El protagonismo de José Laurencio Silva y Miguel Antonio Figueredo en la acción que signó la arriada de la última bandera española en Suramérica

WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA

De las ocho expediciones marítimas auxiliares de Colombia a la liberación del Perú, la sexta quedará al mando de un cojedeño, nacido en San Carlos, un 16 de mayo de 1791 e hijo de José Eusebio Figueredo Gegundes y de María Beatriz Moreno Moreno. El convoy que zarpa de Guayaquil el 30 de abril toca el puerto alterno de Huanchaco el 22 de mayo de 1824, ya que la fortaleza del Callao se había perdido, tras una vil traición ocurrida el 5 de febrero de 1824. Su pericia militar en las costas peruanas será sumamente determinante, pero más aún, su accionar como Jefe de Estado Mayor del Ejército Unido Libertador en la rendiciòn y capitulación del último bastión español en Suramérica.

Mientras que José Laurencio Silva, nacido un 7 de septiembre de 1791 en Tinaco e hijo de José Dalmasio Silva y María Casilda Flores, había arribado en el puerto del Callao en mayo de 1823. Su sorprendente desempeño entre diciembre de 1823 y abril de 1824 como Comandante de la Provincia y del puerto de Santa, ubicado en la costa central peruana, será vital y tendrá una un rol preponderante en el apoyo y seguridad del arribo de tropas, provisiones y demás enseres necesarios. Una misión que se haría más imprescindible con la caída de la fortaleza del Real Felipe, la muralla principal del Pacifico Sur, para poder emprender la avanzada terrestre que desafiaría a la imponente cordillera andina del Perú y pondría en jaque al más numeroso ejército realista del continente en las pampas de Junín.

Todas estas acciones nos dan cuenta de la dimensión de la liberación del Perú, en donde estará el protagonismo de estos dos cojedeños: José Laurencio Silva y Miguel Antonio Figueredo, quienes fueron en la segunda y la sexta expedición marítima auxiliar de Colombia con el grado de Coronel y se convirtieron en Generales.

Como bien se sabe, el tiempo transcurrido entre febrero y abril de 1824 será crucial para la campaña libertadora del Perú. El principal testimonio no los brinda el Jefe de Estado Mayor del Ejército español, el Brigadier Andrés Garcìa Camba, quien en el Tomo II de sus “Memorias para la historia de las armas españolas del Perú”, publicadas en Madrid (1846, p. 135), sostiene que “cuando la tropa que conducía Monet ingresó en el valle de Jauja era pública y notoria la insurrección del general Olañeta en el alto Perú, acontecimiento de la más funesta trascendencia, pues que, paralizando las operaciones proyectadas sobre el norte, dió lugar a que Bolivar recibiera los refuerzos pedidos con urgencia a Colombia, que pudiera organizar un ejército peruano y vino a ser una de las causas más principales, sino la única, de la pérdida total de aquella vasta extensión de territorio”.

A pesar de que Bolivar estaba consciente de la fuerza numérica de los españoles y su formidable caballería, su seguridad descansaba en los temibles lanceros de Juan José Rondón y de José Laurencio Silva. A esto se debe que escriba el 25 de febrero de 1824 a Francisco Paula de Santander para exponerle “que solo contaban con los Lanceros que fueron de Rondón y los Húsares de Silva; en muy buen estado y capaces de derrotar doble número” (Simòn Bolívar. Obras Completas. Tomo II. Madrid, España. 1984, p. 434).

No obstante, las expediciones marítimas que traerían los refuerzos que más urgía Simòn Bolivar y que más preocupaba a los españoles, debían desembarcar en los puertos alternos, habilitados para tal fin. En ese periplo pasado desapercibido se define la suerte de la campaña, en el cual José Laurencio Silva jugará un rol imprescindible, ya que la pérdida de del Callao, trastocará las operaciones navales y terrestres, y por consiguiente, al éxito de la campaña.

