manera dosificada y segura.

LA HIPÓTESIS DE LA “TRANSFERENCIA DE ESFUERZOS” (ACUMULACIÓN Y CARGA):

Es la otra cara de la moneda. Advierte que cada pequeño sismo, aunque libera energía en su punto focal micro, transfiere inmediatamente esa tensión mecánica hacia los segmentos adyacentes de la misma estructura. Si dichos bloques contiguos se encuentran firmemente sellados, la actividad circundante podría estar “cargando” peligrosamente la zona, actuando como el preludio o la secuencia precursora de un fallo de mayor envergadura.

LAS CERTEZAS CIENTÍFICAS

Determinar con absoluta precisión matemática cuál de los dos fenómenos domina el flanco sudoccidental de Cojedes es imposible con la tecnología contemporánea, dado que no existen métodos para medir el estrés de las rocas directamente a kilómetros de profundidad. Sin embargo, la alineación vertical de círculos que se observa al suroeste de San Carlos, adentrándose en el límite con Portuguesa, nos revela tres realidades tectónicas indiscutibles:

1. ACOMODO POR DEFORMACIÓN A DISTANCIA: Aunque el epicentro del doblete se situó en Yaracuy, la ruptura principal alteró por completo el equilibrio de presiones en los sistemas interconectados. Lo que vemos es a la corteza cojedeña asimilando mecánicamente el golpe del norte.

2. ACTIVACIÓN DE UNA ESTRUCTURA TRANSVERSAL: La nube no es un patrón disperso; dibuja una línea casi perfecta en sentido nortesur. Si tomamos en cuenta que las grandes fallas del país (como la Falla de Boconó) corren preferencialmente de este a oeste, y que la propia Falla de San Carlos viene desde Orupe en esa misma orientación horizontal, esta traza vertical evidencia la activación de una falla transversal secundaria o un sistema de fallas ciegas sepultadas bajo los sedimentos del piedemonte y los llanos altos.

Que la Falla de San Carlos, que sería la principal zona de riesgo haya estado tranquila y fuera de esta nube de réplicas (a ex-cepción de la rotura ya clásica de la tubería matriz hacia la planta Elías Nazar Arroyo), ya debería llamarnos a la calma.

3. SISMICIDAD DESENCADENADA: El doblete actuó como un detonante dinámico. Las ondas sísmicas viajaron y “dispararon” una estructura vecina que ya se encontraba madura, en su límite de resistencia elástica, forzándola a iniciar su propio proceso de descompresión.

En este complejo tablero, la población de Apartadero funciona prácticamente como la “puerta de entrada” norte de la anomalía, desde donde los sismos descienden cortando el flanco oeste del municipio Anzoátegui. Al avanzar hacia el suroeste, la actividad abraza el área de Agua Blanca y las zonas rurales que conectan con Araure, justo donde el relieve montañoso de la serranía se rinde formalmente ante la llanura.

Todo el análisis mecánico nos inclina a pensar que estamos ante el escenario favorable de la “válvula de escape”.

Que el corredor Apartadero-Agua Blanca registre esta profusión de réplicas menores significa que la energía excedente del doblete se está liquidando en “cómodas cuotas”. Cada micro-sismo que ocurre bajo nuestras serranías y llanuras le resta presión a la posibilidad de un evento mayor en el futuro inmediato.

Estructuralmente hablando, es el comportamiento idóneo de una Tierra viva que prefiere doblarse y crujir mil veces despacio antes que estallar una sola vez con furia ciega. La calma debe prevalecer: lo peor de la tormenta tectónica ha quedado atrás y hoy solo asistimos al proceso natural en el que nuestro suelo cicatriza sus heridas

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