YOFRE RODRÍGUEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
La resiliencia popular, la soberanía y la autodeterminación del pueblo venezolano, son el soporte fundamental del proceso político y social venezolano denominado Revolución Bolivariana. Es un proyecto que se concibe únicamente no como una gestión gubernamental, sino como una etapa histórica de transformación continua que rescata el ideario independentista.
La Revolución Bolivariana rescata las raíces históricas y la identidad de resistencia de forma directa, la identidad del venezolano contemporáneo vinculado de forma directa con sus antecedentes históricos, su legado ancestral e independentista, apela a la sangre caribeña, al espíritu de resistencia de caciques como Guaicaipuro y la doctrina Bolivariana de soberanía para argumentar que este pueblo posee una vocación inherente de lucha ante la adversidad.
En su historia, la narrativa posiciona los últimos 27 años como la concreción del proyecto inconcluso de Simón Bolívar, adaptado al siglo XXI, donde la independencia política que obviamente se traduce en soberanía sobre los recursos naturales y las decisiones del Estado, como elemento central de este enfoque: la idea de un pueblo que se ha fortalecido a través de la prueba.
En esta idea sostiene que las sanciones económicas, las medidas coercitivas unilaterales y las presiones diplomáticas, lejos de desmantelar el proceso, funcionaron como un catalizador para la adaptación y el aprendizaje colectivo, para la cohesión más allá de la ideología y desde este punto de vista, el pueblo venezolano (incluso en sectores con inconformidades o matices ideológicas distintos) ha desarrollado una madurez política que le permite priorizar la paz social, la convivencia y la defensa de la Patria por encima de la confrontación interna.
Otros elementos como la existencia de campañas de desinformación o guerra psicológica promovidas por sectores radicales externos e internos, las cuales, según esta perspectiva, pierden eficacia a medida que la realidad tangible y los hechos se imponen en el día a día, permite la recuperación operativa, diplomacia y estabilidad, proyectando un discurso de victoria y el fortalecimiento se apoya en indicadores de recuperación progresiva en áreas claves como la Soberanía Energética y servicios, alcanzando la capacidad del Estado para recuperar el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) y estabilizar la producción de megavatios, situación que se presenta como evidencia del talento técnico nacional y la gestión soberana de la infraestructura estratégica.
También la diplomacia de paz y apertura, ha sido un factor para la reanudación de relaciones comerciales, así como el otorgamiento de licencias operativas a pesar del bloqueo, y eso se interpreta como un triunfo de la política exterior venezolana, que obligó al reconocimiento internacional de la realidad política del país.
La soberanía alimentaria y desarrollo social que se ha dado gracias a los avances en la producción nacional de alimentos, la cobertura educativa y el desarrollo científico tecnológico que son vistos como logros de un modelo social que prioriza la distribución equitativa de los recursos y la autosuficiencia.
Finalmente, destaca la labor de la dirección política en la preservación del estado de derecho y la paz social, lo que permite reconocer la sabiduría en la gestión ante situaciones adversas que se atribuye al alto mando político los cuales poseen la capacidad de mantener la gobernabilidad en entornos altamente hostiles, combinando la firmeza institucional con la flexibilidad táctica en el plano económico.
Es así que la proyección a futuro plantea que, una vez superada la fase más aguda del cerco económico, el país se encamina hacia una prosperidad sostenible basada en el esfuerzo propio, el trabajo mancomunado y la consolidación de un modelo multipolar.

