La trayectoria de una mujer que es, en esencia, puro teatro, caracterizada por su calidez humana y sencillez
MARILYN MENDOZA ALMELLA
RNCC / FOTOS CORTESÍA
Hay nombres que se escriben con luces de neón y otros que se escriben en el barro fértil de la memoria colectiva. El de Juana Fuentes Silva, o simplemente “La Morocha”, pertenece a estos últimos. En Tinaco, hablar de ella es hablar de una mujer que no necesitó de grandes alfombras rojas para convertirse en una estrella; le bastó el asfalto de las calles, el calor de las barriadas y una voluntad de hierro que ya cumple más de cuatro décadas de servicio incondicional a la cultura.
Todo empezó con la presencia de su sencillez y la cotidianidad de una joven muchacha. Juana, era esa joven inquieta, de verbo ágil y risa pronta que en los pasillos de la escuela siempre tenía un grupo de compañeros alrededor. “Morocha, échate un cuento ahí”, le decían. Lo que ella no sabía era que, entre chiste y chiste, estaba puliendo el diamante de su talento.
Fue Pedro López quien, con ojo clínico, insistió hasta el cansancio: “Morocha, usted tiene que hacer teatro”. Y aunque al principio ella se resistía, el llamado del destino fue más fuerte.

Un día casi sin darse cuenta, se encontró en la Casa de la Cultura del municipio Tinaco, frente a maestros como Rafael Arias y Daniel Herrera. Allí, en un ejercicio de improvisación, le pidieron hacer de “viejita”. Cuando Juana, encorvó la espalda y prestó su voz a la experiencia, el público supo que había nacido una actriz. Desde ese día, el Grupo Rejas se convirtió en su hogar y el teatro en su religión.
TRONCONERO Y EL TEATRO
Esta artista nunca se ha olvidó de dónde viene, quien con su sencillez y calidez humana vivió en Tronconero, donde permaneció por 40 años. Fue allí, en la sencillez de una casa de familia, donde ayudó a fundar la agrupación Visagra.
“Aquello era teatro de verdad, teatro de ese que se siente en las vísceras”, comentó la Morocha. Es de enaltecer que Juana, fue la primera mujer del grupo, rompiendo moldes en una época, donde hacer arte era casi un acto de rebeldía. Con obras como “La Guerrilla” de Guillermo Castulian o el recordado “Policía Atacón”, Juana y su equipo demostraron que para conmover al pueblo solo se necesita una buena historia y un corazón dispuesto. “Eran tiempos de “oro”, no por el dinero sino por la pureza del aplauso”, adjunto.
HUELLAS QUE EL TIEMPO NO BORRA
Quizás el capítulo más hermoso de su vida no ocurrió sobre un escenario profesional, sino en la comunidad de Corozal. Allí, Juana se hizo maestra. Entre 1989 y 1994, atendió a casi 50 jóvenes.
“Yo no me lucraba de esa labor, yo me enriquecía de trabajar con pasión en lo que me gustaba y me gusta”, dice Juana, con esa humildad que desarma.

Para ella, el pago era ver a esos muchachos alejados del ocio, aprendiendo a proyectar la voz y a perder el miedo al mundo. Hoy, muchos de esos “muchachos”, ya hombres y mujeres de bien, la detienen en la calle para agradecerle. “Ese es el verdadero premio de un cultor, saber que dejas huellas que el tiempo no puede borrar”, señaló con ímpetu y orgullo.
FRENTE Y DETRÁS DEL ESCENARIO
Juana, no se quedó solo con el aplauso del momento. Su hambre de saber la llevó a profesionalizarse, convirtiéndose en Lic. en Artes Audiovisuales, mención Cinematografía, por la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte). Es una experta, que sabe cómo se cuenta una historia detrás de una cámara, pero que prefiere seguir sintiendo el calor del público a ras de suelo.
Su trayectoria incluye hitos como el festival de Festicentro, donde su obra “A mí me lo contaron” fue un éxito rotundo, o su papel en La Bella y la Bestia. Pero si le preguntan, ella hablará con más orgullo de los viacrucis vivientes en los que participó, donde el teatro se vuelve fe y el actor se funde con su gente.
Hoy “La Morocha”, sigue siendo la misma mujer humilde que un día salió de Tronconero con un sueño bajo el brazo. Ha sido representante del gremio, instructora, actriz de cine y gestora cultural, pero por encima de todo, es una tinaquera que ama a su estado Cojedes.
Su vida es un mensaje para las nuevas generaciones: el arte no es para hacerse rico, es para hacer rico al espíritu. Con más de 40 años de trayectoria, Juana nos enseña que mientras haya un cuento que contar y alguien dispuesto a escuchar, el teatro nunca morirá. Ella sigue ahí, auténtica y sencilla, demostrando que el mayor escenario de un artista es y siempre será, el corazón de su pueblo. Conocimiento que hoy por hoy lleva hasta los niños, niñas y adolescentes de la Escuela Básica “Aura de Terán”, dónde trabaja como docente Especialista en Cultura.