Como comandante de la provincia y del puerto de Santa, ubicado en la costa central peruana, Silva tendrá una misión en el arribo de tropas, provisiones y demás enseres necesarios. El panorama que debía enfrentar el Ejercito Unido Libertador lo describe Sucre en carta que dirige al Libertador, en donde le dice: “desolado y desierto como está el territorio a las inmediaciones del enemigo y aun donde él está, no es posible llevar una masa más de 6.000 y este número con mil y mil dificultades; y al mismo tiempo las posiciones del enemigo son fuertes y aseguran que las han fortificado, y que son defendidas con un tercio menos de las tropas que las invadan” (Antonio José de Sucre. De mi Propia Mano. Fundación Editorial Biblioteca de Ayacucho. Caracas, 2009, p. 142).

Culmina Sucre diciéndole que “es preciso llevar víveres para algunos días después del desembarco, mientras se consiguen bagajes en una costa que ahora puede llamarse desierta; y por tanto no puede sorprenderse al enemigo por una marcha rápida que nos posesionase de alguna provincia interior, cuando tienen el tiempo de atender allá en el ínterin la división de la costa se hiciera de bagajes, etc” (Ibídem. Sucre. 2009, p. 142).

Por su parte, el Teniente Coronel Abel Carrera Naranjo en su obra “Bolivar en Campaña de 1824, publicada en 1974 en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia nos brinda otro importante testimonio para ilustrar la situación que deben hacerle frente los comandantes de puertos y embarcaderos, como José Laurencio Silva. El citado autor (p. 750- 751), resalta que “de Cajamarca, el 14 de diciembre de 1823, escribe el coronel Tomás Heres y textualmente expone: “Necesitamos, entre otras cosas, miles y miles de herraduras y herradores numerosos, que deben venir a Trujillo, de grado o por fuerza, y embarcados, pues tenemos buenos caballos pero sin patas por falta de herraduras”.

Al ilustre hijo de Tinaco se le asigna una comandancia y un puerto sumamente estratégico para la ejecución del plan de campaña marítimo y terrestre. Tanto Santa co mo el resto de los puertos de la costa peruana serán la bisagra entre la marina y el ejército para responder a todo el requerimiento antes descrito, de tal manera que las operaciones navales faciliten todo lo indispensable para llevar a cabo la ofensiva terrestre.

Una relación epistolar de Silva con el Estado Mayor del Ejército Unido Libertador, da cuenta de su capacidad para contribuir a organizar a la más exigente campaña militar para organizar a un ejército capaz de cruzar la impetuosa cordillera peruana a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, y sobre todo, para burlar, el control del puerto del callao en manos enemigas.

En este sentido debía haber una comunicación bien sincronizada con las fuerzas navales. El 15 de marzo de 1824 Silva le escribe al Jefe de Estado Mayor General Interino del Ejército Unido Libertador, Coronel José de Espinar, para informarle que “ha fondeado en el puerto el bergantín San Agustín, procedente del puerto de Barrancas, conduciendo por orden del General en Jefe, hierro, cajones de hoja de lata, algunas casacas, mochilas; otros muebles y cuarenta y cinco enfermos; un corneta y tres practicantes; que de los primeros muebles se creen veinte y cinco cargas, todo esto con orden de que pasen a la sierra; igualmente dos botiquines con el mismo destino de marchar a la sierra” (José Carrillo Moreno. José Laurencio Silva. Paradigma de Lealtad. Caracas. 1973, p. 61). .

El prócer cojedeño reconoce los rigores del clima hostil de la costa y esto también lo hará saber a Espinar en la citada misiva, en donde agrega que “la Costa de Moro hasta Santa todo es tercianas y enfermos, y él espera que se le destine a otra parte fuera de la costa, ya que en ella no encuentra pueblo donde pueda mudarse” (Ibídem. Carrillo Moreno. 1973, p. 66).

