MIGUEL POSANIRNCC / FOTO CORTESÍA
Hoy por hoy, cuando escuchamos “algorit-mo”, no tenemos idea de qué es. Nos parece “algo” que calcula nos manda información según los gustos de la mayoría o pensamos en inteligencia artificial y en la temida tira continua que nos hipnotiza en TikTok. Pe-ro reducir los algoritmos a un invento del siglo XXI es como creer que la rueda nació con los carros eléctricos. Los algoritmos son mucho más antiguos, universales y huma-nos de lo que imaginamos.Nos han convencido de que los algorit-mos son entes digitales que viven en “data-centers”. Pero si hoy al despertar apagaste la alarma que te despertó, preparaste café y el desayuno, te bañaste, te vestiste y cruzas-te la calle evitando que un motorizado te atropelle, ya ejecutaste media docena de ellos. Estos patrones lógicos —tan antiguos como la humanidad— están tejidos en los actos más cotidianos. ¿Por qué son algorit-mos? Porque son secuencias diseñadas pa-ra lograr un resultado eficiente optimizan-do tiempo y recursos. Si cambias el orden (por ejemplo, vestirse antes de bañarte), el sistema colapsa y sales a la calle empapado.La palabra algoritmo comenzó a usarse en Europa en el siglo XII para referirse a los métodos de cálculo con números arábigos.En esencia, un algoritmo es un conjunto de pasos lógicos y ordenados para resolver un problema o realizar una tarea. No re-quiere chips ni pantallas, es puro pensa-miento estructurado. Como dijo el pionero informático Donald Knuth: “Los algorit-mos son a la programación lo que las rece-tas a la cocina”. Así las indicaciones preci-sas para hacer pan (“mezclar harina y agua, amasar 100 veces, hornear a fuego lento”) constituyen un algoritmo. También los sistemas incas de cuerdas con nudos que codificaban información censal y tributaria mediante secuencias eran un algoritmo físico para administrar un imperio. Los mapas con instrucciones para nave-gar entre puertos (“remar 3 días al este, gi-rar al sur al ver dos rocas gemelas”) eran al-goritmos geográficos. El querido compositor Juan Carlos Núñez diría correctamente que una partitura mu-sical es un algoritmo.Veamos un ejemplo más cotidiano, lla-mémoslo el algoritmo “Receta de la abuela para el resfriado”: 1. Té de limón con miel (1 taza cada 3 horas). 2. Gárgaras con agua salada (mañana y noche). 3. ¿Fiebre alta? Poner paños fríos en la frente y llamar al médico. La revolución digital no inventó los algo-ritmos, pero sí multiplicó su escala y veloci-dad. Lo que antes resolvía un problema lo-cal (calcular una cosecha), hoy gestiona el tráfico global de internet.La diferencia actual está en tres factores principales: • Automatización, las máquinas eje-cutan billones de operaciones por segundo.
