En la Sierra falconiana, avanza la fusión del esfuerzo y el conocimiento de conuqueros con el saber científico, prodigio recurrente de la Alianza Científico-Campesina
LUIS MEDINA
LA INVENTADERA / RNCC / FOTOS DAYANA BUITRAGO
En la sierra de Falcón, a 1300 metros sobre el nivel del mar, existe un sector conocido como La Ciénaga, donde las manos de hombres y mujeres logran prodigios con la tierra. Todo ocurre a escasa media hora de Coro. Sales de una zona semiárida, calurosa y seca para entrar repentinamente en un área de bosque húmedo donde la lluvia es frecuente, sobre todo cuando diciembre se acerca. Allá arriba, cada día, Marilis Sivira sale de su trabajo en una posada cercana, donde tiene pequeños cultivos de cilantro, ají, parchita o cebollín.
Al llegar a lo alto del cerro asume el título que más le enorgullece: el de campesina. “Me acerqué un día a ver lo que estaban haciendo en este lugar de la sierra y me gustó. Quise ponerme en eso”.
Pero no ocurrió de la nada. Esta mujer nacida en 1966, madre de cinco hijos y abuela de dos pequeños, lleva la agricultura en las venas. Sus padres la entrenaron en la siembra de caraotas, maíz, café, cambur y verduras cuando apenas tenía 8 años. Ya entonces tenía buena mano para cultivar. “Es algo que siempre me ha gustado”.
Marilis ya venía recibiendo invitaciones de la Alianza Científico-Campesina para participar en distintas actividades de formación. Asistió a varios talleres y un día se dijo: “voy a intentarlo sola”. Puso en práctica muchos de los conocimientos recibidos, y el éxito fue rotundo. Después de eso no deja de aprender, progresar y celebrar las siembras.
“Este pueblo (La Ciénaga) nunca había sido tomado en cuenta y ahora mucha gente conoce lo que hacemos. Me siento muy orgullosa de todo lo que sucede aquí, la siembra de distintos rubros, el guarapo de caña, las panelas o las mermeladas de guayaba o de mango. Un sinfín de cosas”.
“Estamos recuperando lo que nuestros abuelos hacían. Esos saberes que se habían perdido. Esto es un honor y un orgullo para mí y sobre todo para mi mamá, Presentación Sivira, que me enseñó todo sobre el mundo del agro y ve con satisfacción que yo sigo ese camino”, enfatiza Marilis.
Ella igualmente transmite conocimientos a sus hijos. Hasta el más pequeño, Jesús, de 12 años, ya empieza a manejar hacendoso todas sus responsabilidades tanto en la casa como en el conuco. Ayuda a recolectar el maíz y las papas, o a escoger las caraotas. Además, en época de sequía se encarga de llenar las pimpinas de agua para el riego. Al llegar de la escuela alimenta los cochinos y las gallinas ponedoras antes de bañarse o hacer la tarea.
SOMOS CONUQUEROS
Otro que lleva toda su vida trabajando el campo, primero de la mano de sus padres y abuelos, luego graduado de agrotécnico, es José Ángel García, nacido en La Ciénaga a principios de los años sesenta. “El conocimiento básico que tengo, la herencia de saberes tradicionales, no se me olvidará nunca porque me los inculcaron desde niño. Hoy en día lo que más me motiva es mantener esas tradiciones”.
La recuperación de semillas ancestrales es una de las pasiones que mueven a este trabajador del campo cada mañana en la Sierra porque implica mantener en vigencia variadas siembras autóctonas. Es la razón por la que atestigua orgulloso: “aquí además de campesinos somos conuqueros”. Está hablando del conuco integral, ese donde el campesino se abastece de sus necesidades y aparte logra colocar en el mercado parte de lo sembrado.
García actualmente trabaja con nuevas variedades de café, con caña de azúcar, varias especies de cambur, ñame e incluso cúrcuma y piña. Pero tiene especial interés en un rubro promovido a través de la Alianza Científico-Campesina: la papa.
En la Sierra Falconiana se ha puesto énfasis en un trabajo biotecnológico desarrollado en conjunto con los Productores Integrales del Páramo (Proinpa) quienes suministran la semilla básica de la papa.
Se trata de un proceso que incluye un almacenaje especial bajo luz difusa, e implica pasar por varias categorías que van desde la pre-básica hasta llegar a la categoría registrada. Más adelante se repiten los procesos para alcanzar el más reciente logro: la semilla certificada con una variedad bandera, la “María Bonita”.