Nueve días más tarde, el 24 de marzo, Silva brinda un minucioso reporte a Espinar de lo que ha recibido en el puerto de Santa, por parte de del Capitán Demetrio Alfaro. A saber, son: “doce y media suelas, treinta y ocho pares espuelas, diez y ocho sillas completas, treinta bridas, dos docenas de cordobanes, cuatro libras de pita y dos arrobas de hierro de Vizcaya” (Ibídem. Carrillo Moreno. 1973, p. 69).

Aparte de contribuir en los preparativos de una de las más exigentes y titánicas campañas de la gesta emancipadora suramericana, el general José Laurencio Silva, cumplió la delicada misión de controlar una de las provincias y su puerto más estratégico de Santa, para rendir al enemigo hace doscientos años en la Capitulación del Callao, el 23 de enero de 1826.

Ese día se rinde oficialmente la resistencia realista y es arriada la última bandera española en suelo Suramericano, la cual se conserva en el Museo Bolivariano de Caracas como uno de los símbolos más significativos del coraje y el patriotismo en la gesta independentista continental liderada por Simòn Bolìvar.

El suceso marca un punto de inflexión para el imperio español en el hemisferio. En su misiva al gobierno de la República de Colombia, el Comandante General del asedio a la fortaleza, la más importante del Pacifico Sur, el general venezolano Bartolomé Salom, expresaba: “Tengo la alta satisfacción de participar a Ud que hoy vi exhalar el último aliento a los opresores de la América refugiados en el Callao (…) Los bravos grancolombianos… con los valientes de Perú redoblaban cada día su bizarría, dando muestras de constancia sin límites y capaz de rendir diez veces a la Soberbia Troya”.

En efecto, caía el último bastión español, tras el más largo y prolongado bloque naval y terrestre de toda la gesta emancipadora. Pero, haciendo una retrospectiva, veremos que el 6 de enero de 1825, hacía ya más de un año del triunfo contundente de Ayacucho, cuando Bolìvar escribía desde Lima a Santander, lo siguiente: “Ayer (5 de enero de 1825) ha venido un buque francés de Quilca, que da por noticia de que los jefes españoles capitulados y no capitulados se estaban embarcando en buques franceses, que estaban en el puerto, para Europa, según dicen. La verdad es que todos no piensan más que ver cómo salen del mal paso en que están en este momento” (Doctrina del libertador | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. En https://www.cervantesvirtual.com › obra-visor › html, bajado el 8 de junio de 2024).

Más adelante le hace saber que “la plaza del Callao resiste y aparenta una obstinación ciega y que él ha puesto fuera de la ley, porque tiene derecho para ello. Calculaba que tendría algunos meses de sitio y de bloqueo” (Ibidem. Doctrina del libertador. 2024). El General español, José Ramón Rodil se rehusaba a acatar los términos estipulados en la Capitulación de Ayacucho, en donde se incuria la entrega de la plaza del Callao. En este lapso de suma importancia histórica, destaca la figura del ilustre prócer sancarleño Miguel Antonio Figueredo.

Tras la obcecación de Rodil, en diciembre de 1824 Simòn Bolìvar designa al general Bartolomé Salom, quien había llegado en la octava expedición marítima, para que asumiera el mando del asedio al callao y el 2 de enero de 1825 decreta el más rígido de los tres bloqueos dictaminados a la fortaleza del Real Felipe, con la seguridad de rendirlos. Por eso en la referida carta al Vicepresidente de Colombia, le comenta además, que “Ayacucho ha sido el juicio final”, pero que se quedará, sin embargo, todo el tiempo necesario para terminar la guerra de Olañeta y del Callao… (Ibidem. Doctrina del libertador. 2024). Pese al contundente triunfo de Ayacucho, son estos los dos motivos que lo mantendrán en territorio peruano.

En enero de 1825 se arreciaba el bloqueo naval por medio de una alianza marítima de Colombia, Perú y Chile y el asedio terrestre a cargo del Ejército Unido Libertador. Siendo su Comandante en Jefe, el General Bartolomé Salom y el Jefe de Estado Mayor, el general sancarleño Miguel Antonio Figueredo.