Complejidad, un algoritmo de “ma-chine learning” puede ajustar sus propios pasos. • Impacto masivo, deciden desde cré-ditos bancarios hasta qué noticias vemos. Pero estemos atentos, si bien los algorit-mos son lógica pura, quienes los diseñan imprimen en ellos valores culturales. Un al-goritmo de contratación laboral puede ser racista si sus datos históricos son discrimi-natorios. Como advierte la matemática Cathy O’Neil, “Los algoritmos son opinio-nes encapsuladas en código”. Los algoritmos no son monstruos digita-les, sino la cristalización de nuestra inteli-gencia práctica. Cuando un niño aprende a atarse los zapatos (“hacer dos orejas, cru-zar, pasar un lazo…”), está interiorizando un algoritmo. Cuando un agricultor andino lee las nubes para predecir lluvias, aplica uno ancestral. Los algoritmos son protocolos de supervi-vencia. Antes de que existieran aplicacio-nes, la mente humana ya corría programas como “búsqueda de alimentos”, “detección de amenazas”, “búsqueda de placer”. Hasta un comportamiento obsesivo es un algorit-mo (como probar tres veces que la puerta de la casa está cerrada antes de dormir) o por ejemplo una fobia.La tecnología los llevó a otro nivel, no los inventó, Un libro de recetas es un “almacén de algoritmos”. El GPS solo digitaliza el al-goritmo que usaban los pueblos originarios con estrellas y viento. ¿Nos hacen colectivamente inteligentes? A veces, por ejemplo, cuando todos seguimos el mismo algoritmo social (ej. hacer co-la o seguir leyes de tránsito), la sociedad funciona con menos caos. Reconocerlos como herencia cultural —no solo tecnológica— nos permite:• Exigir transparencia en los que ri-gen nuestra vida digital. • Valorar el conocimiento tradicional como sistemas algorítmicos válidos. • Enseñar a las nuevas generaciones que tras cada “código” hay decisio-nes humanas. Mientras delegamos cada vez más en al-goritmos automatizados perdemos con-ciencia de que metafóricamente somos má-quinas biológicas capaces de crear algorit-mos bellamente imperfectos. Un anciano que sabe podar un árbol frutal (“cortar las ramas que crecen hacia adentro, en luna menguante…”) posee un conocimiento al-gorítmico tan válido como el de un ingenie-ro de Google. La próxima vez que un video de TikTok te atrape, recuerda: Ese algoritmo sólo es la versión híper acelerada de la misma sabimos el mismo algoritmo social (ej. hacer co-la o seguir leyes de tránsito), la sociedad funciona con menos caos. Reconocerlos como herencia cultural —no solo tecnológica— nos permite:• Exigir transparencia en los que ri-gen nuestra vida digital. • Valorar el conocimiento tradicional como sistemas algorítmicos válidos. • Enseñar a las nuevas generaciones que tras cada “código” hay decisio-nes humanas. Mientras delegamos cada vez más en al-goritmos automatizados perdemos con-ciencia de que metafóricamente somos má-quinas biológicas capaces de crear algorit-mos bellamente imperfectos. Un anciano que sabe podar un árbol frutal (“cortar las ramas que crecen hacia adentro, en luna menguante…”) posee un conocimiento al-gorítmico tan válido como el de un ingenie-ro de Google. La próxima vez que un video de TikTok te atrape, recuerda: Ese algoritmo sólo es la versión híper acelerada de la misma sabiduría que guió a los navegantes polinesios con las estrellas. En un mundo obsesionado con lo nuevo, los algoritmos nos recuerdan que la solución ordenada de problemas es tan antigua como la humanidad. ALGORITMOS HUMANOS VS. DIGITALES:¿CUÁL ES LA DIFERENCIA? Algoritmo cotidiano lo ejecuta tu cuerpo/mente. Acepta imprecisiones (“un puñado de sal”). Se adapta al contexto (“si llueve, lleva paraguas”) y es transmitido oralmen-te o por escrito.
Mientras que el algoritmo digital lo eje-cuta un chip, exige datos exactos (ej. 5.3 gramos), requiere reprogramación para adaptarse y es transmitido por código. RECOMENDACIONES:Observa tus propios algoritmos: ¿Cómo eli-ges la fruta en el mercado? ¿Qué pasos si-gues al reconciliarte? Eres un creador de có-digo inconsciente. Exijamos transparencia en los ajenos: Si un algoritmo bancario niega tu tarjeta de crédito, tienes derecho a saber su «receta». Como ciudadanos, debemos auditar estas recetas colectivas. En un mundo obsesionado con la IA, re-cordemos las palabras del antropólogo Da-vid Graeber: “Toda cultura es un catálogo de algoritmos para dar sentido al caos de la existencia”.Tu rutina diaria es melodía algorítmica. No dejes que los robots se lleven todo el mé-rito: “Sin algoritmos, no habría ciencia; so-lo intuición”, dice Leslie Lamport, Premio Turing 2013.