“Esta zona, bastante alta, tiene las condiciones adecuadas. Una vez que nos llegó la semilla y aprendimos todas las tradiciones de mano de los expertos de Proinpa, pudimos abastecer un mercado que antes era de puerto. Se aprovisionaba únicamente con la importación”.
De todas las variedades de semillas de papa probadas ha sido la María Bonita la que mejores resultados ha brindado, gracias a la certificación obtenida mediante gestiones de la Corporación para el Desarrollo Científico y Tecnológico (CODECYT), ente que también ha facilitado el suministro de equipos como el rotocultor (una especie de minitractor operado manualmente) que disminuye en un elevado porcentaje el esfuerzo físico del campesino.
Todos los resultados obtenidos en La Ciénaga han sido alcanzados sin la utilización de fertilizantes o agroquímicos que vulneran el suelo y destruyen microorganismos vitales. Manejando abonos orgánicos preparados con restos de cosechas de la misma zona, así como la bosta de ovejo o de chivo se logra el objetivo que ha hecho tan feliz a José Ángel García: “Sustituimos esos venenos por repelentes naturales como preparados con cal y fungicidas naturales que eliminan las plagas y no le hacen daño a la planta”.
Este orgulloso conuquero tiene ocho hijos a los que ha estimulado a cumplir sus metas personales y han heredado el amor por el campo, una pasión que él siente diariamente al unificarse con la naturaleza. “La mayor satisfacción es saber que estamos viviendo de esto pero trabajando en armonía con el ambiente”.
EXPERTOS EN BIOINSUMOS
El notable impacto de una labranza ecologista, la vigencia del conuco, la producción de abonos orgánicos y el trabajo exitoso de tecnólogos regionales, son elementos que el investigador en Ciencias Agrícolas adscrito al CODECYT, Frank Zamora, defiende con entusiasmo cuando habla de las derivaciones conseguidas en la sierra.
“Lo que hemos estado manejando en La Ciénaga es una agricultura orgánica, agroecológica. Además, no estamos ampliando superficies agrícolas, estamos trabajando en las superficies de los conucos que durante toda su vida han tenido los productores.
En esos terrenos rotamos los cultivos”, expone. En cuanto a los equipos agrícolas como el rotocultor, que hombres como José Ángel manejan hábilmente en las pendientes serranas, Zamora destaca que es una de las 20 unidades presentes en 8 municipios falconianos para moderar considerablemente el esfuerzo de los campesinos.
El investigador acentúa que la figura del conuco está lejos de desaparecer porque es el lugar donde los campesinos y campesinas desarrollan un medio biodiverso de subsistencia. “Por eso es una de las iniciativas conservacionistas más importantes del mundo”.
El principal rubro de cultivo en los conucos falconianos es el maíz, seguido de algunas leguminosas, especialmente la caraota negra, la pintada conocida como “chipeña” y la caraota blanca. Otros rubros conuqueros presentes en la sierra son la yuca, el ocumo y el apio. Luego está, por supuesto, María Bonita. “Actualmente se gestionan nuevas semillas para recomenzar el proceso, pues esta variedad bandera (María Bonita) ha generado importantes ingresos para mejorar la calidad de vida de los trabajadores de la tierra, que mantienen disciplinadamente el banco de semillas para continuar multiplicándola”.
Para alcanzar una agricultura sana y sustentable mediante la elaboración y aplicación de bioinsumos, en la Alianza Científico-Campesina se dictan permanentemente cursos, talleres y otras actividades de formación con el respaldo de diversas instituciones educativas.
En este rincón de la Sierra Falconiana también existe un trapiche artesanal diseñado por tecnólogos regionales para desmenuzar y procesar la caña de azúcar, de donde se extrae el jugo que es posteriormente dirigido a un proceso de cocción para convertirlo en panelas, un producto muy solicitado tanto en las comunidades cercanas como en la ciudad de Coro.
Todo esto sucede en la sierra de Falcón. Ocurre en silencio y con el trabajo de familias enteras que siembran y cosechan con amor sincero por la tierra. Lo que ocurre en La Ciénaga alberga la convicción de que sin productores no habría agroindustria ni mercado y, por lo tanto, no habría comida en las ciudades.