La División de Colombia tendría al Batallón Araure, al mando del Teniente Coronel Pedro Izquierdo; el Batallón Caracas, comandado por el Teniente Coronel Joaquín Barrera y el Escuadrón Lanceros de Venezuela, a cargo del Teniente Coronel Manuel Álvarez. La División del Perú quedará integrada por el Regimiento Nro. 3 del Perú, 2 batallones, bajo el mando del Coronel Francisco Vidal; el Regimiento Dragones de la República, comandado por el Coronel Francisco Aldao; el Escuadrón de Voluntarios, Teniente Coronel, Alejandro Huavique y la Brigada de Artillería, a cargo del Teniente Coronel, Manuel Larenas. El total de tropas independentistas era de 3.002 hombres al inicio del sitio y sube a 4.700 tras el arribo de los refuerzos de la octava expedición marítima auxiliar de Colombia. .

Mientras que la Escuadra Bloqueadora, tendría tres comandantes: el Vicealmirante Martín Guise, de Perú (marzo de 1824 hasta diciembre de 1825), el Vicealmirante Manuel Blanco Encalada, de Chile (hasta junio de 1825) y el Vicealmirante Juan Illingworth Hunt, al mando de la flota colombiana (hasta el final del sitio).

El Diario de Operaciones llevado a cabo por el general Figueredo, en su condición de Jefe de Estado Mayor, dejará detalles precisos del más prolongado de los bloqueos. De todas las operaciones militares para rendir a la última fortaleza española en el Pacifico Sur.

Entre una de las acciones marítimas dignas de destacar, se encuentran las operaciones anfibias del 26 de diciembre de 1825 en el Baluarte de San Miguel, en donde una partida de marinos al mando del Captn. de Corbeta Juan José Elcorrobarrutia intentan tomarlo y la del Fuerte San Rafael del Callao, que se ejecuta de manera efectiva el 8 de enero de 1826, dirigido por el Captn. Jorge Young, el 8 de enero de 1826, lo que hace inútil la obcecada resistencia española, que capitula el 23 de enero, poniendo fin a la presencia española en Suramérica.

Sostiene Rodríguez Aldana (2017, p. 191) que “se firmaron los acuerdos con la participación de Juan Illingworth, Manuel Larenas y Francisco Galvez. Por la tarde, la capitulación del Callao del 22 de enero de 1826 fue ratificada por el general en jefe del ejército de la costa Bartolomé Salom, y por el comandante general de la división del ejército del norte José Ramón Rodil. ”.

Acota Rodríguez Aldana (2017, p. 192) que “esa noche ocurrió un gran revuelo en Bellavista, los soldados patriotas buscaban por todos los medios integrar la compañía que iba a machar sobre los castillos. Sin embargo, Miguel Antonio Figueredo resolvió despachar a la compañía de cazadores del batallón Caracas junto a doscientos artilleros designados por Manuel Larenas. Se le ordenó a Illingworth que cuando viera flamear la bandera peruana en lo más alto del torreón de la patria (baluarte de la reina), se disparara innumerables cañonazos desde los buques de la escuadra”. No sin antes, haber arriado la bandera española que había ondeado durante más de trescientos años de dominio monárquico.

Agrega el citado historiador (2017, p. 192) que “el 23 de enero a las ocho y media de la mañana, marcharon con dirección a la plaza 800 soldados republicanos ubicados en dos filas desde el extremo del pueblo de Bellavista hasta la puerta principal de la fortaleza. Hechos los relevos conforme a ordenanza, el coronel Pedro Aznar colocaba en manos de Salom las llaves de la Plaza y éste ordenó que los 200 artilleros de la columna de cazadores inmediatamente tomaran posesión de la fortaleza, enarbolando la bandera nacional en todas sus instancias”.

Caía el último bastión realista y se arriaba la última bandera española en suelo Suramericano, en donde tendrán amplia figuración los generales cojedeños José Laurencio Silva y Miguel Antonio Figueredo.

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